Ideólogos e ideologías de la nueva guerra "tibia" (I)

Ya desde hace años se sabe que estamos en una nueva "Guerra fría". Pero a la hora de interpretar la presente, siempre se usan las claves de lo que caracterizó por lo menos la mitad del siglo XX, sin advertir las peculiaridades de la actual. La primera, es que (detalle casi trivial, pero que tiende a pasarse por alto) las divisiones políticas e ideológicas no son en absoluto las mismas, precisamente porque el resultado de la que se desarrolló entre aproximadamente 1949 y 1991, culminó con la victoria de una de las partes: el modelo liberal globalista norteamericano. Hoy en día, todos los países son claramente capitalistas. Las excepciones forzadas (Corea del Norte, Cuba) ya no pueden sostener la promesa marxista de marchar hacia la disipación del Estado, porque son burocracias estatales en permanente negociación con el capital transnacional. No reconocer esto es seguir confundiendo cosas y cometiendo anacronismos.

La segunda diferencia, que se desprende la primera peculiaridad, es que, a diferencia de la Guerra Fría del siglo XX, esta no parte de una repartición geopolítica del mundo, sino que, al contrario, tiene como punto de partida la hegemonía política y militar fundamental (para no decir única y omnipotente) de los Estados Unidos y, más importante, del capitalismo monopolista e imperialista global. En la presente guerra, decir "economía mundial" es decir capitalismo, un solo sistema que abarca todo el planeta. En cierto modo, es una situación análoga a la previa de la Primera Guerra Mundial: la lucha entre diferentes imperialismos por territorios, acceso a recursos naturales y de fuerza de trabajo, mercados, capitales, etc. No hay un solo imperialismo, sino varios, con tamaños y poderíos diversos. Se trata claramente de una pugna entre superpotencias, como caracterizo una vez Lenin la Primera Guerra Mundial: guerra interimperialistas.

Se podría decir que la Guerra Fría del siglo XX también se caracterizó por una lucha entre dos superpotencias fundamentales: los EEUU y la URSS. Pero ellas se presentaban (y aquí comienza la ideología a ser un factor operante) como la representación de proyectos de sociedad radicalmente distintos y opuestos: capitalismo vs socialismo-comunismo. Esta polarización sucedió al conflicto a tres, previo a la Segunda Guerra Mundial, entre democracias burguesas, fascismo-nazismo y comunismo soviético. Esa polarización implicó un reparto político e ideológico del mundo que parte de los acuerdos de Postdam y Yalta, con obvias consecuencias geopolíticas: la creación de dos bloques de fuerza. Esto, aunque, hacia la década de los sesenta, se formaron campos intermedios, como el movimiento de los no alineados o países que expresaron cierta independencia y hasta ruptura con su respectiva potencia hegemónica: Yugoslavia con la conducción de Tito, China, con el liderazgo de Mao Tse Tung, aparte del poderío económico de los países petroleros árabes.

La "Guerra Fría" del período 1949-1991 tuvo como otra característica que jamás las potencias fundamentales entraron en un choque directo, sino a través de países que representaban uno u otro bloque. Esta era la contrapartida del reconocimiento mutuo de las respectivas "áreas de influencia". La guerra mundial actual también tiene este rasgo, pero como ahora toda guerra parte de una hegemonía única (que Fukuyama denominó "el fin de la historia"), las guerras interimperialistas pueden adquirir de inmediato la característica de impugnar la hegemonía norteamericana, es decir, el presunto "Orden Mundial" impuesto con bombas y resoluciones de organizaciones internacionales por los Estados Unidos. Pero, a diferencia de las guerras de liberación nacional del siglo XX, siempre en contra de imperios coloniales moribundos ya al final de la Segunda Guerra Mundial, las guerras en el presente contexto son también, directamente, guerras interimperialistas.

El ejemplo por antonomasia de lo que venimos exponiendo, es la actual guerra en Ucrania. Se trata, evidentemente, de la invasión de una nación soberana, autodeterminada, por una gran nación con aspiraciones a recuperar su poderío geopolítico de cuando la "Guerra fría" del siglo XX o de cuando el zarismo en los tiempos (siglos) anteriores. La justificación de esta guerra, por el lado ruso, es la defensa de su seguridad nacional. La misma justificación (mutatis mutandi) del decreto de Obama contra la "amenaza venezolana". Otro argumento ruso es la "desnazificación" de Ucrania. Es cierta la existencia de grupos armados, abastecidos por el mismo gobierno ucraniano y por Estados Unidos. Pero si esto justificara una invasión a un país, entonces estaría justificada la invasión de Venezuela por la presunta violación de derechos humanos aquí. Por supuesto, hay una gran sensibilidad en el público que hoy respalda al gobierno, acerca de los delitos de odio cometidos por algunos de los "guarimberos" de 2013 y 2016, sobre todo por aquel caso del muchacho quemado vivo; lo cual es explotado por ciertos videos que circulan en las redes, de matones vestidos de negro que agreden a un grupo de mujeres en las calles de Kiev. Pero las "guarimbas" no se parecen, ni por las proporciones, ni por el armamento y equipamiento, ni por el contexto, al acoso militar sistemático de esas organizaciones claramente identificadas (con svásticas y todo, cosa que nunca se ha visto en Venezuela) contra los territorios donde hay una mayoría de población rusa y que han conquistado su secesión, gracias al apoyo de Moscú. Como se dice: Ucrania vivía una guerra civil desde 2014.

Lo que quería destacar es que esta guerra no es, ni un enfrentamiento entre el Bien y el Mal absolutos (visión maniquea y medio infantil), ni una especie de lucha final entre la Democracia (con mayúsculas) y el autoritarismo. Una simple constatación de los integrantes del supuesto "bloque demócrata" nos mostrará, no sólo la existencia de gobiernos dictatoriales (Turquía, señala Fernando Mires, uno de los ideólogos de los "demócratas") y hasta monárquicos y fundamentalistas, como Arabia Saudita. No es necesario (¿o sí?) refrescar la memoria de las veces en que Estados Unidos ha intervenido militarmente en países de todo el mundo a nombre de su "Libertad". Igualmente, es importante recordar que hoy hay alrededor de una decena de conflictos armados, algunos verdaderos genocidios como el de Yemen, Palestina, Somalia y Sahara occidental, donde los "demócratas" se comportan con toda su barbarie altamente tecnificada. La cosa es, entonces, diferente. Si alguna cosa representan Biden y la OTAN, por un lado, y Putin por el otro, es la preservación de una hegemonía absoluta conseguida con la victoria de la Guerra Fría del siglo XX y la aspiración de la recuperación de un poderío militar y político (además de lo económico, como veremos más adelante) de una potencia venida a menos, como lo es Rusia.

Por supuesto, estos intereses segregan ideologías, argumentaciones más o menos sistemáticas en teorías que no sirven solamente para justificar después de los hechos, sino como verdadera racionalidad de las acciones. Lo de menos es que Biden se crea que defiende los valores de la democracia y la "civilización occidental", o que Putin se trague su propio discurso de la recuperación de la grandeza mundial rusa y la inexistencia de países que ayer fueron repúblicas unidas de la URSS o parte integral del imperio zarista. Lo importante es analizar esas ideologías, esos discursos, como no solo justificaciones a posteriori, sino como razón de cada uno para hacer lo que hacen.

En esto de las ideologías hay que considerar que no siempre los ideólogos son especies de Rasputin, que le hablan al oído o por teléfono a los Jefes. La cosa es un poco más complicada. Ciertas ideas adquieren fuerza como sentido común, se convierten en fuerza material si es asumida por las masas (Marx dixit) o por la opinión pública. Además, hay una labor de presentación de los propios pensadores para que los poderosos les "compren" sus ideas. Nosotros, en las siguientes entregas, hablaremos de dos ideólogos que se venden como pensadores elaboradores de discursos y pensamiento. De un lado, Fernando Mires, sociólogo chileno de larga trayectoria, y por el otro, Alexander Dugin, inventor de la "Cuarta teoría política", de quien se dice influye en los discursos y decisiones de Putin quien, como buen político, aunque tenga sus convicciones, considera las oportunidades y los recursos en cada momento concreto para actuar y decidir.

Es bueno recordar la historia de Platón y el tirano Dionisos. El filósofo griego creyó poder influir en las decisiones del poderoso dictador de Siracusa, gracias al brillo de sus disertaciones. En realidad, Dionisos se sirvió por un rato de ellas, pero poco después, al apreciar como demasiada la pedantería del pensador, y tomando en cuenta en primer lugar sus conveniencias, le dio una patada por el trasero. En esa tensión transcurren siempre las relaciones entre el poderoso y el intelectual. Este se ilusiona por el poder de sus ideas, sin advertir que el poder, aunque sí tenga que ver con ideas, tiene su lógica propia y diferente. Tal vez este sea el sino de Mires y de Dugin. Pero antes de hacer pronósticos, es conveniente conocer un poco de ellos para, al menos, ubicarnos en las peculiaridades de la actual guerra mundial y saber sus diferencias esenciales respecto a la Guerra Fría del siglo XX. Así, en próximas entregas me ocuparé de Fernando Mires y Alexander Dugin, los ideólogos de la nueva guerra mundial



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Jesús Puerta


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