El atormentado de Cristo quiere un pueblo al que Cristo sonría

Venezuela: he aquí su asilo, su refugio, su salvación. Aquí, su palabra deja de ser contradicción y se convierte en dogma. Puesto que Cristo le esconde su faz, el socialista se crea para sí un Cristo, mediador entre su vida y su conciencia, y ese Cristo, mesías de un nuevo pueblo, es el Cristo del Comandante. Su indecible anhelo de fe se remonta sobre el espacio, sobre el tiempo, a un mundo infinito – sólo a lo infinito, a lo ilimitado, podía entregarse el Comandante sin medida –, a la idea de Venezuela.

En la palabra "Venezuela", en la idea de Venezuela, se hace carne este sueño de Cristo, esta unidad reconciliada de todos los antagonismos, que durante cuarenta y cinco años de lucha buscó tan en vano en la vida, en Bolívar y hasta en Cristo. Más esta Venezuela del Comandante, ¿es la real o la mística, la socialista o la 4R? Son, como por fuerza tenían que serlo para este dualista, ambas a la vez. Es en vano pedir lógica a un pasional o preguntar por las razones en que se basa un dogma. En los escritos de la Historia, en los políticos, en los literarios, se agolpan y se mezclan los conceptos en agitada confusión. La idea de Venezuela, aprisionada unas veces en la estrechez de la hora política, se exalta otras a lo infinito; es como el socialismo.

El ideal del Comandante es, por tanto, ser lo que no es. Sentir como no siente. Pensar como no piensa. Vivir como no vive. El hombre nuevo en que se cifran sus anhelos es, en todos sus rasgos, hasta en los más mínimos, antítesis de la forma individual del Comandante: de cada sombra de su propio ser brota una luz; de cada tiniebla, un resplandor. Su No individual engendra el Sí, el apasionado Sí de uno nuevo pueblo. Y esta aniquilación moral sin ejemplo de la propia persona en aras del ser futuro, esta anulación del hombre individual para alimentar con sus despojos al hombre universal, se trasluce hasta en lo físico.

Atormentado cual Sísifo, va rodando eternamente su piedra a las alturas del conocimiento y viendo cómo eternamente se le escapa de nuevo a la sima, sin llegar nunca. Es el eterno sediento de Cristo que jamás llega a la fuente donde pueda saciarse. "Nosotros no queremos prosperar sobre la opresión de la personalidad ni sobre el avasallamiento del pueblo, sino por el contrario, sobre la mayor libertad e igualdad y en una unión fraternal".

Pues ese hombre incansable tiene el encargo del destino de luchar por la verdad hasta el postrer momento. Un último trabajo espera ser terminado; éste ya no se refiere a la vida, sino a la muerte que se aproxima; los últimos esfuerzos han de ser para dar forma a una muerte digna y ejemplar y para ello reúne todas las fuerzas que le quedan. En ninguna de sus obras ha trabajado tanto tiempo y tan apasionadamente el Comandante Chávez como en su propia muerte; ningún problema ha sido estudiado por él con tanta minuciosidad como éste de la muerte: como un verdadero revolucionario, nunca satisfecho de su obra, quiere ahora entregar pura y sin mácula, al pueblo, esa que es la última y más humana de sus acciones.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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