A Bárbara Bisiascchi

Es cierto, hay cosas que sólo los poetas saben mostrar. A mí las palabras me esquivan al momento de exigir su presencia para contar la vida de una mujer insólita, que quise, admiré, envidié en secreto, por el ardor, por el tamaño de la pasión que difícil pudo contener su cuerpo frágil en vida. Yo recuerdo a Bárbara Bisiascchi – rubia y ojos verdes, como Atenea, diosa de la sabiduría –como la amante ilimitada de sus hombres y de sus amigos, no hubo convención que contuviera sus afectos y su amor, que, de un abrazo, al momento toda ella se transformaba en vientos borrascosos, baile, alegría, en una angustia de vivir todo lo que había que vivir en un solo instante. Con la naturalidad de un ave poderosa atravesaba el atlántico para visitar Trieste o Venecia, en su memoria igualmente poderosa. O en un avión, no había ninguna diferencia. Culta más acá y más allá de los libros. Científica, lógica. Siempre apuraba sus palabras como quien debe vaciar, al final de del día, la totalidad de su sustancia; no había que malgastar el tiempo en poses y formalidades; ¡el tiempo!…, ¡para el "cordero lechal" o la "vóngole a la veneciana"! Su vida fue como el deslave de una gran montaña (¡Cómo envidio vivir así!), Una gran mujer alimentada de amor como el de Ana Karenina o la calumniada Enma Bovary que buscó en vano un hombre verdadero y se tropezó con puros mamarrachos. Así quiero recordar siempre a mi querida amiga, como ilustrando la primera página de su propio y único episodio donde se cuenta el ímpetu su belleza. Descansa.



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Héctor Baiz

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