Una comparación odiosa: la izquierda y la oposició antichavista

Dicen que toda comparación es odiosa. Pero establecer analogías, parecidos y diferencias de distintos grados, sigue siendo un método para conocer fenómenos históricos y revelar algunas constantes, por lo menos. Había prometido comparar ciertas aristas de la trayectoria política de la oposición antichavista "escuálida", por una parte y por la otra, de la izquierda en el período que va desde la década de los sesenta hasta los noventa. Por supuesto, una comparación minuciosa sólo sería posible en un grueso libro de quinientas y pico de páginas. Aquí se trata de poco más de dos cuartillas. Es un brevísimo resumen, extremadamente simplificador y seguramente injusto. Pero vamos a ello.

El lugar común más obvio es la derrota. Después de la victoria sobre la dictadura militar perezjimenista, que fue un triunfo del conjunto del pueblo venezolano, pero específicamente de la izquierda, que fue la que concibió y ejecutó la estrategia de Unidad Nacional y por la Democracia, desde la clandestinidad, el pie no dio con bola, la trayectoria izquierdista fue la de una serie de derrotas, repliegues tácticos y estratégicos, intentos de reconstrucción y reformulación, hasta que su dispersión y autoliquidación en varios casos, los llevó a mutar considerablemente. En cuanto a la oposición antichavista, desde 1999, fecha de la victoria electoral de Hugo Chávez, fue de derrota en derrota, atravesando momentos de leve rectificación, hasta que ahora asistimos a los últimos estertores de la estrategia representada por Guaido. Derrotada, por supuesto.

Las derrotas siempre son huérfanas: lo dijo Napoleón Bonaparte, es cierto y además señala de una vez la lógica de división y fragmentación que acompaña a toda fuerza que falla una y otra vez en sus objetivos. Se inicia, con cada fracaso, la búsqueda de los culpables, el cobro a los responsables por el sufrimiento de la pérdida. Esa reacción establece la lógica de la circulación de los líderes, los desplazamientos sucesivos de dirigentes. Pero también el debate exacerbado de una serie de tesis, definiciones, consignas o "mantras", que se suceden una a otra, pretendiendo sus emisores recuperar en vano un entusiasmo cada vez más imposible.

Las personas, los grupos, las masas, las clases sociales y sus fracciones, todos son humanos, demasiado humanos, con sus pasiones enceguecedoras disfrazadas a la fuerza con el ropaje de unas virtudes fuera de lugar, estupideces revestidas de gestos grandilocuentes, errores que nunca son reconocidos porque implican la quiebra de la autoridad de los líderes. Los ojos y la razón desfallecen cuando fallan, porque las equivocaciones les quita brillo a las lógicas que habían sido los faros en medio de la incansable tempestad.

Al verse fuera de la coalición gobernante del Pacto de Punto Fijo, que inició el tiempo de la democracia representativa, la izquierda, el PCV y la izquierda de AD, resintió el golpe de la exclusión. A la vil patada en el trasero, se agregó la herida de la mamadera de gallo, más dolorosa en las traiciones: ¿no fuimos nosotros quienes con nuestros sacrificios echamos al dictador? Enseguida, se desató el proceso de la escisión de Acción Democrática que dio lugar al MIR. En el PCV, la reciente victoria de la lucha guerrillera en Cuba, fio fuerzas a quienes opinaban, cada vez con mayor fuerza, que se había dejado pasar el momento de "tomar el poder" por una simple bobería llamada "Unidad Nacional". Había que romper con el nuevo régimen y hacerlo con todas las de la ley: con las armas.

La entrada triunfal de los barbudos en la Habana deslumbró a toda una generación. Ni las advertencias del propio Che, fueron escuchadas. El primer deber de un revolucionario era hacer la revolución y ésta, además, tenía la vistosidad de la gloria heroica. El mito y el arquetipo poseyeron los cuerpos. Vinieron, primero, los intentos de golpe, fracasados todos. La sangre dejó de ser salada y se hizo dulce para los poseídos por el demonio del heroísmo. Se organizaron los focos guerrilleros, aislados rápidamente, muchas veces por delaciones de los propios campesinos. La racionalidad del marxismo se eclipsó: cómo organizar guerrillas rurales en un país predominantemente urbano, como vanguardizar el proletariado que votaba masivamente por el presunto verdugo de los emancipadores. La guerrilla venezolana fue la estupidez más grande de la historia de la izquierda, sólo excusada porque el delirio se extendió por todo el continente y un héroe no puede ser un simple idiota. Al menos había que tener la dignidad de un loco.

La derrota ocasionó la división y esta se justificó con tesis, consignas, mantras, acusaciones mutuas de traición, razonamientos que, más que teorías, eran "plusvalía ideológica" (Ludovico Silva). Hubo revisiones y reflexiones brillantes, como las que llevaron a amalgamar para siempre la democracia con el socialismo, el rechazo a la experiencia soviética, la comprensión de la complejidad del "sujeto histórico". La arrogancia fue la defensa psicológica más recurrida del dogmatismo. La izquierda duró casi tres décadas rindiendo culto al mito de la Unidad, para nunca unirse, porque el traidor siempre era el posible aliado. A la postre, parte importante de ella, hicieron el gambote que acompañó a Caldera. En esas condiciones, intentó reconstruirse. Unos, ensayando la participación electoral, una y otra vez, como recomienda la necesaria terquedad de los que tienen la razón; otros, combinando la clandestinidad, más ritual que efectiva, con "trabajo de masas" que, en algún punto, coincidió con las comunidades de base que promovió un cristianismo que deseaba recuperar un carácter popular y santo que había perdido hacía ya muchos siglos. Y las dos grandes tendencias de la izquierda, la "ultra" y los "reformistas", a su vez fragmentados en decenas de grupúsculos, se odiaban a morir.

Una vez vi a un muchacho guarimbero, en el año 2013, en una esquina de una urbanización de clase media, y me pareció haber cruzado un portal cuántico para llegar al año 1985, al arco de entrada de la entonces sede de la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo, donde se escenificaba algo casi idéntico: el enfrentamiento de policías y guardias nacionales con puñados de muchachos armados de cohetones, piedras, cauchos a quemar y una que otra arma de fuego. La identidad era ilusoria, claro. Pero los demonios que poseían esos cuerpos eran muy parecidos.

Había ya una gran derrota histórica de aquellos partidos, de aquellas fracciones de la clase dominante, desde la crisis que no cesó de profundizarse desde 1978, luego con el "Viernes Negro", hasta estallar en 1989 y evidenciar una grieta sísmica en 1992. Fue una derrota la táctica de unificarse para enfrentar a Chávez en 1998. Luego, la actitud de enfrentamiento sin tregua, en todos los escenarios, desde la aprobación de la nueva Constitución. El colmo de la estupidez, tan sensible a las provocaciones y por tanto infinitamente predecible, fue el golpe estimulado por una confusa coincidencia de los dueños de las televisoras, políticos desplazados, indignados profesionales que rechazaban la ordinariez del líder carismático. La analogía es inevitable: el extremismo de una sola consigna ("¡Chávez vete ya!") llevó al inmediatismo, el voluntarismo, la ingenua confianza en que el entusiasmo en las marchas tumbaba gobiernos, que se daría de pronto la circunstancia mágica de que los militares le dieran la espalda a los odiados gobernantes. Las dos culminaciones, entre cómicas y trágicas, fueron el 11 y el 13 de abril, así como aquel enero en que desfallecía la huelga petrolera entre toques de pito del Presidente Chávez que celebraba, con cruel saña, el despido de cientos de técnicos saboteadores.

Expresar la arrechera en vez de hacer política, continuó siendo la conducta. Por un momento, se advirtió que un camino institucional podían ser los nuevos mecanismos instituidos en la Constitución que hacía poco se hacía rechazado. Se impulsó el referendum revocatorio que Chávez asumió y ganó con brillante decisión y estrategia. La nueva derrota condujo a un nuevo arranque de ira. Luego vinieron las elecciones presidenciales, en los que tampoco los deseos se hicieron realidad. Los bandazos se sucedieron, hasta que logró la victoria del rechazo a la reforma constitucional, algunas gobernaciones.

Enrique Ochoa Antich, entre otros, ha concluido de esa historia de fracasos sucesivos de la oposición, que ella avanza cuando juega a la institucionalidad y la lucha electoral, mientras que, cuando se le disparan los demonios inmediatistas, voluntaristas y violentos, fracasa y retrocede. Esto es, en parte, cierto. También podría decirse que la oposición nunca logró superar su origen clasista y hasta territorial (es decir, ubicada en las urbanizaciones de clase media para arriba) sin plantearse seriamente penetrar y organizar a los sectores más pobres de la sociedad venezolana. Esto explicaría su debilidad relativa y sus bandazos tácticos y estratégicos, sospechosos de extrema volubilidad. En el lenguaje de la izquierda hay un dicterio por el cual se caracteriza las conductas oscilantes como "pequeño-burguesas". Esto también tiene parte de acierto, porque se puede sistematizar una psicología de clases sociales.

Otro rasgo es la conducción extranjera, primero disimulada, pero luego reconocida, con descaro y hasta orgullo. En el caso de la izquierda de los 60 y 70, de Cuba (¿y de la Unión Soviética? ¿y de la China maoísta?); en el caso de la oposición "escuálida", del gobierno de los Estados Unidos, de esa joyita llamada Elliot Abrams (todavía Biden no ha publicado su política y sus agentes). Pero este rasgo internacional de la lucha por el poder en Venezuela, es un dato que hay que aceptar sin demasiados remilgos. Más allá de insistir en la independencia nacional y la soberanía, poco podemos hacer frente a la intervención de intereses foráneos en los procesos nacionales. Hoy, además de Washington, están metidos Beijing, Moscú, Teherán, aparte de la Habana. El realismo nos indica que la lucha política nacional está enmarcada por los intereses geopolíticos, no desde estos años, sino desde finales del siglo XIX. Y quizás antes.

Puntualicemos algunas constantes: desconocimiento de las derrotas y los errores, el eclipse de la reflexión por la rabia y la desesperación, el vanguardismo, el inmediatismo, el extremismo de la consigna resonante y única, el culto al heroísmo ineficaz, los bandazos, la conducción extranjera. En esto se pierde, más que la existencia de una opción política, una perspectiva de país.

Pero hablamos de fracasos en la "toma del poder". No hemos hablado en este artículo del fracaso de un gobierno o una serie de ellos, con sus proyectos, planes de la patria, motores y reimpulsos. Las políticas económicas han fracasado igual, y son esas derrotas las que han llevado a esta reformulación hacia un paquete de medidas económicas privatizadoras, de "apertura a la inversión extranjera", dolarización fáctica, abaratamiento extremo de la fuerza de trabajo, destrucción de las instituciones, etc. Tampoco ha habido reconocimiento de derrotas. Se trata obviamente de bandazos, ahora hacia la derecha. Antes sólo hubo el rentismo keynessiano con abundante demagogia, que muchos llaman, por comodidad, demagogia, y hasta "socialismo" evidenciando una sospechosa ignorancia.



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Jesús Puerta


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