Nuevamente sufre la clase trabajadora los embates de la crisis

La industria automotriz venezolana: reafirmando la realidad caótica que vive un país

La historia de la industria automotriz venezolana comienza en la década de los años 50, es a partir de este momento que nace ese largo transitar en la vida económica y cotidiana del pueblo venezolano, no hay una industria, después de la petrolera, que haya modelado más la vida de esta nación suramericana. Y llegaron las transnacionales del motor (GM, FORD y CHRYSLER), primero en Caracas y posteriormente instalándose de forma definitiva en la ciudad industrial por excelencia de Venezuela, Valencia, ubicada en el Estado Carabobo, y esta a su vez acompañada de Puerto Cabello, el puerto más importante del país, todo un oasis para cualquier industrial. Más tarde incursionaron las automotrices europeas y asiáticas, diseminándose por el centro y oriente del país.

Las condiciones de comercializarse en Venezuela la gasolina más barata del mundo; poseer un sistema de transporte de personas y mercadería a través de carreteras y autopistas (de las mejores del mundo para esa época) y la concesión de políticas gubernamentales favorables para la industria automotriz, permitieron que esta lograra un florecimiento acelerado en unas cuantas décadas, pero no es menos cierto, que en muchas ocasiones esta industria fue afectada por periodos de recesión y crisis, y que por momentos produjo retrocesos sustanciales desde lo productivo y laboral.

El primer momento estelar de la industria automotriz venezolana, ocurrió en el año de 1978, justamente cuando poseíamos la renta per cápita más alta de Latinoamérica, es en este año cuando se alcanza el ensamblaje total de 182.678 unidades, todo un record para aquel entonces, teniendo en consideración que la capacidad máxima de la industria era de 200.000 unidades anuales. Posterior a esta época empezó a descender la producción, hasta que en la década de los 80 alcanzo el nivel más bajo de unidades ensambladas de 27.000, recuperándose lentamente en los años sucesivos, hasta alcanzar las 100.000 unidades en el año de 1995, luego de que el país atravesara por periodos de crisis económicas y políticas, y la aplicación aperturas y recetas económicas variadas.

En el periodo comprendido entre los años 2000 y 2012, nuevamente la industria automotriz sufre un repunte en su capacidad productiva, específicamente en el año 2007 cuando se alcanza la venta en el mercado nacional la cantidad de 400.000 unidades de la cuales 172.000 fueron ensambladas en el país, es decir, se alcanzaron números históricos, posicionando a esta industria entre las primeras de Latinoamérica, ubicándola justamente en el cuarto lugar detrás de monstruos como México, Brasil y Argentina.

La industria automotriz venezolana junto a sus trabajadores, añora el regreso de esos años que la elevaron al reconocimiento regional y continental, de ser una industria de calidad y porvenir. Es a partir del año 2013 que empieza un nuevo ciclo en la caída del ensamblaje de unidades que hasta la fecha de hoy no se ha detenido y ha desencadenado la paralización total de la industria, es así como, en el año 2017 se ensamblaron 1.774 y en el año 2018 solo 1.115 unidades entre todas las empresas del sector privado. Para el año en curso no se registran indicadores de ninguna índole, en otras palabras, cero ensamblaje. Por otra parte las empresas mixtas del sector automotriz (CHERY y CIVETCHI), el año pasado solo ensamblaron 1.106 y en el primer trimestre de este año 1.200 unidades. Estos resultados demuestran que actualmente en Venezuela, solo se ensambla el 2% de la capacidad instalada de toda la industria, reafirmando la realidad caótica que sufre un país.

Es importante explicar el término ensamblaje dadas las características de la industria. En Venezuela, la industria automotriz posee tres ramas; el ensamblaje de unidades; la fabricación de carrocerías y la fabricación de autopartes. Es en el ensamblaje de unidades que se ha caracterizado la industria automotriz venezolana, y es desde sus orígenes, que siempre los gobiernos han otorgado a las ensambladoras licencia para importar los vehículos completamente desarmados (CKD), política errada, que no permitió mayor desarrollo a esta industria, porque no incentivaba a estas grandes transnacionales a invertir en la fabricación de autopartes nacionales ni de carrocerías y por ende nunca ocurrió una transferencia de tecnología de avanzada.

Luego de más de 60 años de instalación de este modelo de negocio y producción, es necesario recalcar que detrás del mismo, han pasado varias generaciones de trabajadores que han aceptado convertirse en la fuerza de trabajo de esta industria, y que sus vidas dependen paradójicamente, de estas empresas. En la Venezuela de hoy, se seguirá importando el vehículo desde otras latitudes, pero esta vez, estas grandes empresas tienen licencia gubernamental para importarlo completamente armado. Esta vía es una manera muy fácil de resolverle el problema a las transnacionales, en medio de la peor crisis económica que haya vivido esta nación suramericana, pero surge también la interrogante, de cuál será la suerte de los trabajadores de este sector. Las multinacionales que aún se encuentran en el país (General Motors se retiró) ya tomaron la determinación de no volver a ensamblar unidades, de manera indefinida (FORD, TOYOTA, FIAT-CHRYSLER, etc.).

El tipo de importación de vehículos completamente desarmados, permitía en estas grandes ensambladoras, la generación de muchos puestos de trabajo, debido a que se requería de mucha mano de obra para en ensamblaje de cada parte del vehículo. La nueva política de importación permite resolver el problema a las transnacionales, dejando sin empleo a miles de trabajadores, porque obviamente, importar vehículos completamente ensamblados, convertirá a estas empresas en meras comercializadoras de vehículos, prescindiendo de un personal que para su criterio no será necesario. Nuevamente sufre la clase trabajadora los embates de las crisis.

La industria automotriz es de gran significación para la economía venezolana, solamente en el Estado Carabobo, las tres principales plantas automotrices albergaban más de 9.000 trabajadores en sus nóminas y las autopartistas superaban los 20.000, ahora bien, cabe resaltar que los puestos de trabajos indirectos eran mayores a estas cifras, llegando a rozar los 30.000 (aseguradoras, concesionarios, talleres de servicio, venta de repuestos, caucheras, etc.), es decir, aproximadamente 60.000 puestos de trabajo generaba esta industria en Venezuela. Hoy en día esta cifra ha mermado en un 70%, y los pocos trabajadores que existen son presas de la desesperación, por la fuerte pérdida del poder adquisitivo y la hiperinflación que todos los días ataca la vida del trabajador venezolano.

Los trabajadores de este sector al igual que otros del país, ante la desesperanza de que sus sindicatos y el gobierno puedan dar respuestas a su grave situación, en ocasiones sugieren a los representantes de estas transnacionales, acuerdos bilaterales de renuncia voluntaria a cambio de bonificaciones especiales, llamados por los trabajadores "cajita feliz", son iniciativas desesperadas promovidas por las pérdidas de los beneficios contractuales y legales de los cuales gozaron en un pasado no muy lejano, y ya es suficiente con percibir un salario mensual de 3.15 dólares, cantidad que aduras penas alcanzaría para adquirir un solo producto de la cesta alimentaria. Es así, como se describe la realidad de una clase trabajadora que en épocas pasadas percibía salarios comparados con los de las empresas petroleras extranjeras, y hoy en día cumple una jornada de trabajo por el beneficio del almuerzo otorgado en los comedores de las ensambladoras, porque no hay más beneficios que incentiven a los trabajadores a permanecer en su puesto de trabajo.

La diáspora de trabajadores no se detendrá, de continuar esta grave situación económica, salarios de miseria, convenciones colectivas vulneradas y depauperamiento de la calidad de vida, igualmente, empresas con caídas de mercado, dificultad para obtener materia prima y la falta de otorgamiento de crédito de la banca pública y privada, y se empeora más la situación, mientras se apliquen soluciones que tiendan al debilitamiento y desaparición de los pocos puestos de trabajos existentes en la industria.

Los trabajadores del sector automotriz ante lo que consideramos nuestros último acto de esperanza ante los sindicatos, empresarios y gobierno nacional, proponemos otras soluciones que no conlleve a mas pérdidas de empleo en el país, que salven de la diáspora a miles de padres de familia o del empleo informal. Nuestra propuesta nace desde la idea de elevar la producción enfrentado los grandes desafíos que tiene la industria, para luego traducirlos en bienestar para la clase trabajadora y el consumidor venezolano.

Ya es sabido por todos, que en Venezuela el modelo de negocio de la industria automotriz es la importación de vehículos completamente desarmados, lo que permite la demanda de mano de obra venezolana para armarlos. El planteamiento es aplicar el ensamblaje de un vehículo parcialmente desarmado, en otros términos, las ensambladoras solo importen la estructura principal del vehículo ya armada y en estas plantas se culmina el ensamblaje del resto de la unidad, de este modo se garantizan la mayoría de los puestos de trabajo, y a su vez esta medida debe ser complementada con una política de exportación para asegurar un mercado a esta unidades ensambladas en el país. No hay capacidad de compra en el mercado venezolano, la hiperinflación es el mayor obstáculo, por tal razón la vía de la exportación sería la más factible para resolver la problemática de trabajadores y empresarios, en un país que es duramente golpeado por una crisis política, económica y social.

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Henry Ospina Castro

Secretario de Reclamos del Sindicato de la Fiat-Chrysler Automóvil. Abogado laboralista.

 @ospinahen

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