Socialismo es esperanza y coraje

1.-

Trabajando hace años en el centro de Caracas, en diez años que ahí hice vida vi crecer el negocio de un mendigo echado en la mismísima esquina de San Francisco, a un lado de la Iglesia. Hay que hacerle honor a su constancia. Al comienzo él era un pobre flaco desarrapado con poliomielitis que mendigaba. Como todos los mendigos exageraba su pobreza. Doblaba la pierna flaquita como lo hacen las niñas, hacia atrás. La hacía ver más sucia quizás con un poco de maquillaje natural. Pero pasado los diez años este ser todavía seguía trabajando en el mismo sitio. Después de tantos años ya era un hombre canoso y gordo desvergonzado viviendo de dar lástima. Nadie sabía cuándo “pegaba” en el trabajo, tampoco cuándo “salía”. Yo, inclusive llegué a pensar que allí dormía.

Una vez le conté a un amigo esta historia como si fuera un episodio más de la indiferencia humana y él, después de pensarlo un rato me dijo “¡Qué arrecho! hay que ver que hay maneras y maneras de vivir…. y uno queriendo salvar a la gente de su propia vida”. Calculé un abismo entre el tono realista de su respuesta y el acentico dramático de mi cuento. Eso me descompuso. Me sentí como un tonto. Nunca me había planteado (y menos resuelto) una cosa como esa de ese modo trágico. En el fondo no aceptaba que alguien pudiera vivir en esa condición tan fea y miserable. Pero era lógico pensar como mi amigo, ¡diez años mendigando en el mismo sitio! Toda una vida, sin duda.

Creo que la mayoría de las personas después de un tiempo se adapta a cualquier cosa. Aun siendo un régimen de vida limitado, o en el cual se haya aceptado vivir en las peores condiciones; o sumiso, sometido a la voluntad de otros; o cediendo a los privilegios de unos pocos. Con el tiempo se llega creer que ir en “caída libre” es algo natural, como que “todo  está escrito”, que esa vida que “nos escogió” es un destino fatal.  Después de tanto tiempo de miseria la gente aprende a vivir como hienas, como perros, o como esclavos; “Los Miserables” de Víctor Hugo; “Si naciste para martillo del cielo te caerán los clavos”.

El ideal socialista despierta un sentimiento contario. Hace que uno quiera comprometer su vida para cambiar el “orden natural” de las cosas. El socialismo estimula la militancia política y  la práctica de la solidaridad con los compañeros; la práctica de la justicia en pequeña escala. Nos incita al estudio, para entender mejor el movimiento del mundo capitalista. Este entusiasmo cultivado en muchos de nosotros desde que fuimos adolescentes es el mismo que ahora debería estar reemplazando al escepticismo de nuestros dirigentes en el gobierno. Ese sentimiento joven y revolucionario es el que debería vencer ahora al conformismo instalado desde hace tiempo en el ánimo de la población.

Por creer que en el fondo “nada ha cambiado” la gente se resigna. Pero también  la masa opta por defenderse del  sempiterno aprovechador oportunista y del “vivo” creyendo que es justo codiciar y acumular cosas  de forma egoísta de todo lo que puede y de todo el que pueda. Entonces se desata una guerra loca por conseguir cualquier cosa en los supermercados, en las tiendas, en las farmacias. Como si el mundo se fuera acabar, la gente termina de perder la fe en el cambio, buscando vivir, todas las cosas por vivir, en un instante.

Más importante, que disimular nuestros errores (y digo nuestros por cortesía) como jefes políticos, es ofrecerle a la población la posibilidad de volver a vivir con frenesí el cambio. Que experimente la revolución con la misma naturalidad que se acostumbró a obedecer a la suerte de su destino (a leer el horóscopo, a consultar brujas, etc.) Es muy importante revivir la emoción del 4 de febrero de 1992 para que nuestro pueblo chavista no termine manso y resignado a vivir, como el mendigo de San Francisco, en su miseria.

En vez de llamar a la calma y a la paz mientras nos peleamos por dólares y por  producto P&G, deberíamos actuar con coraje y convocar a estar siempre en revolución, en constante tensión y  lucha, y vencer al fatalismo moderno del capitalismo. Atrevernos al socialismo, a tomar al cielo por asalto. Una acción valiente y decidida de todos puede liberarnos de nuestros males más profundos y sentidos. Vivir sin esperanza es el peor daño que se nos hace en el espíritu, y en el medio de tanta titubeo, de lo único que tenemos certeza de sentir la desesperanza.

2.-

Los capitalistas liberales suelen argumentar en favor de liberar a la actividad económica de regulaciones, como que en estas libertades se encuentra la esencia de la justicia social. Que en el concierto de la sociedad una mano invisible regulará el mercado, y todo de manera natural nivelará las cargas. Eso nunca ha sucedido en ninguna parte y en ningún momento en la historia. Siempre han existidos los desdichados que han llevado en sus espaldas la carga de la prosperidad de pocos.

Por otra parte, los socialdemócratas, los socialistas clásicos, también tienen su “tiempo de espera”. El suyo es que “hay que desarrollar las fuerzas productivas para acelerar las contradicciones propias del capitalismo” y  ¡Zuass!, se cae el capitalismo, él solito. En los dos casos hay que esperar a que un sino, una luz brille al final del túnel y todo será felicidad para todos. Mientras tanto, habría que sacrificarnos “un poco”.

La revolución bolivariana hasta ahora cuanta con 15 años de existencia. En estos años nacieron, crecieron y comenzaron su desarrollo como seres humanos, en condiciones de salud y de bienestar social envidiables. Una niña nacida en revolución hoy cuenta con 15 años de edad, y en general es hoy una joven sana,  eso debería ser una muestra clara, una evidencia de todo lo que significa hacer una revolución. Hemos logrado que en quince años (toda una vida) una población considerable de nuestro país, no haya muerto de hambre, o esté ahora desnutrida, desasistida de vivienda, salud, escuela, identidad.

15 años de espera por la “mano invisible del mercado” hubiera significado que estos jóvenes ahora no hubiesen nacidos o serían cadáveres, o constituyeran una masa de miserables, sumados a los pocos que todavía no hemos podido incorporar como gente a la sociedad.

Pero sería igual de malo que, después de tantos logros ahora estemos reculando en nuestra revolución socialista hacia el capitalismo, argumentando que “para distribuir la riqueza hay que generarla primero” y para generarla hay que desarrollar todas las fuerzas productivas en el capitalismo. Y mientras tanto, un tanto de niños, jóvenes, adultos y ancianos, ¡qué se jodan!!! empobrecidos, abandonados de esperanzas, de ideales, de todo; viendo como los empresarios capitalistas, la burguesía vuelve a tomar el control. Porque ¿quién más sino ella sabe administrar el capitalismo?

Socialismo es inteligencia, además de buenas intenciones. Pero socialismo es creer en el futuro coraje para querer cambiar la sociedad de raíz. Coraje para construir nuestro futuro, forjarlo con nuestras propias manos y no esperar que un albur del destino nos haga la gracia.



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Héctor Baíz

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