Respuesta a Oscar Rodríguez Estrada

La política no se rinde ante los portaaviones: Trotsky contra la doctrina del miedo

El artículo (Los que critican a Delcy Rodríguez y olvidan la Segunda Oleada) de Oscar Rodríguez Estrada no es simplemente una defensa circunstancial de Delcy Rodríguez; es la formulación explícita de una línea política basada en el miedo estratégico. Su argumento se estructura alrededor de una narrativa militar de asedio permanente: sesenta buques de guerra rodeando las costas, trescientos aviones listos para despegar, bombarderos estratégicos en el aire, portaaviones en posición de ataque y una "segunda oleada" preparada para destruir infraestructuras críticas si el gobierno venezolano osa responder o si el pueblo se moviliza. La escena no es presentada como hipótesis debatible sino como certeza inapelable. La política queda así subordinada a un escenario bélico omnipresente.

En esa construcción, Delcy Rodríguez aparece como un "escudo diplomático", la figura que, mediante conversaciones y concesiones, impide que el carnicero active la maquinaria de destrucción. El mensaje es claro: la supervivencia nacional depende de la contención, de la moderación, de la cesión calculada. La diplomacia no es aquí una táctica dentro de una estrategia mayor; se convierte en el eje absoluto de la preservación del país.

Pero el elemento más problemático no es la descripción del poder militar estadounidense —que nadie niega— sino la conclusión política que se extrae de él. El artículo sostiene que la crítica pública "desestabiliza institucionalmente", que quienes cuestionan las decisiones del gobierno contribuyen objetivamente al enemigo. Más aún, sugiere que una movilización popular masiva podría activar la "segunda oleada" de bombardeos, es decir, que la acción política de las masas sería el detonante de la catástrofe. La consecuencia implícita es devastadora desde el punto de vista marxista: el pueblo deja de ser sujeto histórico y se convierte en factor de riesgo.

Así se configura una doctrina del miedo como línea política. La correlación militar externa no es un elemento más del análisis, sino el principio ordenador de toda decisión interna. La amenaza permanente justifica la moderación permanente. La crítica se convierte en irresponsabilidad. La movilización se transforma en imprudencia. La diplomacia aparece como única vía racional.

El problema no es reconocer que existe presión imperial. El problema es convertir esa presión en argumento estructural para neutralizar la lucha política interna. Cuando el eje del discurso pasa de la correlación de clases a la correlación de bombarderos, la política deja de analizarse en términos de intereses sociales y se reduce al cálculo de daños. En ese desplazamiento se produce una inversión teórica profunda: lo militar pasa a determinar lo político.

Y ahí es donde comienza el verdadero debate.

La fuerza de clase como determinación histórica de la guerra

En el marxismo, la guerra no se decide en el terreno técnico sino en el terreno de la lucha de clases. El armamento es instrumento; la política de independencia de clase es el fundamento. Trotsky no concebía el factor militar como determinante, sino como subordinado a la cohesión política y a la movilización revolucionaria del proletariado.

Trotsky no fue un teórico abstracto de la guerra: fue el organizador del Ejército Rojo en medio de una guerra civil y de la invasión extranjera. Sus reflexiones no nacen de la especulación, sino de la experiencia concreta de enfrentar ejércitos profesionalizados, mejor armados y apoyados por las principales potencias del mundo.

En múltiples escritos sobre la guerra civil rusa, Trotsky insiste en que la guerra es una prueba concentrada de la política. Retomando y desarrollando la idea de Clausewitz, sostiene que el conflicto armado no es un fenómeno autónomo, sino la continuación de la lucha política en condiciones extremas. En "Cómo se armó la revolución", afirma que la solidez del Ejército Rojo no dependía únicamente del armamento, sino de su carácter social y de su vínculo con las masas trabajadoras. La disciplina, escribe, no podía ser puramente coercitiva; debía estar "penetrada por la conciencia de clase".

Trotsky insistía en que un ejército es, en última instancia, una estructura social armada. En sus discursos a los comandantes del Ejército Rojo subrayaba que la moral política es decisiva: un ejército que no expresa los intereses de una clase movilizada está condenado a la descomposición. La cohesión no proviene solo del mando, sino de la legitimidad histórica del proyecto que defiende.

La idea central es clara: la victoria depende de la cohesión política de clase. Un ejército puede poseer superioridad técnica, aviación moderna, artillería pesada y apoyo logístico internacional; pero si carece de base social firme, si no representa una causa histórica que movilice a amplios sectores, su poder es frágil. La superioridad técnica no es decisiva cuando el adversario posee legitimidad política y arraigo en las masas.

La prueba histórica es contundente. Entre 1918 y 1921, la joven Rusia soviética enfrentó la intervención de catorce potencias extranjeras, entre ellas Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Japón. La superioridad militar era abrumadora. Las fuerzas "blancas" contaban con apoyo financiero, armamento moderno y experiencia profesional. Desde el punto de vista estrictamente técnico, la revolución debía ser aplastada.

Y, sin embargo, fracasaron.

¿Por qué? Porque el poder soviético, pese a sus enormes dificultades, descansaba sobre la movilización política de obreros y campesinos. Porque la guerra civil no era simplemente una confrontación militar, sino una lucha de clases en forma concentrada. Porque el Ejército Rojo no era una fuerza mercenaria ni un aparato separado de la sociedad, sino la expresión armada del poder de los soviets, es decir, de los consejos obreros y campesinos que habían expropiado a la burguesía y comenzado a reorganizar la economía sobre nuevas bases sociales. La fuerza militar soviética descansaba en una transformación real de la propiedad y del Estado. No defendía simplemente un gobierno, sino un cambio en las relaciones de producción. Esa es la diferencia cualitativa: allí el poder político se apoyaba en órganos de clase que concentraban la autoridad económica y estatal. En Venezuela, en cambio, las relaciones capitalistas no fueron abolidas y el aparato estatal no fue sustituido por órganos de poder obrero. Por ello, la comparación militar solo puede entenderse a la luz de esta diferencia estructural en la base social del poder.

Trotsky comprendía que si la superioridad militar fuera el factor decisivo absoluto, ninguna revolución habría triunfado jamás. En ese caso, toda transformación realmente socialista sería imposible frente a estados consolidados y mejor armados. La experiencia histórica demuestra que cuando una formación social logra articular cohesión de clase, dirección política consciente y movilización activa de las masas, la superioridad técnico-militar del adversario no actúa como determinación absoluta, sino como variable subordinada dentro de una correlación de fuerzas más amplia.

El análisis político de Oscar Rodríguez Estrada reduce la correlación histórica de fuerzas a un inventario de portaaviones y bombarderos. El marxismo, como teoría de la lucha de clases, rechaza ese determinismo militarista que convierte la técnica en destino y despoja a las masas de su papel como sujeto histórico revolucionario.

El eje argumental de Oscar Rodríguez Estrada puede sintetizarse con crudeza lógica: si el pueblo se moviliza, el imperialismo activará la "segunda oleada"; si se resiste con firmeza, destruirán infraestructuras estratégicas; por tanto, la conclusión práctica es la moderación, la contención y, en última instancia, la adaptación.

Esa estructura argumental no es accidental. Es la forma clásica del determinismo militar: la política queda subordinada al cálculo del poder de fuego del adversario. La correlación de clases desaparece y es sustituida por la correlación de misiles. La estrategia se convierte en administración del miedo.

Para el materialismo histórico, la guerra es una prolongación concentrada de la política; no la política una consecuencia mecánica de la técnica militar. Cuando el análisis parte de la premisa de que la superioridad armamentística del enemigo determina inevitablemente la conducta política propia, se está renunciando de antemano a la lucha. No se trata de prudencia táctica, sino de capitulación estratégica elevada a teoría.

Trotsky insistía en que la guerra no es una suma de artefactos, sino la expresión violenta de las relaciones sociales. El factor político es decisivo porque determina la voluntad colectiva, la cohesión de clase y la capacidad de dirección. Un ejército —o un pueblo— puede poseer menos recursos materiales, pero si su base social está cohesionada, si su dirección es clara y si su legitimidad histórica es profunda, el factor militar del adversario deja de ser un absoluto y se convierte en una variable dentro de una totalidad más compleja.

La formulación sintética de esta concepción podría expresarse así: la victoria es ante todo política; el factor militar es subordinado. No porque la técnica carezca de importancia, sino porque la técnica está inscrita en una estructura social y en una voluntad colectiva. Sin dirección política, la fuerza armada se descompone; sin base social movilizada, la superioridad técnica se vuelve impotente o efímera.

El planteamiento de Oscar invierte esta relación. Parte del miedo como premisa y deduce la política como consecuencia. Si el enemigo puede golpear más fuerte, entonces la movilización es irresponsable; si el adversario posee mayor capacidad destructiva, entonces la resistencia es suicida. Pero una política fundada en el miedo no preserva fuerzas: las desmoraliza.

Para los marxistas la derrota comienza cuando la dirección internaliza la omnipotencia del adversario y convierte esa percepción en línea política como se está haciendo en Venezuela. Porque en ese momento el sujeto histórico deja de concebirse como fuerza transformadora y pasa a pensarse como objeto pasivo de una amenaza superior.

Si la política depende del temor a la "segunda oleada", la derrota ya ocurrió en el plano estratégico. La historia de las revoluciones demuestra que ningún proceso emancipatorio habría sobrevivido si hubiese aceptado como axioma que la superioridad militar del enemigo clausura toda posibilidad de resistencia. Si así fuera, toda revolución sería imposible por definición.

El problema no es reconocer la potencia del adversario. El problema es convertir esa potencia en determinación absoluta. Allí donde lo militar determina mecánicamente lo político, todo es reemplazado por una doctrina de adaptación. Y cuando la adaptación se convierte en principio, la lucha de clases es sustituida por la gestión del miedo.

La desmovilización como estrategia

El núcleo problemático del artículo de Oscar Rodríguez Estrada es su concepción de la movilización popular como riesgo a gestionar, en lugar de fuerza transformadora. Según este planteamiento, la acción del pueblo no es el sujeto histórico capaz de cambiar la correlación de fuerzas, sino una variable que debe ser contenida y controlada para evitar represalias externas. La diplomacia, en este esquema, reemplaza la lucha de masas; la política de clase se supedita al cálculo de amenazas militares.

Desde el marxismo, esto constituye una inversión fundamental de la estrategia revolucionaria. La fuerza de un proceso histórico no radica en la moderación ante el adversario, sino en la capacidad del proyecto político clasista para organizar y movilizar a la clase trabajadora y a los sectores populares. La historia ofrece ejemplos claros: la Revolución de Octubre de 1917 no triunfó por arte de la superioridad técnica de los bolcheviques, sino porque lograron movilizar, organizar y dirigir a los soviets obreros y campesinos. Durante la guerra civil rusa, frente a ejércitos mucho mejor armados y apoyados por potencias extranjeras, la cohesión política de la clase obrera y la disciplina consciente del Ejército Rojo determinaron la victoria. De hecho, a pesar del lastre del estalinismo, la Unión Soviética, con su economía planificada y apoyada en la movilización consciente de obreros y campesinos, logró derrotar al nazismo, un enemigo que contaba con los recursos de media Europa ocupada. Esta experiencia demuestra que la superioridad técnica y material del adversario no es decisiva: lo que define la victoria es la cohesión política de clase, la dirección estratégica y la organización social que sostiene la lucha.

Del mismo modo, la resistencia cubana en Playa Girón y la lucha del pueblo vietnamita frente a Estados Unidos demostraron que la superioridad militar del enemigo no es determinante cuando el proyecto político es sólido, legítimo y capaz de movilizar a las masas. La verdadera pregunta no es cuán poderoso es el adversario, sino si la organización política logra transformar al pueblo en sujeto activo de la historia.

Reducir la acción popular a un riesgo a evitar es, desde esta perspectiva, renunciar al poder de clase. La desmovilización no protege ningún proceso revolucionario; lo vacía de contenido político y lo hace dependiente de la concesión del adversario. La revolución no se preserva mediante cautela frente al enemigo: se construye a través de la movilización consciente, la coordinación estratégica y la dirección política capaz de articular intereses históricos.

La salida estratégica no está en los portaaviones, sino en la política de clases

El problema real no son los portaaviones ni los misiles que orbiten en torno a Venezuela. El problema no es externalizar el miedo hacia un adversario extranjero, sino internalizar la derrota con una política que abandona a la clase trabajadora. Si hoy la movilización popular no surge como fuerza capaz de transformar la correlación de fuerzas, no es porque "vengan aviones" —esa es la narrativa que construye el miedo— sino porque la política interna ha destrozado el vínculo con la clase obrera, transformando a la cúpula en una gerencia subordinada a intereses capitalistas internacionales.

Un análisis marxista exige que planteemos de forma clara dónde radica la verdadera garantía contra el ataque imperialista, ya sea en forma de bloqueos, sanciones o bombardeos: en la toma de poder político y económico por parte de la clase trabajadora. La única política realmente defensiva ante cualquier agresión exterior no es la moderación diplomática, sino la construcción de poder obrero y popular real, capaz de transformar las relaciones de producción y desplazar al capital de sus posiciones de mando.

Eso, en términos materiales, significaría asumir una estrategia proletaria coherente: la expropiación de la burguesía como clase dominante, la socialización de los medios de producción, el control obrero de la economía, y la consiguiente abolición del Estado burgués para reemplazarlo por un Estado de los trabajadores, fundado en órganos de democracia directa —consejos obreros, comunas populares y mecanismos de democracia obrera que expresen el poder de clase—. En otras palabras: no se trata de negociar con el enemigo para evitar impactos técnicos, sino de alterar fundamentalmente la estructura social de Venezuela para que deje de ser un engranaje subordinado del capitalismo mundial y se convierta en un polo de poder popular autónomo.

Comparemos esto con la política real que ha predominado: reformas legales que abren el sector petrolero a la inversión extranjera y licencias que permiten la operación de multinacionales energéticas en el país, administradas bajo condiciones impuestas por potencias extranjeras y supervisión foránea. Estas transformaciones no se explican por los supuestos portaaviones en el litoral, sino por decisiones políticas internas que privilegian los intereses de la boliburguesía y la lógica del capital por encima del poder de la clase trabajadora.

La apertura de la industria petrolera, lejos de ser una respuesta defensiva a una amenaza militar, es la expresión de un cambio profundo en la orientación político‑económica de la dirección: integración subordinada al capital global, no confrontación emancipadora. El poder que hoy existe no es un poder obrero organizado, ni un Estado proletario, ni un bloque social antagónico al imperio, sino un régimen que negocia posiciones de gestión dentro del capitalismo mundial. Y ese es el verdadero punto de inflexión.

Mientras la cúpula chavista complete su mutación política en una fracción subordinada del capital global, cualquier amenaza externa se convierte en pretexto para justificar políticas que consolidan esa subordinación. El enemigo juega su papel en la geopolítica, pero el verdadero responsable de la crisis de dirección es interno: la dirección política ha sacrificado la movilización de masas y el poder obrero por la lógica de estabilidad burocrática y negociación con potencias dominantes.

En última instancia, el problema no son los portaaviones ni los misiles, sino que la cúpula chavista está completando una mutación política en la que sus intereses se asemejan cada vez más a los de la burguesía, no a los del proletariado. Y esa mutación sólo puede enfrentarse con una política genuinamente proletaria: no más subordinación, sino confrontación de clases, expropiación de la burguesía como clase y construcción de poder popular verdadero.

el_mute@hotmail.com



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