Alquimia política

Solidaridades automáticas

Si hay alguien que actúa como piensa, ese soy yo; por mucho que aún queden vestigios de gentes que piensen que uno no está en concordancia con lo que ha producido intelectualmente, son puntos de vista que respeto y no comparto. Yo no nací chavista, lo he confesado en más de una ocasión; no milité desde un principio por razones de diferencias claras ideológicas: sostenía una postura anarquista y no socialista. Luego de varias escaramuzas y confrontaciones de orden político, asumí la posición de arco-socialista, y a partir del 2003, me identifiqué de plano con el pensamiento de Hugo Chávez y del Proyecto Bolivariano. Y me he mantenido ecuánime, constante, visceralmente identificado con los valores de un proceso que va más allá de un cambio de sistema, es una transformación integral de los hombres, hilvanada con el deseo de salvar a la humanidad del cataclismo del neoliberalismo salvaje.

A todas estas, desde finales del 2013, se venía escuchando en los distintos escenarios académicos en donde hago vida profesional, que venía un movimiento civil con mucha fuerza que buscaba la “Salida” del orden constitucional legítimo; en aquellos días, expresé lo cercano a un “Golpe de Estado” que se encontraban esas situaciones. La respuesta que obtuve por algunos voceros, militantes del proceso revolucionario en el estado Portuguesa, era que mi postura sonaba sospechosa, que nada pasaría y que la situación política del país estaba totalmente consolidada. Expresé, ante tanta confianza, que los revolucionarios no podíamos “confiar en todo ni solidarizarnos automáticamente con las causas”. No todo está hecho, contamos con un amplio respaldo del pueblo pero no así con todo el pueblo. No entender esta postura nos haría caer en esos laberintos que siempre cuidó el Presidente Chávez que no cayera la dirección política de la revolución. Se han tomado acciones, legales y totalmente justificables, contra abanderados de la oposición, pero se ha caído en el error de victimizarlos, de presentarlos como producto de “caprichos” del actual Presidente constitucional Nicolás Maduro, para privar de libertad a quienes solamente han manifestado oposición a las políticas gubernamentales. Es decir, a personas que no han reconocido la autoridad del Gobierno y de sus Instituciones. Pregunto: ¿si usted no se adhiere a la misión y visión de la organización donde usted trabaja, no lo despedirán en algún momento? Bueno, lo mismo ocurre con las relaciones de Poder. Si una parte del colectivo no se deja gobernar y agrede a la institucionalidad legítima, su lugar no es en la sociedad, sino en los espacios donde se encuentra la gente que se deslinda de los valores de esa sociedad, es decir, la cárcel o prisión. Es un asunto de lógica. Ahora bien, se cercena el derecho a la protesta, claro que no; se ha respetado, con los errores humanos que suelen presentarse en la dinámica social, pero esa protesta, la que se ha visto en Venezuela desde el 12 de febrero, es una protesta violenta, sanguinaria, ha atentado contra los valores universales del hombre, y han creado incertidumbre y un inmenso costo económico que aún no se termina de cuantificar.

La violencia desatada por los grupos de choque de la oposición, han privado a los ciudadanos de sus derechos civiles: no se puede circular, la vida está en un hilo, la propiedad privada es vulnerada y destruida, el acceso al trabajo es limitado, entre otros; hay una exigencia de la sociedad civil democrática, porque el Estado asuma su papel protagónico y rector de la seguridad ciudadana. En sendero violento de la oposición ha debilitado su causa, pero no se debe bajar la guardia, que haya debilidad no quiere decir que esté sofocada la insurrección, el peligro está latente, aún hay “mucho loco por ahí”.

Basta recordar la postura de Karl Marx, acerca de la violencia en el proceso revolucionario; la violencia se presenta, en Marx, desde varios criterios básicos: cuando es creada por un poder revolucionario basado en el pueblo en armas y en la democracia socialista que garantice, dirija y vigile el proceso de autodisolución del Estado obrero; cuando se asume una concepción mundial e internacionalista del proceso revolucionario y del comunismo; y cuando se avanza simultáneamente en la expropiación de los expropiadores, es decir, acabar con la propiedad privada capitalista mientras se avanza en las condiciones objetivas y subjetivas que permitan hacer realidad el principio: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”. Naturalmente, estos puntos esenciales deben ser aplicados concretamente en cada país, huyendo de los esquemas prefijados e impuestos dogmáticamente en todas partes; esta es la violencia que se justifica, la que va en búsqueda de la liberación del pueblo, pero esa otra violencia, la de la oposición, para beneficiar a sectores o grupos, no es la misma a la que se refiere y justifica Marx, esa es una violencia contaminada, que perjudica y segrega los valores elementales de una sociedad.

El socialismo, esgrimía Marx, es la fase en la cual se potencia el papel del Estado como instrumento para racionalizar la producción, la distribución a toda la población de la riqueza generada (sanidad pública, educación pública, obras públicas, subsidios) y el control social (represión de los grupos que quieran volver a instaurar la propiedad privada y el sistema de clases sociales). En esta fase el Estado consigue un intenso desarrollo de los medios de producción y de la riqueza social y va eliminando las diferencias económicas y sociales de los distintos grupos o clases sociales que pudieran aparecer. Marx no fue totalmente explícito en la valoración de la violencia como instrumento para la toma del poder por parte del proletariado, ni de la legitimidad de la violencia del Estado (dictadura del proletariado) sobre grupos sociales distintos a la clase obrera, aunque los textos parecen avalar una interpretación autoritaria del poder político (legitimación de la violencia y de la dictadura del proletariado). Aunque no hay una violencia buena y otra mala, lo que debe quedar claro es que la que ha proliferado en Venezuela es la más “mala de todas”, porque surge sin ni siquiera tener una idea clara del para qué se ha presentado. La única frase es “¡Maduro vete ya!”; totalmente desdibujada de un proyecto de país o de cambio. Así, es imposible crear condiciones adecuadas para el diálogo, sin embargo el Presidente Maduro insiste e insiste en el diálogo, y como demócratas es nuestro deber apoyarlo.


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Ramón Eduardo Azocar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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