La guerra cognitiva como abuso y coartada

He escuchado el entusiasmo por una expresión que circula con la misma ligereza con la que también se usa palabras como «narrativa». Me refiero a «guerra cognitiva». Se pronuncia en foros, se abren seminarios, se repite en discursos gubernamentales, se instala en debates mediáticos y hasta hace poco llegó a mis manos todo un trabajo desarrollado desde el propio Minci. El asunto para mí es que, como toda palabra que suena sofisticada, empieza a funcionar como un comodín explicativo que no explica mucho. Detrás del término hay más retórica que precisión conceptual.

Voy a intentar «definirla» a partir de lo que he escuchado de ella: hablar de guerra cognitiva parece afirmar que los procesos mentales de individuos y colectivos constituyen hoy un campo de batalla, análogo a la confrontación militar física. De este modo, la atención, la memoria, la emoción, las creencias y los imaginarios (todas categorías difusas) pueden ser «intervenidos» como si fueran posiciones estratégicas en un mapa geopolítico. Se convierte a la mente en territorio y el cerebro en trinchera. Recordemos que «mente» y «cerebro» no son lo mismo.

Esta definición muestra una realidad fenoménica posible, pero... también hay trampa. Yo le consigo, por lo menos, dos.

La primera está en la idea de que la cognición es un objeto de fácil manipulación, de manera técnica, casi quirúrgica. Se parte de que existe un emisor poderoso, una arquitectura tecnológica sofisticada y, del otro lado, sujetos vulnerables, expuestos, casi desnudos frente al impacto simbólico de modo pasivo. La escena recuerda demasiado al viejo esquema conductista estímulo-respuesta. Como si las personas fueran máquinas tragamonedas psicológicas, esperando el mensaje correcto para activarse en favor o en contra.

Sin embargo, de lo poco que se sabe, la cognición humana no es un interruptor. Ella se constituye como un proceso situado, histórico, mediado por cultura, experiencia, clase, memoria, afecto. Es decir, por relaciones en y con el mundo. No existe una mente pura, presocial, que pueda ser «colonizada» desde afuera como quien ocupa una plaza pública.

Por ejemplo, cuando se habla de intervenir la atención mediante arquitecturas algorítmicas, capturar el foco cognitivo o explotar sesgos heurísticos, se omite algo clave: la atención está orientada por intereses previos, por deseos y por urgencias materiales. Un trabajador público que gana solo un bono de guerra como única opción de remuneración tras un mes de trabajo, procesa (atiende, entiende y organiza) la información distinto a un alto ejecutivo de la Chevron. Una madre que hace malabarismo ante una urgencia médica jerarquiza los temas públicos de modo diferenciado que otra que puede pagarse un seguro médico costoso.

El otro problema que consigo al concepto está en que supone la militarización del lenguaje, que por mucho, me disgusta. Llamar «guerra» a pugnas por el sentido (en sentido gramsciano) implica trasladar la lógica amigo/enemigo al terreno simbólico. Si hay guerra, hay ataque. Si hay ataque, hay defensa. Y si hay defensa, cualquier medida extraordinaria puede justificarse con el propósito de «vencer». Lo que parece estar claro es que aquí la palabra hace más trabajo político que analítico.

Pero, por sobre todo, lo que más me agobia del término es que muchas de las prácticas que se etiquetan dentro de la «guerra cognitiva» no son nuevas ni excepcionales. El inventario típico incluye acciones que apuntan a intervenir en: atención selectiva, consolidación de memoria, sesgos heurísticos, procesamiento emocional, construcción de identidad narrativa, formación de consensos, gestión de horizontes de expectativa, la definición de agendas mediáticas, la jerarquización temática, el enmarcamiento, la propaganda, la diplomacia pública, la construcción de enemigos.

Al enumerar las prácticas se produce la ilusión de un mapa técnico que funcionaría más o menos así: con esto atacamos la memoria, con esto otro, la emoción, más allá, la atención. Pero lo que ocurre es que en realidad se mezclan prácticas comunicacionales con procesos cognitivos, produciendo un error categorial grave. Reducir la complejidad social a una ingeniería mental omnipotente es, además de teóricamente débil, políticamente deficiente. Sobre todo porque esa cartografía corre el riesgo de reedificar procesos que son, en realidad, prácticas sociales con diferentes grados de complejidad y materialidad.

Hablar de guerra cognitiva puede hacernos olvidar que mucho de lo que parece «vulnerabilidades» cognitivas son, en realidad, precariedades materiales. Cuando alguien cree en una promesa simplificadora («Trump tiene un plan de prosperidad para Venezuela») no necesariamente ha sido porque su cerebro fue hackeado. Puede ser porque esa promesa responde, aunque sea ilusoriamente, a una carencia estructural. Cuando una comunidad adopta un marco confrontacional («O conmigo o en contra de mí»), no necesariamente fue manipulada; puede estar reaccionando a exclusiones y confrontaciones acumuladas. El concepto, así formulado, corre el riesgo de invisibilizar lo fundamental.

Hay muchas más precisiones que hacer, sin embargo; estoy seguro de que (en muchos de los casos) es un error concentrarse en creer que la verdadera disputa ocurre en un cerebro aislado. Prefiero incluir también la atención a las infraestructuras que organizan la circulación simbólica y las condiciones materiales que estructuran la experiencia cotidiana. Quizás el desafío debe sobrepasar la idea de que hay que amurallar» las mentes para convertirlas en fortalezas frente el asedio mediático y centrarse más en cómo constituimos y propiciamos interrelaciones comunicacionales más abiertas, más plurales y más reflexivas. Espacios donde la crítica no sea interpretada como «ataque extranjero», donde la diferencia no sea leída como «infiltración» o «traición», donde el desacuerdo no active automáticamente la palabra «guerra».

De allí que, tal vez, deberíamos desconfiar menos de la debilidad de las mentes y más de la precisión metafórica que usamos para intentar describirla.


 



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Steven Bermúdez Antúnez

Profesor de Comunicación Social de la Universidad del Zulia (LUZ)

 sbermudez37@gmail.com

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