“Los prodigios del futuro”

Durante los últimos cinco siglos, a partir de la invasión europea al Nuevo Mundo, el lamentable hito histórico que truncó la esperanzadora propuesta de “un mundo nuevo”, y que dice mucho de lo que posteriormente orientó el rumbo de la aberrante misión civilizadora del orbe (durante la segunda mitad del milenio anterior, en los tiempos del modernismo, y lo que va de este, con especial énfasis en los últimos cincuenta años, lo que difusamente se ha dado en llamar: el postmodernismo), la vanguardia intelectual occidental, valga decir, el euro-usacentrismo, ha empujado deliberadamente a la humanidad y a sus instituciones, a un permanente y peligroso desafío: “diluir los límites" de todo tipo (los que lindan entre el orden y el caos por ejemplo), e “imponer el universo de las simulaciones” por encima de la realidad. Esto ha llevado a las masas y los públicos mundiales por los senderos de la enajenación generalizada, y lo ha realizado con un irresponsable coqueteo sobre lo más obsceno de nosotros mismos, en donde se encuentra anclado el inmediato morbo.

Pero en esta oportunidad no lo ha hecho como toda vanguardia anterior, incluidas las de otras civilizaciones, las de otros tiempos, acompañada de los equilibrios y la estabilidad que imponen los sistemas éticos; los que construyen los caminos hacia nuevas dimensiones del saber y su consecuente acción. Los que acompañan y ejecutan las revoluciones, los de la evolución en su conjunto. En esta oportunidad, el mismo sistema ético, ha sido objeto de un masivo ataque erosionador, con un interés muy específico: hegemonizar la verdad más allá de su razón, la que ya no es producto de la percepción de la realidad, sino de la interpretación de la virtualidad para, sencillamente, monopolizar el poder. De allí toda una suerte de crisis sistémicas en todos los órdenes de la vida, que desestabilizan, desde lo más íntimo del "ser", hasta el ecosistema humano mundial. Nadie está seguro de nada, todo es relativo, nada tiene asidero en ningún lado. Por supuesto, en ello, las corporaciones de la información, sus mass media, con mayor peso en la cultura comunicativa de la superestructura, han logrado implantar su más grosero objetivo: "el que nadie se ponga en contacto con la verdad".

Ahora bien, mi interés en esta ocasión no es llover sobre el mojado suelo del capitalismo (ahogado en sus innumerables y paralizantes contradicciones, hijo prodigo de la codicia occidental y padre de todos los males de la humanidad en estos tiempos), como pudiera haber intuido el lector avisado, sino lograr ver, a pesar, y a través del espeso humo de la catástrofe actual, el punto de inflexión que está por hacer estallar nuestra forma de concebir el mundo, y nos pone a las puertas de una nueva época para la humanidad, en donde los vientos que recorren el sur, no solo se presentan como fantasmas premonitorios de otra civilización posible, realmente humanista, sino como los picapedreros de la hazaña que nos depara el futuro, donde están contenidas las más bellas promesas del pasado.
Por primera vez en la historia, por diversas razones, algunas impostergables, la humanidad se coloca ante una inexorable decisión: o inventamos, o nos extinguimos como especie; colocándonos ante la última frontera a salvar. Hoy esa ilimitada capacidad para perseguir tanto la felicidad como la amargura, ha creado más que el poder destructivo necesario para borrarnos del cosmos, y ante esa posibilidad cierta, concurren todas las soluciones: “la última guerra”.

Cuando Josué de Castro, el eminente médico, sociólogo, ensayista brasileño declara, abatido por la cruel realidad imperante: "Yo, que he recibido un premio internacional de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina", recién comenzaba la cortísima era de la carrera armamentista. Aun los conflictos se resolvían por la vía armada, sin que los centros de poder tuviesen que lidiar con “la reacción en cadena” a escala global. Existía pues, la posibilidad de los tiempos después las guerras. Se podían abstraer bloques, regiones, continentes, países, culturas y pueblos de la vorágine arrolladora de la violencia. Hoy el poder acumulado es tal, que se siente omnipresente, diluyendo la distancia que lo separa de Dios, creyéndose la representación de Dios en la tierra, de tal manera que cree que la guerra jamás no lo tocará.

Hoy la guerra en Venezuela, como en muchas otras partes del planeta, la decide el imperio norteamericano desde Washington. Es cuestión de hacia dónde giren los intereses de su política exterior. El atizará, o no, dosificará, marcará el ritmo, dirá la forma; y al final los venezolanos desapareceremos del mapa creyendo que lo hicimos defendiendo nuestras ideas bajo la fórmula de una guerra civil.

Pero existen en el tablero de juego algunos elementos que el imperio no ha mirado y no lo ha hecho por simple descuido histórico, enceguecido por el carácter intoxicado de su abrumadora información, las que producen la disociación sicótica y la infofrenia de sus agencias de seguridad. El dato pareciera ser simple o poco importante, pero no lo es. Resulta que en este punto geográfico en lo que hoy se sitúa Venezuela, desarrolló su forma de vida y construyó sus aperos cosmogónicos, una etnia muy especial que no se ató a ningún imperio de los que terminaron despuntando como civilizaciones "independientes" en toda la extensión del Abya Yala. Por este corredor, que va desde las selvas al sur del Orinoco, pasando por la fachada este de la cordillera, hoy denominada andina, todo el amplio Caribe, hasta los linderos del Mar de los Sargazos, anduvieron y vivieron en plena libertad, los Kariñas. Los mismo que combatieron a los conquistadores españoles con la fiereza de su indomable y poderoso espíritu, hasta ser rebasados, largo tiempo después, por la superioridad técnica-belicista del viejo continente, obligados a desaparecer del mapa cultural, y existir bajo la condición de "resistencia" hasta el sol de hoy. Dejaron para la posteridad aquella máxima que los distinguió del asesino español: "Ana karina rote..." ("nosotros sí somos gente...").

En este mismo lugar nacieron las ideas, los hombres y las mujeres que tres siglos después, expulsaron al invasor europeo conquistando el bien más preciado para todo el continente: su independencia. En este mismo lugar nació Simón Bolívar, El Libertador, el que para las intenciones de este texto sentenció en las siguientes direcciones premonitorias: «Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad», "Yo espero mucho del tiempo: su inmenso vientre contiene más esperanzas que sucesos pasados; y los prodigios futuros deben ser muy superiores a los pretéritos”, "Venezuela es la puerta de entrada de Suramérica; es el destino del continente, es ejemplo del mundo y la esperanza del universo", “Yo deseo más que otro alguno, ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza, que por su libertad y gloria". Bolívar aró en el mar de su tiempo, simplemente porque su obra está destinada a resolver la incógnita del futuro: “...mostrando al mundo antiguo la majestad del mundo moderno”

En esta patria, no por casualidad, nació El Comandante Supremo, Hugo Chávez, el que doscientos años después, no solo restauró la independencia traicionada una y tantas veces en Nuestra América, sino que renovó la idea y la esperanza revolucionaria de los pueblos (los pobres de esta tierra), y echó a andar en el mundo la idea del socialismo del siglo 21. El que modestamente construyó el Plan de la Patria, destinado a lograr entre otros objetivos: “El equilibrio del universo, la paz planetaria, la preservación de la vida en el planeta y la salvación de la especie humana”, colocando quizá, los simientes de la próxima civilización.
Esto por si solo no salvará al pueblo de Bolívar de la lógica guerrerista del complejo industrial militar imperial, pero su omisión pudiera significar acabar con la posibilidad de sobrevivencia de la humanidad, incluyendo al mismo pueblo norteamericano.

La paz de Venezuela se decidirá en Caracas. Ya desde la Habana, en el marco de la CELAC, se declaró a toda esta región “territorio libre de armas nucleares y zona de paz”. Un mundo nuevo está por nacer, está surgiendo ante nuestros ojos, mandándonos señales aun incompresibles, arropado también por brumas aurorales. Nadie en su tiempo es capaz de ver el futuro, pero si es necesario leer e interpretar, más allá de lo evidente, los misterios del presente. La civilización que conocemos está claudicando, agotada, estéril en su creación intelectual y desbastada en lo ético, comprometida con su propia destrucción. No nos extrañemos si lo que vemos se nos asemeja al fin, los despojos de los partos parecen apocalípticos, y todo nacimiento es traumático. He allí uno de los más grandes retos de la Revolución Bolivariana: guiarnos por el estrecho y peligroso puente entre el pesado cascaron de la barbarie y el liviano cuerpo del luminoso humanismo. Debemos cruzarlo a pesar del humo y la metralla y no será fácil ver entre la oscurana que antecede al amanecer.


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Milton Gómez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

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