A las Ingrids a la vista del mundo, sus madres entre éstas.

La Paz huele a mujer

 

En el camino extenuado que camina al hombre desde su inocencia hasta su acción incomprensible mira al humano en el arma suicida, mientras corretea en los oídos para distraerlo. Lo disuade en la preocupación y en la atención forzosa, una cámara vertiginosa que vuela en las patas de una paloma blanca, en el gesto filmado a Picasso que bien conoce lo que cuesta Guernica.

Te acercas hija mía cuando anuncias tu preñez de Zuhé

La apuestas al génesis antes que al fin de los tiempos, "condenado estás papá a la esperanza" como en esa reunión de Río ayer en Dominicana, al costo de otro Río de una metralleta sin gatillo despidiéndose de halcones y colibríes.

La paz de los hijos de Luz Caraballo transformados en deditos de cruz para verlos crecer más allá de Chachopo  y Apartaderos. Los otos hijos de María, virgen o no, que deambulan en sacristías de cartón las noches sin velas. Los hijos de Marilyn, Ernesto entre estos, aquella de labios cardenal a punto de encuentro en la boca del teléfono.

La paz que no conociste camino del Titicaca arando la coca del Tiahuanaco, creces inocente más fuerte que la leche y el trigo, endureces los huesos solo alientas los sueños del relevo de estos muertos en los confines salvajes de Las Vegas regadas por el mundo, asesinan cetáceos para los retretes de sus verdes que deshonran  a diario a Washington, la pirámide y el ojo de Yahvé.

Bendito ese día hembra que hueles a paz bendita, por fin te encuentro en el tugurio de tus ojos gitanos, tierna hendija de siglos andados, tu bello rostro curtido de lágrimas que no regresan,

Solo brotan para despedirse así son las lágrimas, camino de mujer cobijo escalofrío de sal y vidrio acero de acertijos.

Vedette del hambre de las guerras, los héroes son otros, tu mujer sólo quieres lo que tienes, la paz de tus hijos, ni siguiera la propia, el anhelo te reanima si un bocado le llegó al retoño de tu vientre sea Jesús, David o Mahoma ya estás agradecida.

Y como si nada comienzas otro día, jugando a las muñecas, amando al abuelo, comiendo un helado tejiendo el desvelo anidas la sonrisa de pájaros cantores, paloma delgada desde que te fuiste a buscar flores a la selva. Brotas de la otra cara de la luna, acechas en las alcantarillas de la Casa Blanca. Símbolo o no, de no haber podido

Ni siquiera importarías para París si fueras otra. Cuántas Ingrids deambulan a la vista en Gaza o Bagdad.

Hecha  para la resistencia mujer, hueles a paz laboriosa cocinada a leña eterna de tus quince primaveras, cuando robas los panes a los abejorros que mascan chiclets por puro verte a su lado.

Un día te multiplicarás para que todos sean uno. Y lo más heroico, siempre perfumada como si nada ha pasado.  

 


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Arnulfo Poyer Márquez


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