Vargas Llosa, llamando a morrocoy conchúo

            Como tengo la manía de confiar demasiado en mi memoria, sobre todo cuando sé no trascendente lo que voy afirmar, comenzaré por decir que lo primero que leí de Vargas Llosa fue su segunda novela, La Casa Verde, porque con ella ganó el premio Rómulo Gallegos. Uno, como casi todo el mundo, siempre anda detrás del movimiento y yo no sabía para aquel momento de su existencia y menos leído, porque lo desconocía, que había escrito otra buena novela que se llama La ciudad y los Perros.

          Luego llegaron a nuestras manos, la segunda nombrada, que fue la primera por él escrita, La Tía Tula y el Escribidor, que nos pareció excelente desde el punto de vista narrativo. Y nos volvimos viciosos de la narrativa de Marito que corría paralela y no enemistada con la del Gabo, y así se mezclaron obras de los dos en nuestro gusto como Los Cachorros, Pantaleón y las Visitadoras, La Increíble y Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada y Amores en el Tiempo del Cólera, con la Fiesta del Chivo y Conversación en la Catedral, hasta que el nacido en Arequipa, Perú, después de haber dado muestras de su rencor contra el de Aracataca, como aquel ensayo Historia de un Deicidio, haber perdido las elecciones a la presidencia del Perú con aquel todavía desconocido Fujimori, quien habiendo sido antes presidente, todavía era menos conocido en su país que Vargas Llosa, volvió a poner en evidencia su conducta rencorosa y por aquella humillante derrota adoptó, sin justificación alguna, que no sea eso, el rencor, la ciudadanía española, que nos prendió las alarmas y nos hizo que prestásemos más atención a sus gestos que tenían que ver con la política. Ya no era Marito, el de la Tía Julia, ni siquiera Mario Vargas Llosa, sino Don Mario.

          Eso hicimos con él, como fijarnos que, pese a lo que ahora escucho, desde que García Márquez, por razones desconocidas para nosotros se aisló en México, optó por mantener una demasiada, digo yo, discreción ante lo que acontecía en América Latina que chocó con aquella incesante presencia en el combate de Mario Benedetti, Pablo Neruda, en América del Sur y la del incansable Jean Paul Sartre en Europa. Alguien dirá aquel lugar común que todos no somos iguales y que algunas razones habría para que el hijo del telegrafista de Aracataca,  no se mostrase tan locuaz como lo fue siempre, por no decir solidario.

        Pero Vargas Llosa no se cayó y menos se enconchó. España le sirvió para vincularse a la gente de El País y las importantes editoriales que allá existen, no sólo como escritor valioso que es, sino también como gestor de la política de la derecha. Va y viene, como Tamakum, donde el peligro amenace, según ellos a la gran prensa y capital. Claro, como se trata de capital y capitalismo, donde nada se hace por alcanzar glorias y honores sin billetes, toda esa actividad incesante le produce enormes ganancias adicionales. Es su manera de cobrarle a la derecha no sólo sus servicios de agitador y ahora promotor de guarimbas, sino por no comprar sus libros porque allí la gente lee poco. Es la lógica del capital, ¿cómo perder el tiempo leyendo novelas, aunque sean de Vargas Llosa si eso no produce dividendos constantes y sonantes? Esa gente suele decir no pierdo tiempo en pendejadas, menos si no hay billetes de por medio.

         Eso sí, ellos compran bibliotecas de utilería, por metros, pintadas o fotografiadas, para adornar sus mansiones o aún casas modestas, pero eso no le produce ingresos a Don Mario.

        En estos días, después que se fue de Caracas, donde cree puso su huevito que generará un nuevo amanecer o la salida, arribó a otra capital suramericana que mi memoria no precisa, pero creo que a Bogotá. Allá se largó su discurso contra el castro-chavismo-comunismo, con su olor herbolario que emana de Uribe Vélez, que engarzó, sólo por su viejo rencor, con el fujimorismo y llamó a cerrar filas en favor de la prosperidad que nos depararán los TLC, los planes del FMI, las políticas neoliberales y la seguridad de las bases militares del general Jhon Kelly, que según él, forman el acompañante o guarnición apropiada a lo que llama democracia.

        De repente, alguien del público, un señor mayor, se dice, quizás uno de aquellos que lo leyó de joven, se levantó de su asiento, se le acercó, le dijo unas palabras que la prensa no recogió lo que no es nada extraño- y en sus narices rompió una de sus obras.

       Vargas Llosa, sabiéndose protegido, pasada la sorpresa, le dijo a quien de aquella manera le increpó:

       Así se empieza.

       La prensa no recogió, por lo menos no tuve acceso a eso o no le convino precisar, qué quiso decir el español navegao, como le llamaría un margariteño, pero por los antecedentes de lo que la derecha y el fascismo han hecho y siguen haciendo, como quemar libros, escuelas, universidades y romper pupitres, posiblemente pretendió augurarle un futuro de fascista; lo que quizás motivo su sonrisa y trato como cordial a quien le agredió. Aunque tampoco es descartable se haya tratado de un montaje para levantar a una figura que en el campo de la política anda arrastrando la cobija.

       Pero llegado aquí, uno recuerda aquel viejo refrán venezolano, cachicamo llamando a morrocoy conchúo, pues Vargas Llosa se ha convertido en mentor intelectual de quienes en Venezuela quién sabe si en otros sitios también se dedican, no a romper libros, sino a quemarlos, como los nazis en Europa y los pinochetistas en Chile. Sólo que ahora no son milicos, como dicen los sureños, sino estudiantes. Estos, animados por Vargas Llosa, capitalistas modernos al fin, trabajan en grandes volúmenes para mayor ganancia, por eso, no queman un o unos pocos libros sino bibliotecas enteras, como los gringos en Irak.

 



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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