Halcones contra Tucusitos o la caída de Uribe

Las relaciones diplomáticas pueden semejar un enjambre de espinas y avisperos si el vuelo de cualquier incauto país pájaro se interna en sus punzantes y tóxicas trampas.

Uribe, nuestro dizque halcón vecino con cara de seminarista le ha llegado su hora final de guachafita. Aún recuerdo cuando daban al cara pálida los créditos de la victoria del NO antirreforma aquí en Venezuela por haberse ocupado nuestro postulante Presidente más tiempo que lo debido en los rehenes colombianos y recibir la zancadilla del cachaco a pocos días del referendo. Si hubiese destinado esa atención al pueblo venezolano toda la que dedicó a ese fracaso humanitario, decían entonces. Dígame, el mismo que había firmado el convenio del gasoducto Antonio Ricaurte. Colombia ganó el gasoducto, Chávez, o Venezuela perdió no solo el referendo, sino que las estocadas verbales de Uribe respondiendo a Chávez precipitaron la abstención timorata. Aún así por poco logra el cara de seminarista su objetivo cuando se apareció en Villavicencio y disolvió la entrega de las cautivas prometidas a aquel gentío testiguero internacional por las FARC. Ganará el tesón como bien sabemos.

Un último peldaño -que resultará para hoy pisada al vacío- cuando el ministro Rangel Briceño confesó que los satélites gringos otorgaban la seguridad desde Florida a los vuelos de tantas aeronaves cargadas de droga proveniente de Colombia que no podíamos interceptar. ¿Victoria de Uribe? ¿Fracaso de Chávez?

Hoy el escándalo recorre a Sur América al demostrarse que Uribe conoce de vuelos de narcóticos, lo que Chávez de misiones sociales y reclutas socialistas, de tucusitos preocupados en libar flores que fructifiquen un nuevo ser humano en este entorno, aún jardín del mundo.

¡Qué vergüenza! ¡Qué dicen ahora al lado en la Columbian Republic Corporation Inc. desenmascarados como jíbaros-flechas del capo mayor Pentagon—Bush Controllation. Qué dicen ahora que no fue Chávez sino la misma revista Newsweek, que no ha sido ahora durante su presidencia, sino cuando su cara de monaguillo era más patente su labor narcotraficante, el lomo de escalafón de Pablo Escobar y no el camarada Ramón Rodríguez Chacín. Que no fue la "desquiciada" madre de Ingrid sino la amante del narcotraficante antioqueño la que lo ha confesado en su obra. Qué dirá la blanqueada de Condy, premiadora de la "paz" que se disfruta en Colombia. En fin que no fueron espías venezolanos que entraron a los archivos del palacio de Nariño, mientras el cachaco estaba en Francia, sino los simples desclasificados de la inteligencia gringa los que lo han desnudado frente a sus propios y canallas monaguillos.

Cómo habrán sido aquellas celebraciones de risas estridentes y narices frías a puerta cerrada por haberse comido al come flor de Chávez tras cerrar negocio por lo del gasoducto, lo de la fallida liberación, la reforma, lo del carajito de Alba que ya tenían en sus manos. Que malabarearon a Chávez como pelotita de arroz.

Sí amigos es un cartel el que tumbó las torres gemelas, un gang que se dice ser ala derecha de los halcones, cuando en realidad son bestias carroñeras, gang de periqueros que ya tienen en sus manos una mediática a su antojo (qué tal un antidoping a esos ejecutivos, a esas agencias). Gang que maneja desde imperio de pantaletas, finca de Daktari con sus compinches fugados –la de los paracos enmasados y liberados-, ecocidas, dueños de bingos, de loterías banales, matones de campesinos, dueños de avionetas, satélites.

Se afina el lente. No es el imperialismo pelao el que está en crisis. Son, además, sus aguantadores los que están al desnudo. Los zamuros otean desde muy arriba la carroña. Más abajo los tucusitos fecundan los jardines. No les importa la carroña, sino el propósito de la vida que portan inocentes. Vendrán los frutos para las nuevas semillas, nuevas flores. El porvenir no es de los cobardes.

Tuvieron su chance, hasta que la propia inteligencia gringa ha sacado la podredumbre al sol. La verdad no es sol para un dedo. Pero hoy es el dedo que lo señala. Siempre lo he creído: Inocencia mata mentira.


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Arnulfo Poyer Márquez


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