Medicina e Historia

El informe final sobre la muerte del Libertador Simón Bolívar de la Comisión Investigadora (VIII)

“No está enfermo del cuerpo solamente.

 Está enfermo del alma,  y de los males de

 sus pulmones doloridos y los de su honra

 maltratada, lo afiebran como al Caballero

 de la Triste Figura”.

 Alberto Baeza Flores

VIII

 Este bello pensamiento del chileno Baeza Flores, en su obra Vida de Don Quijote de la Libertad, nos hace meditar ¿Será que existen venenos que también lesionan el alma i maltratan la honra? ¿Producen dolores pulmonares i afiebran el cuerpo que se siente desfallecer? Posiblemente, este milagroso i singular veneno, lo no conocen los bioquímicos ni los farmacólogos o los brujos; pero este señor que fue capaz de descubrir el sitio donde fue enterrado el cadáver de Bolívar después de fusilado en la selva, unos 180 años después de su asesinato, sea quien conoce el tóxico misterioso que posiblemente le dieron al clon o al sacrificado doble que murió bien pagado, en San Pedro Alejandrino, con la complicidad de todos, incluyendo principalmente la de Don Joaquín de Mier, su posible pariente.  Aunque no debería ocupar espacio entre estas líneas, semejantes disparates comerciales, me lo ha impuesto, la “HISTORIA OFICIAL” de un correo que entró en mi particular “Hotmail” (Sin haberse publicado en Aporrea) enviado por el autor de LA CARTA, casi gritando ¡A Bolívar lo mataron! i que no solamente falsifica la historia, sino que al mismo tiempo irrespeta a los que no piensan como él. I soi de los que no se dejan irrespetar. Además, presidente Chávez, creo que tomar la muerte del Libertador para comerciar con falsas alarmas (Bolívar no está en el Panteón Nacional porque su tumba o sus restos fueron violados 19 veces ¡tremendo escándalo!)  escribiendo libros lujosos i falsos (¿con patrocinio de PDVSA?) es un delito de Lesa Humanidad, porque ofender la memoria de Bolívar, de quien dijo Neruda, “Padre, todo lleva tu nombre”, es algo que se debería sancionar.

 Quienes hayan  leído a Rainer María Rilke, quien pensaba que se lleva la muerte como la fruta lleva el hueso, porque ella es parte de la vida, especialmente en hombres geniales como nuestro Padre Simón Bolívar, en palabras o versos de Rilke dicho así:

 

Señor da a cada uno su muerte propia,

el morir de aquella vida brota

es donde él tuvo amor, sentido y pena.

Pues somos tan sólo corteza y hoja.

La gran muerte que cada uno en sí lleva,

es fruto en torno a la que todo gira.

 

 Creo como Baeza Flores quien me ha recordado estos versos, que Simón Bolívar, el hoi reconocido como el hombre más grande de todo el siglo XIX en América, i seguirá siéndolo para siempre, la muerte que tal vez tenía destinada en el hueso, en la semilla del fruto maravilloso de su existencia, no era para que la acabara en poco tiempo una mano criminal, planificando su deceso gota a gota, o por lo menos en la imaginación de mentes obtusas.  Por esto es que Bolívar, piensa muchas veces en cuál clima su enfermedad puede mejorar, pero encuentra como dice Baeza, “que la tierra caliente le hace daño y la tierra fría también. Tiene esa espina clavada en el corazón, de aquel caballero del que habla en su poema Rubén Darío: si se la deja, muere; si se la saca, también. ¿Qué hacer entonces?”

 La muerte del Libertador debe ser para los venezolanos, o para todos los americanos i hombres del mundo que aspiren siempre a la libertad, algo venerable o sagrado en sentido moral i literario, lejos de lo religioso. Una muerte que debemos aprender a respetar i amar con sentido ético. Por eso, desde  siempre los que conocemos la historia i admiramos su vida, estábamos seguro de que los restos del Panteón Nacional eran los del Padre de la Patria, porque quien los recibió en Santa Marta i preparó científicamente para traerlos a la Caracas de los techos rojos, fue nada menos que José María Vargas, el Albacea de la Angustia como lo connotara nuestro inmenso poeta Andrés Eloy Blanco. De modo que cuando se sembraban dudas, me sentía como millones de compatriotas, adolorido i ofendido. I es precisamente nuestro Presidente Hugo Rafael Chávez Frías, el que empeñado en completar lo que Bolívar dejó de hacer en América como pregonaba otro grande, José Martí, quien nos ha proporcionado la inmensa dicha de saber que  afectivamente guardamos i amamos los restos del más grande de los Libertadores en el mundo. Por eso nos entusiasma más todavía el hacerle un nuevo Panteón que pronto será realidad.

 Así, de que tenía el alma enferma i la honra mancillada por sus conciudadanos que le adversaban, es el caso que mencioné usando un nombre confundido por confiar en mi memoria, citando el apellido Alberloa por Arboleda. Se trata de que, en el Valle del Cauca, en Cali, con su clima agradable i sus feraces tierras, llega a la Hacienda de Japío, propiedad de su amigo José Rafael Arboleda Arroyo, quien le había invitado i recibe con júbilo. Esto lo tomo de mi pequeño libro La última Navidad del  Libertador. Allí estaba también la esposa Doña Matilde, oriunda de Cartagena. En este valle se encuentran las más hermosas haciendas de Colombia, al estilo de la Hacienda Paraíso, que años después es sitio de inspiración para el novelista Jorge Isaac para escribir su obra María. En aquel bello paraje, el Libertador debe sentir una gran paz interior, que tal vez disfruta descansando en su inseparable hamaca, que al decir de Uslar Pietri, “durante los tiempos difíciles y agitados de su lucha, Bolívar no tuvo otro lecho”. Allí voi narrando con profunda nostalgia, lo que debía suceder en aquellos días, tratando de aliviar sus males, por lo que quiero referirme solamente a dos puntos. Primero, que el 20 de diciembre entrega al Sr. Arboleda una carta-constancia de que la espada que posee el amigo, es la que le regaló después de la campaña del Sur en 1822. Segundo, un gesto aún mayor i quizá para Doña Matilde, fue el mejor presente de todas su Navidades. Bolívar ha debido sacarlo de sus baúles, pues no debía usarlo, i colocarlo en el dedo anular de una de sus manos, para luego, en conmovedora escena sacárselo para entregarlo a la distinguida señora, nada menos que el anillo de compromiso regalado antaño por él a su novia María Teresa antes del matrimonio i que, había conservado quizá como su más grande tesoro espiritual, con la promesa cumplida de no casarse nunca más. Era un anillo con dos diamantes en forma de corazón, con otros 23 brillantes más i unas chispitas. Una verdadera joya. Era como desprenderse de un pasado que amó i veneró i que, pese a todo, era sólo…unas piedras de la vanidad humana. Quería dejar esas cosas en manos amigas i no abandonarlas al morir. ¿No es esto una prueba de que iba soltando amarras en la vida?

 Empero, volvamos a su enfermedad crónica que empieza a dar relámpagos agudos ocasionales, obligándolo a reposar i hacer inventario de vida.Resumamos noticias de sus cartas: a Sucre le escribe el 16 de enero: “yo llegué aquí malo, pero ya estoy mejor aunque débil; estaré aquí quince días para convalecer, Me hallo cansado, estoy viejo y ya no tengo que esperar nada de mi suerte”. El 23 de enero, desde Pativilca, ya le había dicho  a Santander: “Mis años, mis males y el desengaño de todas mis ilusiones juveniles no permiten concebir ni ejecutar otras resoluciones” i en 1824 también, en el campamento de Huaraz, cuando le visita Hiram Paulding, observó –lo escribe Bolívar− “que mis ojos tenían una expresión que creo no puede pintarse ni con el pincel ni con la pluma”. Quizá era algo así como me dijo en una ocasión mi padre, cuando le encontré pensativo con la mirada en un horizonte lejano e infinito: “Es que estoi mirando hacia adentro”. A pesar de todo Paulding también observa que el Libertador come bien i con apetito. I más antes, desde el Potosí había escrito a su hermana María Antonia, aconsejándola sobre cómo conservar la fortuna “porque les puede faltar de todo, cuando menos lo piensen, pues de un momento a otro, pudo morir”. I aunque en contadas ocasiones manifiesta estar bien de salud, recuerda amores i hasta personas amadas desde la infancia como la negra Hipólita i Doña Inés de Miyares, vinculadas a su corazón desde que lo amamantaron, sigue pensando acosado por la enfermedad, cuando escribe al Presidente de la Cámara del Senado, expresa: “Pocos días me restan ya, más de dos tercios de mi  vida han pasado; que se me permita pues esperar una muerte oscura, en el silencio del hogar paterno”.(Carta al Presidente del Senado 1827).

robertojjm@hotmail.com

(CONTINUARÁ)


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Roberto Jiménez Maggiolo


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