¿Ser opositor y apoyar a Delcy Rodríguez?

Sí. Se puede. Claro que se puede. Lo digo por quienes sienten la ansiedad de subrayar su pertenencia al campo opositor.

Este cronista pone en cuestión, en la actual coyuntura histórica de resistencia y lucha agónica por reconstruir la soberanía nacional posible, la fácil ecuación gobierno/oposición, "nosotros y ellos". Nuestra realidad presente me parece un poco más compleja. Pero respeto a quienes se definen —por muchas razones legítimas— como opositores. A ellos está dirigido este texto.

Por cierto, hay que ser zopenco para sospechar, según expresó recientemente un vocero opositor de buena labia al ser entrevistado por mi buen amigo Vladimir Villegas, que quienes pensamos que este gobierno merece ser apoyado lo hacemos por impulsos subalternos y que eso le causaría un arrebato de conmovida vergüenza. Al menos este cronista reivindica (y el interfecto lo sabe porque me conoce bien) que siempre ha actuado basado en razonamientos políticos que lo justifican (llegando incluso a rechazar cargos ejecutivos a cuenta de sus convicciones, erradas o no). De modo que asquea escuchar que se hable de pretendidos bochornos y luego no se tenga el coraje de dar la cara para debatir sus opiniones. En fin, cada quien lleva su procesión por dentro.

Parte en serio y parte en broma, tengo años diciendo que, dada la actuación errática de los más ruidosos contrarios al chavismo, mi mejor definición política (y creo que la de las mayorías nacionales) es: ni gobierno ni oposición sino todo lo contrario. Hoy ni siquiera el todo lo contrario sirve mucho.

Creo que siendo el de Delcy hasta nuevo aviso el gobierno de Venezuela, y viéndose las caras con el gigante del norte, procurando trocar la intromisión gringa en una oportunidad, es un deber patriótico apoyar sus actuaciones (al margen de matices y diferencias). En cualquier caso, entiendo —como ya he señalado— que algunos sientan que no se puede apoyar a un régimen político al que tienen años oponiéndose.

A ellos les sugeriría quitarse de la cabeza el equívoco de determinar su opinión con base en el pasado. Creo haberlo escrito en otro artículo: según esa creencia, ni López Contreras (exministro de Guerra de la dictadura gomecista), ni Aylwin (que fue partidario del golpe militar contra Allende), ni De Klerk (gerifalte del apartheid cuando ese régimen racista torturaba y asesinaba a mansalva), ni Jaruzelski (el general rojo que encabezó la sangrienta represión contra las huelgas obreras de Gdansk en los 80), ni Adolfo Suárez (¡exministro de la Falange fascista!) habrían tenido por parte de sus compatriotas ni siquiera el beneficio de la duda para ser iniciadores de los cambios posibles que sus países reclamaban. Ninguna transición se define como tal de antemano. Son los procesos ulteriores los que confirman qué fue lo que pasó, si los ciudadanos ayudan a que pase. Además, ningún experimento político es igual a otro. Veamos nuestras peculiaridades y actuemos de acuerdo a ellas con la ductilidad que la realidad impone.

Así mismo, les pediría que consideren, con la flexibilidad que aquí enuncio, si la postura política que la Venezuela por venir reclama no es la de acompañar —con autonomía y espíritu crítico pero explícitamente— el proceso de cambios que se está impulsando (aunque, si les cuesta mucho, no apoyen al gobierno). Hacerlo al menos, en este momento. Luego se verá y siempre existe la posibilidad de mudar de criterio.

Es decir, se puede ser de oposición y acompañar al gobierno. Los laboristas ingleses apoyaron a Churchill durante la II Guerra (y luego le ganaron las elecciones). Los comunistas apoyaron a De Gaulle en 1944 y formaron parte de su primer gobierno (y luego obtuvieron la más alta votación de su historia). Los comunistas de Mao se acordaron con el Kuomintang frente a los japoneses (luego tomaron el poder y Chiang terminó en Formosa). Algo así cabría esperar de una oposición que no sea oposicionista sino una oposición de Estado. Es mezquino con el país que, como parece ser la actitud de algunos, se hagan cálculos subalternos, apresurando elecciones sin haber avanzado en los acuerdos y las transformaciones necesariamente previos, o procurando, como hacen los más viles, socavar las bases del gobierno y en particular su relación con EEUU.

Es obvio que es el gobierno con su conducta el que puede ampliar o estrechar la amplia base de apoyo que reclama y necesita. En lo personal, pienso que la Ley de Hidrocarburos y la Ley de Amnistía son dos hitos que ya al día de hoy le aseguran un lugar en la historia y jalonan una evolución sin solución de continuidad, es decir, sin rupturas, que es lo que Venezuela reclama. De la ley a la ley, según la afamada frase de Torcuato Fernández Miranda.

Sí, al gobierno toca la primera palabra. Pero no puede faltar la del país nacional. A los venezolanos nos toca ser parte activa… demandando, sugiriendo, proponiendo reformas y derechos… pero también comprendiendo los tiempos de quienes desde el poder van impulsando los cambios en la medida de sus posibilidades. Tal cual y como tenemos años proponiendo: con el gobierno y no contra él.

No faltemos a la cita. Venezuela merece una oportunidad.



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Enrique Ochoa Antich

Político y escritor de izquierda democrática. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS).

 @ehochoa_antich

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