Los primeros Tudor a los últimos Estuardo (Enrique VII a la reina Ana (1485-1714)

Los Tudor:

Cuando Enrique Tudor subió al trono bajo el nombre de Enrique VII, Inglaterra era una nación de cuarto orden, empobrecida y atrasada. Cuando terminó de gobernar su nieta Isabel, había dejado de ser un país postergado para disputarse con las grandes potencias el dominio de Europa.

Enrique VII (1456-1509):

Enrique VII continuó la herencia de los Plantagenet por dos vías, por su mujer Isabel de York, hija de Eduardo IV y por él mismo, ya que descendía por diversos conductos de los reyes de Inglaterra.

Los historiadores lo describen como canijo más que flaco, de mal color y de aspecto envejecido, ambiguo, enigmático. Era de una extraordinaria avaricia. Maurois justifica y explica este defecto al señalar que fue precisamente el espíritu tacaño de Enrique VII, lo que enriqueció a los reyes ingleses, transformándolos en los dueños absolutos de la anárquica Inglaterra. Lo describe como hombre serio, triste y pensativo. Con él los reyes ingleses dejan de ser un caballero entre sus propios pares, para convertirse en el monarca…un ser aparte e inaccesible.

De naturaleza desconfiada, y de carácter ambicioso y calculador, Murray lo pinta como una fiera en acecho, cuando atisba desde el castillo de Francisco de Bretaña, los caminos del mar. Era un joven de rostro pálido y anguloso, cabellos rubios y ralos y penetrantes ojos grises. En esos penetrantes ojos parece concentrarse la fascinación que ejerce sobre los que lo rodean. Así lo vio su nuera Catalina de Aragón: un hombre cincuentón y demacrado que parecía expresarlo todo con los ojos.

Del matrimonio de Enrique VII con la bella Isabel de York nacieron varios hijos: Arturo se casó a los quince años con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos. Su pasividad matrimonial fue tal, que años más tarde, al casarse aquélla con su cuñado Enrique VIII, pudo erigirse ante un pasaje del levítico que prohíbe el matrimonio entre cuñados, que la princesa de Aragón estaba tan intacta como cuando salió del claustro de su madre. Con excepción de la naturaleza poco saludable del primogénito de Enrique VII, nada más sabemos de la vida del infortunado príncipe.

Enrique VII tuvo dos hijas: Margarita y María. Margarita casaría con Jacobo IV de Escocia, para dar lugar al nacimiento de Jacobo V de Escocia, padre de María, destinada a perderse por su volcánica pasión en los caminos de la anomia, fue un ser excepcional, tanto por su belleza como por su temperamento fogoso. Casó en plena adolescencia con el anciano Luis XII, rey de Francia, apresurando su muerte por la fogosa pasión que produjo al enfermizo Padre del Pueblo. Entre tanto la bella María, que había seducido también a su hijo político Francisco I, se desquitaba de las caricias frustras del viejo Luis XII, con el apuesto duque de Suffolk, a quien se había traído en el séquito, junto con sus criados y bufones para fines exactamente definidos.

Muerto el rey, María pretendió simular un embarazo o hacerse perpetrar uno, para alzarse con el trono de Francia. Francisco I llegó a proponerle el repudio de su esposa Claudia para casarse con ella, pero María se negó en redondo. El retrato de la de la bella reina figura en la colección de dibujos de Aix con este lema escrito por el mismo Francisco I: "Más loca que reina".

Conocida la familia de Enrique VII, pasemos a su hijo y sucesor Enrique VIII.

Demasiado se ha escrito sobre este rey y su temperamento, como para que nos veamos obligados a insistir sobre el particular. Libertino, genial, concupiscente y cruel son los cuatro pilares sobre los que suele apoyarse su figura.

Si Enrique VIII fue libertino, culto, magnífico y a menudo cruel, todo esto lo hizo sin embargo muy a la inglesa. Su libertinaje fue conyugal, su cultura teológica y deportiva, su magnificencia de buen gusto y su crueldad legalmente impecable.

Su reinado fue un gobierno de sangre, como hacía tiempo no contemplaba la historia de Inglaterra. La opinión de todos los historiadores consultados podría resumirse en esta frase de Maurois: "Es difícil, cuando se estudia el reinado de Enrique VIII, sustraerse a un sentimiento de horror.

¿Qué clase de hombre fue Enrique VIII? Merece figurar al lado de Pedro I de Castilla y Luis XI, junto a los paranoides sanguinarios; tiene de ellos la crueldad brutal y al mismo tiempo refinada, la megalomanía, la desconfianza patológica y el temperamento enérgico e hipersexual.

Eduardo VI y María La Sanguinaria:

En los hijos de Enrique VIII se fracciona su psicopatía. Eduardo VI —el hijo de Juana Seymur— recibe su superdotación y su afición a la cultura. "Era un muchacho grave y precoz que leía cada día diez capítulos de la Biblia y a quien los reformistas llamaban un nuevo Josías (15547-1553). María, la hija de Catalina de Aragón (1553-1558), mereció de sus contemporáneos, dado su fanatismo y su crueldad rayana en la locura, el apoyo de María la Sanguinaria. Cerca de 300 protestantes murieron en la hoguera por orden suya. Era tan fea, que los historiadores españoles no pueden menos que reconocerlo. Santiago Nadal afirma que María Tudor era mujer vieja, malhumorada y de porte poco gracioso cuándo conoce a Felipe II.

Isabel I:

En lo que respecta a la tercera hija de Enrique VIII, aparte su talento excepcional y su extraordinaria habilidad por la política, fue una personalidad histérica de antología, como leo consigna en su obra Locos Egregios, el psiquiatra español Vallejo Nájera. Tres rasgos según Vallejo definen a Isabel: el inmenso orgullo, la desenfrenada sexualidad y la astuta hipocresía.

Mujer libidinosa —continúa el mismo autor— vive hasta los setenta años en constantes devaneos. Las efusiones eróticas con Devreues, comienza cuando la reina solterona cuenta cincuenta y cinco años y veintiuno el galán.

Era hábil y acomodaticia, como todos los histéricos. Lo mismo alababa a un alcalde por su latin que a una buena ama de casa por su cocina. Renegaba, escupía, golpeaba con el puño cuando la irritaban y se reía a carcajadas cuando la divertían. Era de temperamento vivaz, espiritual y erudita. Sus convicciones religiosas, aunque alardeaba de ser defensora del protestantismo, eran confusas o inexistentes. Maurois cree que fue pagana o al menos escéptica.

Frívola en lo aparente y posiblemente a ratos era profunda y certera en sus planteamientos y procedimientos.

Fue como su padre, extraordinariamente cruel. Vallejo dice "que su ferocidad fue tan grande que mereció de un historiador protestante el calificativo de ‘Tiberio femenino’ y la hubiéramos estudiado en el capítulo reservado a los paranoides sanguinarios, si sus rasgos caracterológicos no fueran más histéricos que paranoicos".

Isabel de Inglaterra reinó de 1558 a 1603. No habiendo dejado sucesión, la corona de Inglaterra pasó a manos de su primo Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, el hijo de María Estuardo.

* Santiago Nadal —mujeres de Felipe II—.

* Vallejo Nájera —Locos Egregios—.

* André Maurois —Historia de Inglaterra—.

Los Estuardo: María Estuardo.

Ninguna noticia hemos encontrado sobre Margarita Tudor, la hija de Enrique VIII y abuela de María Estuardo. Lo que sí sabemos de cierto es que el padre de la infortunada reina de Escocia fue un ser abatido por la melancolía. Le dice a María de Guisa, su futura esposa, en una carta:

"Sólo tengo veintisiete años y la vida me abruma tanto como mi corona…" Había sido un hombre alegre y entusiasta en su juventud, aficionado a las artes, a las mujeres y amigo del pueblo. Muchas de las baladas campesinas que compuso continuaron viviendo aún por largo tiempo en la memoria de su patria.

Luego se fue apagando aquella existencia. Cuando muere a los treinta años, el mismo día en que nace su hija María Estuardo, era un hombre destrozado por la vida, fatigado por la corona, fatigado de luchar. Cuando le hacen saber que le ha nacido una niña, heredera forzosa de su reino, comenta con tristeza: "De una mujer nos vino el reino, con otra ha de acabarse.

Proféticas resultarán las palabras del melancólico Jacobo V (1512-1542). Su hija será la última reina de Escocia. A partir de su sucesor Jacobo VI, el antiguo reino quedará comprendido en el amplio término de la Gran Bretaña.

La vida de María Estuardo ha nutrido las más diversas leyendas y comentarios. Su triste final y el haber sido víctima de Isabel de Inglaterra, la ha envuelto con una falsa aureola de santidad que dista mucho de corresponder a la verdad. María Estuardo, como su prima Isabel, fue cruel, desequilibrada y voluptuosa. Hasta el mismo Zweig tiene que admitir que procedió con una gran inhumanidad al autorizar o gestionar el asesinato de su esposo y primo el vil Henry Darnley.

Las tragedias y errores de la juventud de María Estuardo —escribe Maurois— se olvidaron rápidamente y la desdichada reina se convirtió con el tiempo, a los ojos de los católicos, en una verdadera santa. De no haber sido María Estuardo víctima del protestantismo, es posible que en el mundo católico gozaría de la misma fama que tuvo su parienta Margarita de Borgoña.

Odiaba a su marido y amaba locamente al más aborrecible de los señores escoceses, el conde Bothwell. La reina hizo trasladar al desequilibrado Henry Darnley a una casa de campo, so pretexto de su enfermedad; por el mismo pretexto María Estuardo se trasladó a una casa cercana. Esa noche la casita de Darnley voló por obra de una explosión criminal provocada por Bothwell. Tres meses después de la muerte de su marido, la reina se casó con su asesino. Esto era más de lo que la opinión pública, aún en el siglo XVI, podía soportar. El Papa, España, Francia y todos sus amigos, abandonaron a María. Cuando entró prisionera a Edimburgo, el pueblo le gritaba: ¡Ramera! ¡Asesina! Después de un largo y penoso cautiverio fue ejecutada en 1587.

Marías Estuardo tuvo un hijo de Henry Darnley, sujeto de alma baja sujeta a repentinos furores, Jacobo VI de Escocia, quien a la muerte de Isabel de Inglaterra, subiría al trono bajo el nombre de Jacobo I de Inglaterra. Con él comienza la dinastía Estuardo.

Con detestables colores nos pintan todos los autores a Jacobo I. Treinta y seis años tenía cuando sucedió a su prima Isabel Tudor en el trono de Inglaterra. Maurois nos lo describe como bastante ridículo de aspecto y desprovisto de dignidad; hablaba mucho, pero difícilmente y la lengua se le trababa en la boca. Lo grotesco de sus discursos disfrazaba lo sustancial, que no dejaba de existir. Se ha dicho que al dar los ingleses por heredero de una Isabel Tudor a un Jacobo Estuardo, hicieron suceder un temperamento masculino por uno femenino. Habiendo pasado su infancia entre asesinatos y conjuras, Jacobo I tuvo toda su vida terror a los hombres armados. Su divisa era "Beati Pacifici". Llevaba ropas enguantadas para detener una posible puñalada, y a la vista de un arma se ponía enfermo. Era bastante culto, pero más intelectual que inteligente. Adolescente escribió versos, tratados de teología y dos libros de doctrina política.

C reía de buena fe ser un teólogo genial y llegó a Inglaterra persuadido de su superioridad. Le gustaba ser alabado "hasta por los cielos" por su elocuencia y erudición.

El rey tenía otras debilidades: la de los favoritos, elegidos más por la gracia de su rostro que por sus cualidades de hombre de estado. Poco después de comenzar a reinar, hizo su consejero favorito a Jorge Villiers, mozo de veintidós años, pobre, bien nacido y encantador, a quien hizo además de consejero, Lord Gran Almirante, ministro, guardián de los Cinco Puertos y Duque de Buckingham… como es mejor conocido. "Jamás —dice Clarendon— se vió a un hombre hacer carrera más rápido ni elevarse así, por su sola belleza a las primeras funciones del estado". La correspondencia de Buckingham y Jacobo I, muestra la asombrosa familiaridad con que el súbdito trataba al soberano. Jacobo I —le escribe a Buckingham, quien a la sazón se encuentra de viaje por España— "que desde su partida lleva una triste vida de viuda.

Carlos I de Inglaterra (1600-1649):

Trágico había de ser el destino de este príncipe, con cuya ejecución se borra para siempre el viejo prejuicio medieval del origen divino de los reyes. A partir de él, las revoluciones triunfantes tratan de coronar sus éxitos con el regicidio.

Era un buen hombre, tímido, casto y bien intencionado, que se sonrojaba si decían una mala palabra en su presencia. Inhibido y carente de imaginación fue fácil víctima de sus favoritos y de sus enemigos. Murió decapitado, como es de todos conocido. Casó con Enriqueta María, hija de Enrique IV de Francia.

Dos hijos habrían de sucederle en el trono.

Carlos II de Inglaterra (1660-1680):

No tenía nada de su padre Carlos I, el rey mártir. Su cara más bien recordaba la alegre y burlona sensualidad de su abuelo francés Enrique IV. Había heredado también del Bearnés la alegría, la espiritualidad, la afición a las mujeres. Su largo destierro no había agriado su carácter. Como Enrique IV, era oportunista y graciosamente cínico.

El sucesor de Carlos I —escribe Maurois— tenía sentido del humor, pero un alma irrespetuosa.

El pueblo lo recibió alborozado, cansado como estaba del puritanismo de Cromwell. Carlos II no lo defraudó. Las sombrías costumbres del reino cambiaron desde entonces notablemente. El rey instaló un verdadero harén y sentó que en lo sucesivo la galantería sería considerada lealtad y la severidad rebelión.

Holgazán e irresponsable dejó todo el gobierno en manos de sus ministros. Él mismo confesaba "Soy por naturaleza más perezoso de lo que debería ser… Como su abuelo, fue también clemente al conceder una amnistía general a los enemigos de su familia. El cadáver de Cromwell, sin embargo, fue desenterrado, ahorcado y vuelto a enterrar al pie de la horca.

Casó con la borrosa y enfermiza Catalina de Portugal, hija de Juan IV de Portugal, no teniendo en ella ningún hijo. Durante los últimos años de su vida —escribe Maurois— Carlos II vivió impúdicamente de los subsidios de Luis XIV, tolerando las intervenciones de Francia en los derechos de Inglaterra. Así este rey, que con tanta gracia había traicionado a Inglaterra, a dos Iglesias, a sus esposas y a todas sus amantes, pudo mantener hasta la muerte su voluptuoso y arriesgado equilibrio.

En su lecho de muerte, por vez primera, hizo llamar a un sacerdote católico y recibió la extremaunción.

Lo sucedió su hermano Jacobo II.

Jacobo II (1680-1689):

Como su hermano, era católico, pero a diferencia de aquél, fanático, intolerante y cruel. Era muy dado a prejuzgar, se alarmaba fácilmente, nunca olvidó a sus adversarios y rara vez se acordó de sus amigos. Era además extraordinariamente torpe. En época de Carlos II, había un dicho sobre los dos hermanos que decía: "El Rey (Carlos) podría comprender las cosas si quisiera y el duque (Jacobo) si pudiera. Desde los primeros tiempos de su reinado pudo verse que había subido al trono de Inglaterra una nueva María la Sanguinaria. "Por todas partes se azotaba, se encarcelaba" —escribe Maurois— El Rey pretendía imponer el catolicismo y el gobierno absoluto. El Papa Inocencio XI, le recomienda incluso prudencias. El Rey hace caso omiso de las advertencias. Ciego y entusiasta prosigue su marcha hacia el precipicio.

No tarda en provocarse la reacción, capitaneada por su hija María y por su marido Guillermo de Orange. Jacobo II es destronado y pasan a gobernar: Marías y Guillermo (1688).

Jacobo II tuvo de su primer matrimonio con Ana Hyde, dos hijas Marías, de quien hemos hecho referencia y Ana, que reinaría también a la muerte de la primera.

María y Ana (1688-1714).

Escasa información hemos logrado recaudar sobre la primera hija de Jacobo II de Inglaterra, con excepción de que era retrasada mental, que todos sus hijos murieron niños y que se había casado con su primo Guillermo de Orange el Taciturno. El Holandés reinante, por ser nieto de Carlos I de Inglaterra, gobernó a Inglaterra, no como príncipe consorte sino como rey de hecho y de derecho. Era de naturaleza frágil y de carácter silencioso y retraído. Fue un buen gobernante. Murió en 1702, ocho años después que su mujer, la reina Mary. No habiendo dejado hijos vivos esta pareja, la corona pasó a manos de la otra hija de Jacobo II, la que reinará con el nombre de Ana.

La reina Ana había heredado de su padre la torpeza y la obstinación y de Jacobo I, su afición por las personas de su mismo sexo. En este sentido fueron muy célebres sus relaciones con lady Churchill y lady Masham. La primera, no obstante la lluvia de beneficios que sobre ella y su marido hacía caer el morboso sentimiento de la reina —anota Maurois— la describía de esta forma: "Para las cosas ordinarias, sus juicios no tenían nada de brillantes, ni de espirituales; cuando se trataba de cosas importantes no hablaba sino apresuradamente, con un modo irritante de asirse lo que la habían aconsejado, sin dar la menor señal de inteligencia ni de juicio.

Ana era una mujer bien intencionada, pero sin ninguna ilustración. Estuvo siempre a merced de las intrigas de la corte.

Murió en 11714 de un ataque de apoplejía. No habiendo dejado sucesión de su marido, el imbécil príncipe Jorge de Dinamarca, la corona pasó a manos de los herederos de Sofía de Hannover, nieta de Carlos I dando paso a la dinastía de los Hannover.

* André Maurois —Historia de Inglaterra—.

* Firth C. H. —La restauración de los Estuardo—.

¡La lucha sigue!



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Manuel Taibo


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