Venezuela: La causa del problema nunca será la solución

Lo que hoy ocurre en Venezuela no es una anomalía ni una desviación inesperada del orden internacional. Tampoco puede leerse como una reacción coyuntural ante un gobierno específico ni como un episodio aislado de tensión diplomática. Es, una vez más, la reaparición de una lógica histórica que América Latina conoce con dolorosa precisión: la de ser tratada como frontera salvaje, ese territorio donde las reglas que rigen para el "mundo civilizado" se suspenden sin escándalo y la violencia se ejerce como si fuera un derecho natural.

Bloqueos económicos totales, confiscación de bienes, operaciones militares encubiertas, amenazas explícitas de intervención y secuestros presentados bajo una nueva versión de las doctrinas Monroe y de la Seguridad nacional que, más bien, se parecen al mito de "el espacio vital" esgrimido por el Tercer Reich hace un siglo. No son desvíos del sistema internacional: son parte de su funcionamiento histórico cuando se trata del Sur Global y de América Latina en particular.

Lo ocurrido el 3 de enero marca, sin embargo, un umbral nuevo. No se trató solo de la reiteración de prácticas conocidas, sino de una demostración obscena de impunidad ante cualquier ley y una confirmación de la actual "palestinización del mundo". La violación de la soberanía venezolana, ejecutada sin declaración de guerra y presentada públicamente como demostración de poder, no suspendió el orden internacional: lo declaró prescindible. Allí donde antes operaban eufemismos diplomáticos, ambigüedades jurídicas o coartadas humanitarias, apareció la afirmación directa de que la fuerza basta por sí misma para legitimarse. Lo que se mostró no fue un exceso, sino una pedagogía del dominio dirigida al mundo entero. Cambian los nombres de los gobiernos, se actualizan los ideoléxicos, se reciclan las excusas morales, pero el guion permanece intacto. América Latina vuelve a aparecer como espacio disponible para el castigo ejemplar, la experimentación política y la pedagogía del miedo.

La historia regional es demasiado clara como para fingir sorpresa. Invasiones militares, ocupaciones prolongadas, golpes de Estado, guerras por delegación, bloqueos económicos, sabotajes, secuestros y campañas sistemáticas de demonización mediática han acompañado, durante doscientos años cada intento de autonomía política, redistribución social o control soberano de los recursos. No se trató nunca de errores aislados ni de excesos corregibles, sino de una política persistente, sostenida por una concepción jerárquica del mundo que reserva para algunos pueblos elegidos por un Destino manifiesto la plenitud del derecho y para otros la excepción permanente.

Pensar América Latina como frontera salvaje no implica aceptar una identidad impuesta, sino denunciar la mirada imperial que la construyó como tal. Esa mirada imperial no solo construye territorios disponibles: también produce jerarquías humanas. Decide qué vidas merecen duelo, qué violencias escándalo y cuáles pueden administrarse como daño colateral. El orden internacional no se limita a regular conflictos: distribuye sensibilidad, legítima indiferencias y organiza silencios. Por eso, la agresión no comienza con los misiles, sino con la normalización de un lenguaje que vuelve aceptable lo inaceptable y vuelve invisible a quienes quedan fuera del reparto del derecho. Una mirada que naturaliza la violencia hacia el sur global con la complicidad de sus rémoras criollas, que racializa los conflictos y que suspende, sin pudor, los principios del derecho internacional cuando estos obstaculizan intereses estratégicos. Lo que en otros territorios sería considerado crimen, acto de guerra o violación flagrante de la soberanía, aquí se vuelve "medida", "presión", "operación preventiva" o "asistencia para la estabilidad". En cierto grado, la brutalidad se ha sincerado y la antigua excusa de la democracia ya ha perdido uso y atractivo. Queda la defensa de la libertad, la libertad de los amos y mercaderes, el miedo y la moral de los esclavos.

En este sentido, Venezuela no es una excepción sino un ensayo general. Cuando una potencia actúa de ese modo y no enfrenta sanción efectiva alguna, el mensaje es inequívoco: la excepción se convierte en regla. Lo que hoy se tolera como caso singular se incorpora mañana como antecedente operativo. El derecho internacional no cae de golpe; se vacía por acumulación de silencios. Un escenario donde se pone a prueba hasta dónde puede avanzarse sin generar una reacción significativa de la comunidad internacional. Lo que hoy se tolera como caso singular, mañana se invocará como precedente.

Nada de esto implica desconocer los conflictos internos, las discusiones, las profundas concepciones sobre qué es o debe ser una democracia ni las deudas sociales, mal endémico de los países latinoamericanos. No podemos negar esto como no podemos aceptar que esas tensiones habilitan una agresión externa―de hecho, la historia muestra de forma repetitiva que estas agresiones e intervenciones imperiales han sido el mayor combustible de los conflictos sociales y del subdesarrollo de estos países. Ninguna crítica interna justifica una invasión. Ningún desacuerdo político legitima el castigo colectivo de un pueblo. La soberanía no es un premio a la virtud ni una certificación moral otorgada desde afuera: es el umbral mínimo para que las sociedades decidan su destino sin un arma apoyada sobre una mesa de negociación.

Frente a esta escalada, la respuesta de buena parte de la comunidad internacional ha sido el silencio, la ambigüedad, la tibieza diplomática y la ausencia de medidas concretas. Un lenguaje que no busca detener la violencia, sino administrarla. Palabras que nunca nombran al agresor, que diluyen responsabilidades y que colocan en un mismo plano a quien acosa y a quien resiste. La historia latinoamericana enseña que las grandes tragedias no comenzaron con bombardeos, sino con palabras y excusas que las volvieron tolerables. Cuando la agresión se normaliza, la violencia avanza sin resistencia.

Defender hoy la soberanía de Venezuela no equivale a defender a un gobierno ni a clausurar el debate interno. Equivale a rechazar una lógica que vuelve a instalar la guerra como instrumento legítimo de orden internacional basado en los intereses del más fuerte. Equivale a afirmar que América Latina no es patio trasero ni delantero de nadie; no es zona de sacrificio, ni frontera salvaje de nadie. Y equivale, también, a asumir una responsabilidad intelectual básica: romper la amnesia histórica antes de que vuelva a escribirse, una vez más, con sangre ajena.

Porque callar ante una agresión nunca fue neutral. La historia, cuando finalmente habla, no suele ser indulgente con quienes miraron hacia otro lado. Para muchos, esto no tiene importancia. Para nosotros sí.

Firman:

Óscar Andrade, Uruguay

Felicitas Bonavitta, Argentina

Pablo Bohorquez, España

Atilio Borón, Argentina

Emilio Cafassi, Argentina

Stella Calloni, Argentina

Mario Carrero, Uruguay

Aviva Chomsky, Estados Unidos

Carolina Corcho, Colombia

Raquel Daruech, Uruguay

Boaventura de Sousa Santos, Portugal

Federico Fasano, Uruguay

Walter Goobar, Argentina

Débora Infante, Argentina

Eduardo Larbanois, Uruguay

Jorge Majfud, Estados Unidos

Víctor Hugo Morales, Argentina

Adolfo Pérez Esquivel, Argentina

Gustavo Petro, Colombia

Jeffrey Sachs, Estados Unidos

Andrés Stagnaro, Uruguay

Jill Stein, Estados Unidos



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