“Ganar elecciones como sea”. Presidentes y sus intérpretes

Entre lo que uno dice y lo que quiso decir, hay mucha distancia. Unas veces uno dice una cosa y el oyente puede interpretar o interpreta otra. Por eso, porque puede y suele suceder que uno quiere decir una cosa y dice otra. Eso es muy natural y por supuesto, propia del humano y de esa cosa no siempre fácil que es el hablar o la comunicación. Lo importante es que el mensaje llegue claro a quien uno se dirige y no que este haga magia para interpretar lo que se quiso decir y menos dejar espacio para que el oyente, deliberadamente o no, difunda versiones que no son.

            Por eso, un político no puede andar diciendo cosas sin límites ni control, exponiéndose a que la gente mal le interprete. Por supuesto, hay quienes dicen una cosa, eso lo suelen hacer los mordaces, irónicos y hasta los humoristas, pero queriendo decir otra. Estos actúan a voluntad con conocimiento de causa.

            Por supuesto, esto nada tiene que ver con las habituales expresiones de Manuel Rosales, como “si me matan y muero”, “cantos de ballena”, “peras al horno”, que están en una escala inferior. En este caso no es que dijo una cosa queriendo decir otra o usó una expresión de doble sentido, sino simplemente que dijo disparates y dijo unos cuantos, porque el tipo es definitivamente un zopenco.

           -“Menca, ponme la comida porque tengo un “hombre atrás”.

           La expresión anterior, se le atribuyó al presidente Raúl Leoni, quien le quiso decir a su esposa, doña Menca, que tenía, no un hombre atrás sino un hambre atroz. Es decir que tenía un hambre terrible, espantosa, inaguantable.

           Por supuesto, aquella expresión y otras muchas que le atribuyeron, que ahora se nos olvidan, resultaban de las dificultades que tenía “el calvito”, como le llamaba Betancourt, para hablar por culpa de la plancha dental. Esta se le movía y le provocaba que pronunciase inadecuadamente.

            Gonzalo Barrios fue un caso doblemente atípico. De los muy pocos adecos cultos que quedaron dentro del partido después de las diásporas del MIR, PRIN y MEP. Sabía bien lo que decía y lo escribía muy bien. Pero tenía también como Leoni dificultades para hablar por la prótesis dental. Pero no era que quería decir algo y le salía otra cosa bien captada, como la que contamos, sino que poco se le entendía. Es decir, al susodicho se le enredaba la lengua que hacía difícil entender lo que decía. Claro, como dijimos o quisimos decir, para seguir en la nota, la cultura de Barrios estaba un nivel muy alto con respecto a Leoni.

            Cosa curiosa, Barrios solía hacer de intérprete de Leoni. Ante los periodistas, habitualmente aclaraba lo que este quiso decir, porque aquellos, de buena o mala fe interpretaban algo diferente. Claro los periodistas, de tanto trajín, entendían bien lo que Barrios en su media lengua decía.

            El caso que tratamos es pues distinto a estos tres últimos, como también son diferentes todos ellos a lo de ciertos personajes muy cultos y habilidosos en el hablar que hasta hieren a alguien y el aludido sonríe porque o no entiende o fue tan fino el puñal que no puede percibir la herida y si la siente, no encuentra motivos para denunciarla y reclamar por ella, porque no sangre vierte. De estos fueron Andrés Eloy Blanco y Miguel Otero Silva, por sólo nombrar dos. Eran de esos tipos que a cualquiera “mandaban mucho al carajo” y el aludido sonreía y hasta aplaudía por lo dicho. Eran ellos unos hábiles espadachines de la lengua, portentosos buenos hablantes.

             El general Gómez, no era de mucho hablar; era un hombre taimado. Por supuesto, bien se sabe que era un hombre de pocas luces pero muy inteligente. Esto último le tenía al tanto de sus limitaciones y sobre todo verbales; por eso, como dijimos, era taimado, un viejo zorro en acecho. No se excedía al hablar, no era eso su fuerte, pero él bien lo sabía. Por eso no fue frecuente que jodedores arriesgados, irónicos, de buen hablar, decir y sugerir, como Francisco Pimentel (Job Pim) y Leoncio Martínez, encontrasen razones o motivos para ironizar contra el nacido en “La Mulera”, por cosas que hubiese dicho; bastante lo hicieron por otras cosas. Por supuesto, por eso, Gómez nunca tuvo intérpretes, de esos que dicen “no quiso decir eso, ni aquello, sino esto”.

            Hay personajes que dicen cosas, con las que sin querer ni poder evitarlo, sugieren otras. Lo peor es que no se dan por enterados y por eso, nunca corrigen. Esto de “sugerir” no quiere decir que se propusieron hacer eso, sino que no pudieron prever la “gravedad” o la imprudencia de lo dicho.

            El presidente Maduro no se caracteriza por ser muy sutil y menos habilidoso en el manejo del lenguaje, pese haberse pasado años en el campo diplomático a donde entró por la puerta grande, a la “Casa Amarilla” o cancillería de una vez, como cuando Alfonzo Carrasquel, nuestro “Carrasquelito”, el sobrino del “Patón”, de un solo brinco, desde la clase A, del béisbol gringo, aterrizó en las grandes Ligas. Es decir, no pasó por las clases superiores a la donde se hallaba, doble y triple A, asunto no frecuente en aquellos años y menos tratándose de un latino no blanco. Pero el presidente Maduro, con frecuencia, hace alusión a su condición de obrero, conductor del metro, lo que es para él un justificado motivo de orgullo y una manera de confesar lo que es. Eso está bien, pero aun así le falta coherencia, como para corregir.

            Pero pese a lo anterior, el presidente Maduro, quizás por la herencia que recibió de manera inesperada, tiende a hablar y lo hace no solo con largueza sino de todo, lo humano y lo divino. Pudiera ser que entiende que el liderazgo, ese impuesto por un hablador divino, cristalino, encantador de serpientes y coherente, recibido por él, impone hablar, pese la dificultad que eso implica, como lo hacía quien le trasmitió la herencia.

           Por ese empeño, ese proceder un tanto impetuoso, torrencial, el presidente suele usar expresiones, giros y hasta figuras que no parecen apropiadas, hieren la sensibilidad y hasta distorsionan cosas. Por ejemplo, días atrás, hizo uso de una expresión caraqueña, buena para el lenguaje coloquial, muy mala en boca de un presidente y, lo peor, a través de medios masivos de comunicación, como la de “ellos saben, pero saben tanto que saben a casabe”. Ya antes, recién estrenado como presidente, elogió el consumo del mango verde  con sal y le calificó como “sabroso”. Esas cosas las puede decir la gente en la conversación entre amigos, en la informalidad, pero nunca nadie en el rol de presidente y menos si le van a escuchar miles de personas, por decir lo menos, y entre ellas niños. Eso de “sabroso”, es válido y hasta aceptable para mucha gente, sobre todo humilde, no hay duda, pero no es precisamente muy recomendable para la salud.

            Cuando pronunció, lo que creo una muy impropia alusión al casabe, escribí un artículo donde le critique por aquello.  

            http://www.aporrea.org/actualidad/a214928.html

            Haberme atrevido a publicar ese artículo atrajo sobre mí no menos de diez correos insultantes y los cuales todos fueron originales en los insultos, pero coherentes, unidos, en advertirme que no quiso decir eso sino otra cosa. Como que si el escucha debe estar atento para entender lo que se quiso decir habiendo dicho otra cosa. Imaginemos a un maestro con ese proceder. No estaría obligado él a enviar sus mensajes claros, sin ambigüedad alguna, sino los alumnos a interpretar lo que quiso decir ¿Puede pedírsele eso a los niños o adultos de pocas luces, humildes personas que tristemente no tienen la habilidad de leer entre líneas o competentes para entender lo que se quiso decir, sobre todo cuando se dijo otra cosa? ¿Es necesario decir cosas que pueden interpretarse según el interés del oyente en medio de un debate político con los rasgos del venezolano? ¿Por qué incurrir en deslices que ponen armas en manos del enemigo?

          Días atrás, en el programa “Vladimir a la 1”, el entrevistador preguntó a Elías Jaua, el significado de aquella expresión del presidente “ganaremos las elecciones como sea”. Como Villegas acompañó su pregunta con el comentario acerca de cómo la oposición interpretó y estaba usando aquella frase, el entrevistado respondió con mucha convicción:

          “El presidente no quiso decir eso” y comento lo que quiso en verdad decir, según su versión. Versión esta que puede ser la cierta, pero no niega que se le entienda como si estuviese sugiriendo otra cosa, sobre todo tratándose de políticos y en medio de una guerra.

          Un presidente no puede necesitar de intérpretes que le comuniquen con sua gente, expliquen lo que quiso decir, cuando quiso decir algo y se le entendió o pudo entendérsele otra.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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