Entre casinos y bolsas

M i mamá, a quien Dios tenga en la gloria, intentó (inútilmente) que yo no fuera un carajito suspicaz o mal pensado. Cuando a la casa llegaba algún señor medio amanerado, de esos que nunca faltan entre los amigos o relacionados de una familia, ella, antes que yo abriera la boca, se anticipaba a explicar que el caballero en cuestión era una persona refinada y de excelentes modales. De más está decir que de parte del suscrito la impresión de haber visto un maricón predominaba en mi mente sucia y cochambrosa.

Pero, en fin, madre es madre y uno no le lleva la contraria en una tontería como ésa para evitarle angustias. Total, yo tenía mi versión in pectore y eso bastaba.

Algo parecido me sucedía con la bolsa de valores. Desde hace muchos años tenía la sospecha de que entre la actividad bursátil y la casinera no había la menor diferencia. De paso, para no dármelas de mojigato, debo confesar que siempre me gustaron los casinos. Me atraían en particular los viejos casinos franceses como el de Divonneles-bains, al lado de Ginebra, donde se respiraba un ambiente de novela de James Bond, con mujeres elegantes y vistosas, así como ciertas empleadas que también tenían lo suyo.

Para colmo, un amigo de la familia desbancó el casino de Montecarlo dos veces en la misma temporada, lo cual lo convirtió en uno de mis héroes favoritos. Desbancar el casino consistía en ganar todos los fondos asignados a una mesa de ruleta, lo que ocasionaba una liturgia especial, con ujieres portando bandejas de fichas ganadas, mientras se colocaba un paño negro sobre la ruleta en quiebra.

También conocí a corredores de bolsa que, en mi opinión, eran menos serios que los jefes de mesa en cualquier casino, francés o arubano. Sin embargo, por respeto no decía nada, acordándome tal vez de mi mamá y aquellos señores medio raros.

Actualmente, tras haber leído decenas de artículos sobre Wall Street y sus manejos, se confirma lo que hace años había imaginado. Entre los casinos y las bolsas de valores la única diferencia es que las casas de juego no pretenden ser empresas fundamentales para el desarrollo de un país, sino simples establecimientos para practicar el vicio del juego.

Al menos son más sinceros.

augusther@cantv.net



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Augusto Hernández


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