Nicolás Maduro. Ab statu terrorista abductus

Pero qué alegría de abusadores avariciosos abanica las cadenas (perpetuas) televisivas y corrosivas de tanto traidor venéreo y sus tristes historias de teatro financiado por los de siempre.

No lo exhiben para castigarlo, lo exhiben para tranquilizarse ellos. El desfile no es contra él, es para que la multitud confirme que el mundo sigue girando de acuerdo a la mano ensangrentada que mueve las manecillas históricas. (Plaga fuimos, plaga seremos)

Plaga es cualquiera que celebre que la normalidad, económica o intelectual, se construyó sobre cuerpos arrastrados, torturados y quemados.

Camina con grilletes en los pies. Con esposas en las manos y aún así sonríe y saluda amablemente. El espectáculo circense que han montado, se supone que debe dominarlo todo, y su sonrisa no cuadra con la pintura que las patas del norte han moteado. La jaula no entiende de sonrisas, solo de llantos.

Los grilletes pesan menos que las miradas. Las esposas no aprietan tanto como la expectativa de verlo quebrarse. Eso es lo que esperan: el colapso visible, la vergüenza obediente, el animal aprendiendo a ser cosa. Pero él sonríe.

Y esa sonrisa no es valentía ni fe. Es un síntoma. El último refugio de quien ya no negocia su identidad con el verdugo.

Desde la psicología del poder, la humillación solo funciona cuando el humillado acepta el espejo y el reflejo que se le ofrece. Cuando se reconoce en la caricatura que le ofrecen. Él no lo hace.

Saluda porque entiende algo que ellos no: el castigo necesita público y el público necesita creer que la víctima está rota para no sospechar de su propia fragilidad.

El sistema no sabe qué hacer con alguien que no pide perdón, ni grita, ni implora.
Por eso lo pasean. Para ver si el movimiento telúrico de la TV, lo devuelve al guion que le han escrito.
Para ver si, en algún punto del recorrido, se cae el gesto, se apaga la sonrisa y vuelve a ser uno más.

Pero no.

Y en ese fracaso mínimo, en ese saludo absurdo, casi infantil, el espectáculo se quiebra. Porque por un segundo, no parece un prisionero en un zoológico, parecen ellos, sin maquillaje, sin filtros, ni censuras pagadas.

No lo llevan esposado, lo llevan en un desfile, esperando que la gente le arroje lo que tenga a mano, porque una cultura enferma, necesita descargar lo que no puede resolver por si misma, en contra de otros.
El desfile no es justicia es una liturgia enferma, un ritual cuasi-jurídico disfrazado de procedimiento judicial.

El zoológico que intentan montar, no encierra animales, encierra fronteras simbólicas, encierra ideas.
Y la idea es increíblemente clara. Aquí se pasea lo que no debe parecerse a nosotros, aunque se nos parezca demasiado.

La multitud no mira a un hombre, mira una advertencia caminando. Cada paso con grilletes dice: hasta aquí llega lo permitido. Cada flash es un amuleto en contra la posibilidad de ser el próximo.

La humillación pública cumple una función muy arcaica: reordenar el naipe, el clan, cuando alguien ha quebrado o encarnado una tensión que el grupo no sabe metabolizar. Por eso sonríe. No como individuo, sino como anomalía en contra del engranaje que montan.

En muchas culturas, quien iba a ser sacrificado, debía mostrar calma y serenidad.
No para salvarse, obviamente no, sino para que el rito funcionara. Pero ser digno, eso se vuelve peligroso porque arruina la esencia de la ceremonia del castigo. La pedagogía del miedo, mira en todas direcciones sin saber qué decir.
Lo pasean para que el grupo se reconozca a sí mismo como normal. Para que el "nosotros" respire mirando al "otro" reducido a jaula. Para que el "nosotros" desde esta vereda, sea el de los buenos, mientras el engrillado sea lo malo.

Pero algo falla.

Porque al saludar, él rompe el contrato ancestral: el sacrificado no debe reconocer a la tribu o corporación como igual. Debe bajar la mirada. Debe bajar los hombros. Pero, al no hacerlo, introduce una fisura peligrosa: la sospecha de que el rito no purifica, solo revela.

Y entonces, sin saberlo, la multitud no está asistiendo a un castigo, sino a un espejo antiguo, que les devuelve una imagen intolerable: No están viendo a un monstruo domado, están viendo cómo una cultura enferma, necesita jaulas para convencerse de que aún es humana.

Cuando lo pasean en grilletes, no es a él a quien exhiben. Es a nosotros. Su cuerpo es solo el soporte.
El mensaje viaja más lejos.

Nos pasean la obediencia aprendida, el miedo heredado, la memoria domesticada de generaciones que entendieron que sobrevivir, es principalmente no sobresalir, ni mucho menos pensar por cuenta propia.

Cada eslabón arrastrándose por el suelo es una pedagogía añeja: camina recto, no preguntes, no sonrías donde no corresponde, no hables sin permiso.

Lo esposan para que recordemos que las manos nacieron con permiso. Y nadie le dio permiso para saludar, mucho menos, de manera tan digna.
Le atan los pies para enseñarnos que incluso el movimiento libre es una falta de respeto en contra del sistema.

El desfile no es excepcional, sólo serpentinas baratas y falsas, el desfile es simplemente didáctico. Un manual vivo del ciudadano "correcto".

Cuando él sonríe, no solo desafía al poder: nos despierta.
Y eso es imperdonable.

Porque en ese gesto mínimo se nos revela una verdad insoportable: que los grilletes no son una anomalía, son una posibilidad latente y lacerante para cualquiera que ose sentirse digno.

No lo pasean para humillarlo a él. Lo pasean para recordarnos qué pasa con los cuerpos que no encajan,
que no piden disculpas, que no adoptan la postura correcta del miedo.

Y entonces entendemos: el zoológico no está detrás de las rejas.
El zoológico es la calle, la fila ordenada, el silencio prudente, la mirada que observa sin intervenir.

Él camina encadenado, pero hay algo que no pueden exhibir: que en ese recorrido el verdaderamente vigilado no es el prisionero sino la multitud.

Porque cuando pasean a uno como advertencia, lo que hacen en realidad es confirmar que el encierro
ya fue interiorizado.

Y, aun así, aun así, él sonríe. No porque sea libre. Sino porque sabe que, si el miedo necesita espectáculo para sobrevivir, entonces el poder ya no alcanza para gobernar a solas.

Y, sin embargo, él camina. Encadenado, sí. Pero caminando.
No porque crea en la justicia, sino porque entiende algo más antiguo:
que las civilizaciones no caen cuando aparecen los librepensadores o libertadores, caen cuando necesitan pasearlos para convencerse de que aún mandan.



Esta nota ha sido leída aproximadamente 395 veces.



Noticias Recientes:

Comparte en las redes sociales


Síguenos en Facebook y Twitter