La revolución socialista y el modelo de la estatización

Estatizar en el DRAE es estatalizar: “convertir una empresa privada en empresa del Estado”. Resulta que uno de los argumentos más tontos y reaccionarios en contra del sistema socialista, por parte de los reformistas socialdemócratas, es que éste está resuelto a estatizar los medios de producción y redes de comercialización capitalistas privados, (hoy disimuladas de sistemas de distribución privadas).

Dicen los intelectuales socialdemócratas que “ni tan calvo o con dos pelucas”, que no hay que negar la necesidad de un gobierno que atienda las demandas sociales, de los programas sociales pero que “demasiado control del Estado es malo”, ellos lo califican de exagerada estatización.

Hablar de estatización como desviación es manipular el sentido histórico del Estado socialista. Estatizar para cualquier revolución socialista es una necesidad, es decir: “convertir una empresa privada en empresa del Estado”.

Y más aún si este privado acumula capital y explota a otros individuos. Es una tontería hablar de socialismo y al tiempo andar en esos galimatías, en esas discusiones inútiles. Estatizar es una estrategia socialista y ya. Es un objetivo de primer orden del socialismo. Está en la naturaleza de la planificación socialista.

En Rusia no se pudo estatizar toda la economía. Lenin tuvo que crear un sistema intermedio de producción para defender la revolución de los pequeños propietarios campesinos, de naturaleza reaccionaria, para impulsar la producción en una nación desbastada por la guerra civil. Más adelante aquellos decretos o leyes de Lenin conspirarían contra la dinámica revolucionaria, contra el devenir revolucionario e instaurarían un sistema capitalista engendrado desde el mismísimo Estado.

Pero Cuba sí lo hizo. Y, a pesar de la historia gloriosa de la Unión Soviética, Cuba, Ernesto Guevara y Fidel Castro, no renunciaron al sentido marxista-leninista de la revolución. El Che hizo una minuciosa crítica al manual de economía política de la URSS. Deben leerlas los críticos más apasionados del socialismo cubano. De esa crítica nació el sistema presupuestario de planificación pensado, ideado, racionalizado por el Che y aplicado… En su corazón filosófico yace una ética revolucionaria, una teoría moral revolucionaria. Solo léanlo, no es este el momento para explicar un texto tan claro y tan breve como ese; cualidades excepcionales en un revolucionario tan destacado.

Es por eso que hablar en televisión de demasiada estatización en una revolución socialista es casi una confesión de ignorancia o un mensaje mal intencionado.

Claro que un Leopoldo Puchi no es un socialista verdadero y menos revolucionario, pero paga la de crítico, e inclusive de socialista “suave”, es eso que ha vendido haciendo toda la vida Martha Harnercker y todos los intelectuales reformistas que en el fondo reivindican la verdadera “social democracia” para ellos (como si eso fuera posible frente a Rómulo Betancourt)

Es eso: ser socialista y no serlo. Pero la perplejidad no existe cuando hablamos de revolución socialista. O cambiamos todo, o nada. “Socialismo o nada” decía Chávez. “Socialismo o barbarie”, dijo Mariátegui. Esa lógica de la revolución hizo de Marx el primer marxista, un militante comunista y por ella y por él fue posible la revolución bolchevique y derrotar a los reformistas, al reformista Kerensky y a todos sus aliados. No hay de otra. Lo otro es reformismo, es entrega, fatalismo y cansancio de espíritu, falta de fe en el socialismo, en la revolución, en la humanidad; en medio de una tormenta es caer suavemente en el abismo sin fondo del conformismo.

Sin embargo, en el campo del reformismo hay matices. Hay los críticos políticos reformistas y hay los gobiernos reformistas. Por lo visto, la diferencia radica en que el discurso de los primeros siempre es mucho más coherente que el discursos de los últimos. Me explico; los gobiernos reformistas en principio se venden en sus discursos como revolucionarios y socialistas pero toman decisiones reformistas; son condescendientes con el capitalismo, hasta el grado de llegar a la restauración total del sistema, que en la palabra prometían destruir.

Cuando Leopoldo Puchi dice en televisión que éste gobierno peca de demasiados controles estatales, lo hace con la certeza de estar coadyuvando a las expectativas capitalistas y de los capitalistas. Pero cuando lo voceros del gobierno nos dicen que las Zonas Económicas Especiales (Zonas Francas) forman parte de el “socialismo productivo” están actuando de manera deshonesta, o están haciéndoles concesiones al capitalismo y a la burguesía nacional estregándoles espacios para sopesar los costos políticos gobierneros y electorales. Eso no es socialismo, ni productivo ni nada. Eso es reformismo, falta de fe en el socialismo y en la revolución socialista.


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Héctor Baíz

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