El complot de los libros pendencieros y violentos de Chacao

Todavía se recuerda con mucha pena y bastante miedo -porque fue una cruenta batalla- la vez que una turba de árboles arremetió contra un grupo de gurimberos pacíficos en Maracaibo; en realidad las agresiones de las plantas en contra de esos predicadores de la paz se producían en todo el territorio nacional, pero lo de este caluroso municipio fue algo bestial, un ataque sin precedentes en Venezuela,  una vergüenza mundial.

Todo transcurrió cuando Capriles Radonsky, Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma y su combo, hacían encomiables diligencias para restablecer el camino de la tolerancia y el amor con las guarimbas, pero una mata de mamón reacia a la tranquilidad y al sosiego, se puso a la cabeza de una horda de árboles asesinos, y echó a rodar un plan de ataque criminal en contra de las damas y caballeros que decentemente provocaban la destrucción de la infraestructura maracaibera.

Las señoras y los señores, al verse salvajemente acorralados y golpeados con ramas, flores, frutas y espinas, no les quedó más alternativa que defenderse. Así se vieron en la obligación de armarse con sierras, machetes y cuerdas tiradas con vehículos, para derribar la vegetación en un ecocidio urbano sólo visto en deslaves u otros desastres naturales.

Y apenas han transcurrido unos meses de esa agresión frutal y ornamental, se registra otro vergonzoso suceso en el municipio Chacao, que no pasó a ser tan deplorables como el de las plantas asesinas, porque los tolerantes de la oposición actuaron a tiempo y evitaron el desenlace de una nueva confabulación macabra, que esta vez pretendía ejecutar una banda cobarde de libros violentos, pendencieros, camorreros y desestabilizadores del orden público.

Les explico. Resulta que en esa jurisdicción, uno de las más pacíficos de Caracas, cuyo alcalde es Ramón Muchacho, otro paladín de la paz y la justicia, se desarrollaba un Festival de Lectura, y unos jóvenes ejemplos, defensores de los valores y las buenas costumbres de la oposición, descubrieron un complot entre los perversos libros de literatura, científicos,  de textos y autoayuda, que al parecer tenían orquestado un vil  ataque en la capital de la República.

Los chicos buenos, al descubrir la terrible componenda, se encapucharon y se dirigieron a la Plaza Francia con la cara tapada, y comenzaron una meritoria protesta, con el fin de abortar el golpe. El alcalde Muchacho ordenó el cierre de la Feria del Libro ante la heroica acción.

La situación, gracias a Dios  no pasó a mayores, pero los dignos manifestantes denunciaron que en una patrulla llegó el detective Sherlock Holmes del escritor Arthur Conan Doyle y, su estimado compañero, el doctor Watson; algunos muchachos, incluso, aseguran haber visto también al Padre Brown, el sacerdote de Chesterton, merodeando el sector. En todo caso, era un cura gordito con paraguas.

Otros dijeron –pero esto si es difícil de creer- que el detective Hércules Poirot, de Aghata Christies, estaba escondido dentro de una patrulla de la Policía Nacional.

No se descarta, en consecuencia, –y esto es lo que le causa gran indignación a los representantes de la paz- que tanto Holmes, Brown y Poirot hayan sido enviados directamente desde Miraflores, por el despiadado dictador venezolano, Nicolás Maduro Moros.           



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Alberto Morán


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