Más allá del binarismo

  Desde hace un tiempo estoy tomando distancia de la lógica simplificadora binaria y acercándome al pensamiento complejo, donde hay que construir las significaciones (conceptos) no por oposiciones binarias, sino por diferencias diversas. Es parte de una decisión más integral: quiero COMPRENDER y no mantenerme en el plano del simple juego polémico, erístico, fastidioso e infructuoso. Quiero distinguir, por una parte, la agitación y la propaganda, y por la otra, la reflexión y el conocimiento. Las distingo, no porque éstas últimas estén en un mundo lejano, sino precisamente porque en éste tienen que estar y dejarse aniquilar por falta de uso.

  A los militantes que intentan presentarse, muy loablemente, como “intelectuales orgánicos” para darle un mínimo de coherencia al discurso político, les digo: es una reducción atroz y abusiva convertir la dialéctica a un pensamiento binario. Hay muchos supuestos ontológicos que él mete de contrabando y que nos hace pensar al final como Torquemada u otros de su especie, quienes desarrollaron las consecuencias prácticas de aquel dicho de Jesucristo "quien no está conmigo, está contra mí", evidente eco de las tendencias maniqueas de algunas sectas iniciales del cristianismo. El principal supuesto, metafísico, es convertir a las fuerzas que se enfrentan en la realidad social e histórica, como entes ya hechos, completos, íntegros, y no ver que los actores, los contrincantes, se van constituyendo y formando en la actuación y en el conflicto mismos.

 La propaganda anticomunista de la guerra fría explotó hasta la saciedad ese binarismo democracia/dictadura que es, no sólo falso por todo lo que nos costó llegar a saber, rompiendo la costra de una formación política anticuada (que los comunistas SIEMPRE lucharon por la democracia y las libertades democráticas BURGUESAS, que el socialismo es una democracia más profunda, que la democracia burguesa más democrática es siempre el poder y la dominación de la clase dominante, etc.), sino que tiene eficacia ideológica, de falsa conciencia, porque reproduce el binarismo simplificador maniqueo, de gran eficacia propagandística.

 La táctica polémica que asumió la izquierda de la Guerra Fría del siglo XX, fue asumirse como partidarios de dictaduras, mediante el enrevesado expediente de establecer una equivalencia general, cuasi-moral, de las dominaciones de clase (o sea, todas son dictaduras desde cierto punto de vista) y desacreditando la pretensión democrática del dominio capitalista. Pero esa táctica (usada por los soviéticos en su momento, y luego por Mao) tuvo un resultado propagandístico-político deplorable: efectivamente el imperialismo norteamericano terminó apoderándose de la consigna democrática y, por efecto binario y simplificador, a la izquierda le quedó ajustarse incómodamente a la connotación de dictatoriales, etc. Pero  asumirse dictatorial es ya una pérdida simbólica importante en el marco concreto, histórico, de la lucha ideológica-propagandística del último siglo y pico.

  Es tanto en el plano teórico como en el político-propagandístico, donde hay que dar esa discusión. En el teórico, me parece un craso error (o, mejor, una estupidez) despreciar las libertades democráticas, el respeto a la institucionalidad, las formalidades democráticas, etc. y decir que esas consignas son burguesas, de la revolución francesa, y que sólo le sirven al capital. Eso, para empezar, es falso históricamente. Por el contrario, la burguesía europea, durante todo el siglo XIX y parte importante del XX, trató de echar para atrás el radicalismo de la revolución francesa y hasta terminó por aliarse con la aristocracia monárquica en varios casos en Europa, para no hablar de su recurso al fascismo.

 Otra fuente del error proviene de la agria confrontación de los bolcheviques (Lenin) y la socialdemocracia alemana. En relación a esto habría que decir varias cosas. Primero, que Rosa Luxemburgo tenía en este tema mucha más razón que Lenin, puesto que convertir en permanentes, "normales" y hasta deseables y doctrinarias, las restricciones a la democracia, originalmente provisionales y excepcionales en el proceso soviético, conllevaría a todas las deformaciones que efectivamente ocurrieron y que, a la postre, llevaron a su derrumbe a la experiencia completa. Por otra parte, en un plano más filosófico, el marxismo es el ala más crítica y radical de la modernidad, y ésta tiene como centro valórico precisamente la Libertad, la Igualdad y la Solidaridad (fraternidad), bandera que la burguesía no pudo realizar por sus intereses intrínsecos.

  Algo que debemos aprender de la historia de las revoluciones del siglo XX, es que la lucha por otra sociedad no puede reducirse al problema de la propiedad de los medios de producción y la apropiación del excedente económico. Colocar eso como centro subordinador de lo demás, es convertir el proyecto de "Hombre Nuevo" únicamente en una especie de entrenamiento de un buen trabajador fabril, funcional al capital y la burocracia (disciplina, diligencia, rendimiento, cooperación, etc.) y, por otra parte, dejarle la puerta abierta al aspecto religiosos para justificar los otros aspectos culturales necesarios para el gran cambio antropológico planteado. O, peor, reducir la "revolución cultural" a la subordinación total al Partido y a su Jefe, como ocurrió en la China de Mao y otras experiencias.

  En la producción de ese Sujeto (lo cual atañe a la educación y a la cultura en todos sus aspectos) es fundamental retomar los horizontes de la revolución francesa. El ejemplo de la revolución independentista de Haití es interesante porque los esclavos negros se apropiaron de esos valores (los derechos del Hombre) más allá del alcance que pudieron haberle dado los propios franceses, cuyos inspiradores ideológicos (los filósofos de la Ilustración) eran, por cierto, en su mayoría racistas. Aquí se dio, mediante un "malentendido" (de pensar que para los franceses los hombres con derechos incluían a los negros) una "transmodernidad", como la denomina Dussel.

  En cuanto a la revisión que a veces se sugiere, en tono retador, de casos históricos de la democracia, como para demostrar que las democracias que ha habido siempre han sido de la clase dominante y que implicaron exclusiones de esclavos, mujeres, etc., esa revisión, digo, no tiene porqué concluir "lógicamente" en  un rechazo a la democracia, sino más bien derivar hacia otro tipo de consideraciones, tales como a) la realización de los grandes proyectos políticos tiene que adaptarse a las realidades históricas, b) habría que observar que todas ellas fueron realizaciones necesariamente parciales y poco radicales, c) en consecuencia, hay que ser más radicales en el logro de la democracia, o sea, parafraseando al propio Chávez, luchar por una democracia radical. Pero democracia radical no es, para nada, un rechazo a las libertades, las igualdades y las solidaridades.

  Perdonen mis lectores este tono profesoral, pero esto resultó de la discusión acerca de la significación de Fidel Castro, donde había anticastristas involucrados, y a un compañero le tuve que decir que mejor no me defendiera.



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Jesús Puerta


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