Sobre arte, raciocinio y sentimiento

Conversando con un amigo pintor sobre una obra maestra del director de cine sueco Ingmar Bergman titulada Secretos de un matrimonio (obra que, salvando las distancias del tiempo y otros posibles registros de importancia y calidad, estimo está a la altura del Hamlet, de Shakespeare o del Fausto, de Goethe), acabamos hablando de arte. Él hablaba sobre todo del arte abstracto en todas sus modalidades, y de que si cuentas con un maestro (él lo fue de Bellas Artes) o un guía, en definitiva un tutor de los que hoy día difícilmente nos podemos zafar, tal es la insistencia en el tutorial, alguien que te ayude a comprender una obra abstracta, puedes disfrutar una pintura, un cuadro o un lienzo cualquiera de ese estilo. Y puso como ejemplo el Guernica, la famosa obra de Picasso...

Yo, sin quitarle la razón, nunca se la niego a nadie pues todo el mundo la tiene en unas dosis u otras, le respondí que no soy yo precisamente un necesitado de tutores para experimentar el goce estético; que para mí el Arte por sí mismo tiene la cualidad de absoluto. La comprensión de una pintura a través de un intermediario es, puede ser, un complemento de la emoción estética de quien lo demanda. No tengo nada que objetar. No es mí propósito en la vida dar lecciones a nadie. Es tan frecuente en España encontrarte con quien acostumbra a hablar ex cátedra que prefiero siempre dar cuenta de mi posición personal respecto a cualquier materia. Con ello espero neutralizar toda controversia. De modo que yo no solamente me niego a recibir la ayuda de un entendido en pintura o en música, las dos bellas artes con las que me deleito, es que me parece perturbador para mi eventual emoción estética ante una obra de arte, su intelección. Entiendo, como dije antes, que el Arte ex autosuficiente. Esa es su propiedad más excelsa. Lo sublime es inefable, y toda obra de arte, en uno u otro grado, tiene partículas de textura o naturaleza superior. Sobre todo para quienes precisamente no somos expertos y para quienes aún siéndolo, no se comparan ni se miden con el autor de esa pintura o esa composición musical que contemplan o escuchan…

Le puse el caso del chiste o de la broma como ejemplo burdo pero a mi juicio preciso para su interpretación. El chiste o la broma que no entiendo, explicada por su autor o por un tercero, después de no haberme hecho gracia tampoco me interesan. La emoción estética, el arrobamiento que experimento ante una pintura o una composición musical no va ligada a la fama de su autor. He disfrutado de obras de arte de autor anónimo, o cuyo nombre he conocido sólo al terminar su audición. El impacto estético experimentado ante una obra de arte en mi persona, tiene muy poco que ver con la notoriedad y la importancia que Academias, marchantes o dueños de galerías de arte hayan dado a la obra de arte. Es más, sospecho que ese afán de entender lo que en el mismo momento que se está ante la obra, prima facie, no se comprende, interfiere o bloquea la emoción estética. O, si se quiere, conduce a ésta por otras impresiones anímicas, psicológicas, mentales que, naturalmente, se alojan en el cerebro y no en el alma. Creo firmemente, en fin, que en materia de Arte como en la del amor, el raciocinio es incompatible con el sentimiento y por ello de todo punto recomendable.



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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