Los holandeses asaltan las Salinas de Araya

En 1586 se restó a la Capitanía General de Venezuela el territorio de los Cumanagotos que fue anexado al de la Nueva Andalucía.

Los holandeses no se conformaban con ejercer el comercio ilícito con los habitantes de los pueblos de la costa, sino que por mucho tiempo estuvieron sacando verdaderos cargamentos de sal en las Salinas de Araya, a tal punto que, para poner coto a estos desmanes, el Gobernador y Capitán General de la Provincia de la Nueva Andalucía, Diego de Arroyo y Daza, elevó al Rey de España en 1622, una solicitud de auxilios de guerra, y el Monarca resolvió, por intermedio de su Consejo de Indias, enviar a fortificar dichas salinas, disponiendo se proveyese lo necesario en los Galeones de la Guardia de las Indias Occidentales, aunque por la pérdida de la Capitana y otro Galeón ocurrida en la Barra de San Lucas de Barrameda, hubo de quedar sin efecto aquella Real previsión; más, el Sargento Mayor Gaspar Flores Daldevilla, vecino de Cumaná, quien a la sazón se hallaba en la Corte, se interesó en el asunto hasta lograr que enviasen los infantes, artilleros y pertrechos en convoy de la Flota de Nueva España que salió de la bahía de Cádiz el 17 de julio de aquel año y surgió con buen tiempo en el puerto de Cumaná el 18 de agosto siguiente. Inmediatamente convocó el Gobernador de Cumaná a su vecino de Margarita, Andrés Rodríguez de Villegas, para emprender de acuerdo las fortificaciones de las salinas; comisionó al capitán Pedro Mercán para limpiar el Cerro de Daniel. (Este cerro, que domina en forma verdaderamente estratégica las Salinas de Araya, se llama así porque allí fue donde el General del Océano Luis de Fajardo ahorcó en 1605 al célebre Corsario Daniel de Morajan) Diego de Arroyo y Daza dio cuenta de lo que el Rey mandaba, respecto a la fortificación del lugar, desde donde se dominaba completamente el puerto y las salinas, haciéndolos inexpugnables al invasor; el día 30 quedó emplazada la artillería, dándose al Fuerte la denominación de Santiago de Arroyo.

Prosiguiéndose los trabajos, día y noche, a pesar de la mucha lluvia; entre la infantería y algunos esclavos cercaron el Fuerte de cestones por la parte que mira al mar, aún sin concluirse las fortificaciones, en la tarde del 25 de noviembre se avistaron dos Navíos que surgieron a una milla de distancia, a la mañana siguiente dieron la vela en disposición de entrar en el puerto donde le hicieron dos disparos, con los que reconocida la artillería, se retiraron a su anterior surgidero. Pero apreciando el Gobernador que aquellos buques no venían solos, aunque había suficientes provisiones en el Fuerte, comisionó a su Sargento Mayor y a los Oficiales reales para que le mandasen bastimentos y más municiones, pues deseaba estar bien abastecido para sostener la defensa por algún tiempo. El lunes 27 aparecieron entre la costa y la Isla de Coche numerosos navíos que desde las tres de la tarde hasta la noche fueron surgiendo donde se hallaban los otros dos, mientras se ocupaban en hacer los reparos. Al amanecer del día siguiente la Capitana holandesa, situándose a tiro de cañón del Fuerte comenzaron a descargar sobre él su artillería; les respondieron en igual forma, pero aunque los buques invasores recibieron mucho daño, no fue suficiente para impedirles su entrada en el puerto, cercándolo por las dos partes que baña el mar sin dejar de disparar sus cañones hasta el anochecer. Al amanecer del miércoles 29 la Capitana, la Almirante y las demás naves pusieron en juego su artillería y las demás naves hicieron lo mismo con mayor intensidad, mientras que del Fuerte se repelía el ataque con certeros disparos, atendiendo a la orden expresa de no desperdiciar proyectiles.

En vista de que los buques desembarcaban gente, ordenó el Gobernador la construcción de un trincherón por la parte de la comunicación del Fuerte y por donde suponía había de atacar el enemigo. En la madrugada se vieron hacer señales con faroles en todos los buques y llegó un parte avisando que venían a tierra gran cantidad de lanchas; prevenidos para aguardar al adversario y resistir su furia; la mosquetería debidamente repartida en sus puestos, todos aguardaban el advenimiento del día de San Andrés, a quien de antemano se había encomendado la victoria. Los holandeses dieron vista al Fuerte y comenzaron a cargar con su mosquetería, acercándose cada vez más, los españoles dieron su primera carga al enemigo y fue esta tan nutrida y certera que lo hicieron detener. De pronto un grito de victoria resonó en las filas españolas porque habían derribado al General y al Abanderado de las tropas holandesas; los españoles dando gran carga de mosquetería y arcabucería a los asaltantes, quienes, vistos los muertos que tenían a sus pies y la gran resistencia que encontraron, volvieron las espaldas y desordenadamente se embarcaron en sus lanchas. La Escuadra empezó a levar anclas y a salir del puerto, más los españoles dispararon sobre ella toda la artillería del Fuerte, y fue tanta y tan bien empleada que se hizo daño a todos los buques, y en particular a la Capitana y la Almirante que se hallaban más cerca; y eran tan certeros los disparos del fuerte. Que a los holandeses, les fue forzoso largar los cabos por la banda y dejar las anclas en el puerto. Tres naves fueron echadas a pique, pero a pesar de la victoria, el Gobernador ordenó reforzar la vigilancia del Fuerte y proceder a reparar lo más necesario, colocándose aquella noche todos los postas en sus puestos. A media noche entró el Capitán Rafael de Pedroza con 100 infantes y 50 flecheros Caribes como refuerzo de los lugares del interior de la Provincia, y al mediodía del viernes 1º de diciembre llegó el capitán Juan Pérez de Amparan con 150 infantes y 100 flecheros Guaiqueriés como auxilio del Gobernador de Margarita. Al siguiente día se avistaron por el mismo canal 16 buques, los cuales surgieron aquella misma tarde con los demás, arriando las banderas de la Capitana y la Almiranta y quedando bajo las órdenes de las que estaban sueltas.

El día 3 la Capitana izó bandera de consejo, y a medio día se vio salir una Lancha a la vela con una bandera blanca en dirección al Fuerte, por lo que el Gobernador envió a la playa una comisión integrada por el Capitán Pérez de Amparan, el Teniente Juan Esteban de Vargas y otras personas, con instrucciones de detener la Lancha, impidiendo la llegada de los tripulantes al Fuerte y observando lo que deseaban. Llegó ésta a tierra y saltó un hombre con una carta para el Gobernador, contentiva de grandes amenazas sino le permitían sacar la sal de las salinas, y se le pedía devolver los prisioneros y los muertos que hubieran quedado en tierra y que le rindiese la guarnición. El Gobernador contestó negativamente, manifestando que el Rey lo había enviado allí para impedirlo, y en consecuencia, estaba resuelto a pelear hasta morir, y que no le enviasen nuevos mensajes porque ahorcaría a su portador.

En la madrugada del 8 los navíos holandeses se hicieron a la vela rumbo a Santo Domingo, pero permanecieron los defensores del Fuerte a la expectativa de su regreso. El 13 de enero de 1623 se avistó una Armada de 41 buques, traía cuatro Capitanas y Almirantas, más no causó mayor impresión en el Fuerte por la división de tantas cabezas. En la mañana del 14 se hicieron a la vela para acercarse al Fuerte, bizarreándose por Escuadras y disparando sus cañones; y los buques más cercanos dieron muestras de querer desembarcar gente, más recibieron tal descarga de artillería, que les fue forzoso levar anclas y volver a su apostadero anterior.

El 15 por la tarde la Escuadra volvió a aparecer, por el puerto de Juaranachentar, (ahora puerto de Guaranacho) donde echó a tierra 400 hombres, y salieron marchando sobre las salinas; los margariteños pidieron al Gobernador les permitiese salir a su encuentro, y concedido esto, se pusieron en movimiento, más vistos por el adversario resolvieron replegarse a sus buques para zarpar definitivamente el día 20. En la refriega se tomaron como despojos muchas armas de fuego, chuzos, picas, palas, azadas y hojas de hierro, señales inequívocas de que los holandeses proyectaban fortificarse en aquellas tierras, donde apenas pudieron levantar un trincherón de una vara de alto cerca del Fuerte.

Los holandeses se apoderaron en 1626 de la Isla de Curazao, distante tres leguas de la costa de Venezuela y desde entonces ejercieron el contrabando en gran escala, sin que pudiera ser controlado por el Gobierno de la Capitanía General. Puerto Cabello habilitado por la naturaleza para contener y carenar barcos de la Marina española, fue el surgidero elegido por los holandeses de Curazao para contrabandear, dejar sus mercaderías y llevarse el cacao.

En 1654 los franceses atacaron la ciudad de Cumaná, pero fueron rechazados denodadamente por sus habitantes y se retiraron sin lograr su objetivo. En 1657 la atacaron de nuevo, aunque con el mismo resultado de la vez anterior.

Por una pragmática de 1552 se dispuso que ningún individuo, fuera de los naturales, vecinos y moradores de los reinos de España, anduviesen en la navegación de las colonias, ni comerciase con ellas por sí o por otra persona, ni tuviese compañía con aquellos a quienes era permitida la contratación. Esta prohibición se extendió a los portugueses aún en la época en que estuvieron unidos en una sola nación con los españoles, pues no es cierto que jamás se diese licencia general a todos los súbditos del imperio en tiempo de Carlos V para pasar a Indias; algunos permisos particulares y ciertas concesiones a súbditos y compañías no forman sino insignificantes y pasajeras excepciones en el sistemas seguido por la España, de excluir a las demás naciones del trato y comercio con sus establecimientos de ultramar.

Para combatir el contrabando, la Corona española delegó a la Compañía Guipuzcoana por el año de 1728, la facultad de remitir a la Guaira y a Puerto Cabello dos navíos de registro de cuarenta a cincuenta cañones, montados y bien tripulados en guerra, pudiendo enviar los sobrantes de sus cargamentos a Cumaná, Trinidad y Margarita en embarcaciones menores. Hecha la descarga de los bajeles, debían salir estos a impedir el comercio ilícito en los mares, costas y ríos de la Provincia, y siendo necesario en toda la marina que intermedia el río Orinoco hasta el del Hacha, para lo cual se les dieron patente de corso y las dos terceras partes de las presas, con exención de toda especie de su venta.

Historia Naval de la República Bolivariana de Venezuela.

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Manuel Taibo


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