Tulum es un enclave turístico del sur-sureste mexicano ubicado en el estado de Quintana Roo, a 131 kilómetros del otro famoso enclave llamado Cancún. En lengua maya, Tulum significa “muralla”; Zamá era su nombre cuando lo habitó esa civilización del México antiguo y significa “amanecer”, por el privilegio que tuvieron los mayas para apreciar la salida del sol mañanero a la orilla del mar. Lo más notable en Tulum, además de la gran cantidad de cenotes, fue la construcción de los templos y castillos antiguos en acantilados que ofrecen una maravillosa panorámica al Mar Caribe. Los manglares selváticos y la enorme biodiversidad son otros de los rasgos de un Tulum, cuyas costas son bañadas por flamantes aguas color turquesa. Si algunas palabras pretenden definir a Tulum serían las que remitan a una belleza paradisiaca tocada por las deidades mayas trascendiendo los límites de la imaginación humana.
Viene a cuento Tulum por representar uno de los ejes gravitacionales de los procesos de acumulación de capital en el sureste mexicano a lo largo de los últimos lustros. Fundamentada su expansión en un turismo de alta gama que combina bellezas naturales, patrimonio arqueológico y una tranquilidad no tan presente en otros pueblos y ciudades de México. Sin embargo, ese dinamismo turístico tiene sus contradicciones y no está exento de impactos negativos sobre las comunidades locales. Se trata de un modelo turístico regido por el extractivismo y la apropiación de espacios inéditos para la acumulación de capital. Con ello quedó atrás la búsqueda de aventura y silencio por parte de los turistas regionales que se trasladaban los fines de semana a Tulum.
Tulumizar no existe como verbo en el Diccionario de la Real Academia Española. Muy escasamente se usa en publicaciones periódicas, pero denota una realidad contrastable al realizar una mínima inmersión en los enclaves turísticos del sureste mexicano. La noción de “cancunización” es de uso más extendido entre periodistas y especialistas y es la que más se acerca a los procesos de expoliación ejercidos en Tulum, primero como polo de turismo exclusivo y, recientemente, como nodo de turismo masivo global.
Lo que viene ocurriendo en Tulum durante los últimos lustros es un proceso de expansión desmedida a partir de las prácticas depredadoras –en todo sentido– que envuelven a ese turismo masivo. Si bien la vocación turística de Tulum se remonta a los siglos XIII y XIV como centro comercial marítimo, es hacia finales del siglo XX que adquiere una lógica contradictoria entre sus procesos de acumulación de capital, las identidades locales y la calidad de vida en la región.
La masificación del turismo lleva aparejada una lógica de consumismo acelerado y depredador que deriva en un vaciamiento de la sustancia y de las identidades de los lugares tras sujetarlas a la híper-mercantilización. La belleza, sea natural o arqueológica, es transmutada en un paquete de consumo masivo, en un recorrido por un parque de diversiones al estilo Disneylandia, que incluye a los nativos como parte del espectáculo, sin importar su historia y la esencia de su cultura.
La burbuja turística se creó con la implantación en Tulum del llamado “lujo descalzo”: aquel turismo de celebridades internacionales (actores como Leonardo DiCaprio y Michael Douglas, intérpretes, diseñadores tecnológicos, etc.) dotadas de un alto poder adquisitivo y que buscaban la exclusividad, la tranquilidad y la distancia respecto a las multitudes. De la burbuja turística y su encarecimiento se transitó a la burbuja inmobiliaria –construcción desregulada y corrompida de edificios, departamentos y plazas comerciales, altos precios de la vivienda y de los alquileres, y que terminan, no pocas edificaciones, como “cascarones vacíos”– y a la burbuja inflacionaria de bienes y servicios. Ello no solo es un producto de la lógica rapaz del mercado y de sus agentes concretos, sino que convive con la corrupción y la debilidad institucional de los gobiernos locales y federal, en el marco más amplio de la ausencia de un estado de derecho que facilita la especulación, el abuso y el fraude inmobiliarios (https://shre.ink/5Z8p).
Esta expansión desmedida de la infraestructura y de los servicios turísticos genera presiones excesivas sobre el espacio público al amparo de la ausencia de regulación y límites por parte de las autoridades gubernamentales. Esa presión urbana será mayor tras la inauguración del Aeropuerto Internacional Felipe Carrillo Puerto de Tulum en diciembre de 2023 y la construcción de dos estaciones del Tren Maya en los alrededores de la localidad.
Los precios exorbitantes acompañan al turismo masivo y detonan procesos de gentrificación y segregación social del espacio que redundan en un socavamiento de las culturas locales y del sentido de comunidad. Los espacios públicos de estas identidades son transformados radicalmente y succionados en su esencia hasta tornarse distantes de sus raíces u orígenes. La expulsión de las comunidades locales es una constante en estos procesos y las identidades e idiosincrasias se tornan en mercancías banales ataviadas por un holismo trivializado, “terapias alternativas” y fiesta desmedida, sujetos a la rentabilidad y la ganancia fácil. La curiosidad del viajero tradicional es suplantada por la vanidad y la selfie del turista superficial que busca y paga un consumo rápido y efímero de productos estandarizados y carentes de historicidad.
La híper-mercantilización de la cultura sobre-explota las prácticas y simbolismos de la civilización maya, hasta degradarlos, deformarlos, descontextualizarlos y vaciarlos de su significación histórica en aras de convertir a Tulum en una marca global de constantes y excesivos flujos turísticos también globales. Se trata de un proceso ampliado de erosión y destrucción de lo local, de lo propio, de lo auténtico, en nombre del supuesto desarrollo de las comunidades.
La gentrificación experimentada en la región caribeña del estado de Quintana Roo es un proceso de masiva expulsión de los pobres y de los pueblos originarios, que es directamente proporcional a la atracción desregulada y desordenada de nuevos habitantes con alto poder adquisitivo y de complejos hoteleros y restauranteros que brindan servicios a esos habitantes llegados y al turismo internacional que allí pernocta. Es un proceso de larga data que se relaciona con la aspiración desmedida de restarle espacio a la selva y de incorporar en la acumulación de capital a amplios espacios anteriormente inéditos. Durante la construcción del llamado Tren Maya en el tramo 5 que transcurre entre Cancún y Tulum, activistas y artistas denunciaron que la selva y el patrimonio natural estaban siendo destruidos por ese proyecto ferroviario. De ahí el lema “Selva-me del tren”, esbozado por estos colectivos. Hay que agregar que se trata de un proyecto de infraestructura desanclado de las necesidades y urgencias de la región de la Península de Yucatán, y sujeto a la esporádica demanda de un turismo extra-regional e internacional pudiente. No menos importante es el impacto de esas obras de infraestructura y de los desarrollos inmobiliarios sobre la forma de organización comunitaria del ejido; expuesta cada vez más a las expropiaciones y a indemnizaciones injustas. Desde Xpujil, Campeche, el activista local Romel González Díaz llegó a exclamar: “No queremos otra Mayalandia, no queremos ser sujetos folklóricos para la curiosidad de los visitantes, no queremos ser pueblos mágicos” (https://shre.ink/5ZIV).
En general, la Riviera Maya fue creada a punta de inversión pública y capitales privados a partir de un modelo turístico extractivo parecido al de los grandes parques temáticos y bajo la premisa de generar empleo masivo, pero precario y de baja calidad. De Chichen Itzá pretendió hacerse una especie de Mayaland, con su espectáculo de luz y sonido y conciertos masivos. El histórico patrón de migraciones masivas hacia los polos turísticos principales y que se sigue desde los años setenta del siglo XX, convive con el despoblamiento de regiones rurales y con la perpetuación de zonas de pobreza y marginación. De tal manera que la derrama económica no se irradia en la Península de Yucatán, sino que se engarza con los procesos de transferencia de ganancias hacia el extranjero. De tal modo que esa acumulación de capital se hizo sobre la base de la depredación y la expoliación desmedida.
“Todo por servir, se acaba”, reza el dicho popular mexicano. A raíz de la pandemia del Covid-19, la crisis del sargazo y el abuso en los precios de servicios hoteleros, taxistas, alimentación y demás apetencias de los visitantes, devino el colapso turístico de Tulum y con ello estalló la burbuja inmobiliaria y el abandono de viviendas, hoteles y locales comerciales recién construidos. De los desfiles de pasarela y moda, los festivales de música electrónica, las fiestas en los cenotes y del Tulum global al que todo mundo deseaba visitar, se transitó a un Tulum militarizado, asediado por el crimen organizado y la corrupción, regido por la ambición desmedida y el abuso sin control. Las denuncias en redes sociodigitales respecto a los precios de alimentación básica como tacos o gorditas son generalizadas (https://shre.ink/5Z86, https://shre.ink/5Zrm y https://shre.ink/5Z8e). Incluso el Parque del Jaguar, gestionado por el Ejército mexicano, estipula altos precios en las entradas a pagar por los visitantes. De ahí que los procesos de expulsión son padecidos, incluso, por los propios turistas nacionales e internacionales, y no solo por los pobres de la región como los 6500 habitantes que radican en asentamientos irregulares de Tulum.
La Tulumización no solo es exclusiva de la Riviera Maya. Es un proceso de híper-mercantilización y expoliación desmedida que se replica en múltiples barrios, pueblos y ciudades de México. Lo mismo en Los Cabos (Baja California Sur), el Valle de Guadalupe (Baja California), Bacalar (Quintana Roo), San Miguel de Allende (Guanajuato), Tequisquiapan (Querétaro), Huasca de Ocampo (Hidalgo), las colonias Polanco, Roma o La Condensa en la Ciudad de México, entre otros.
Lo que subyace en estos procesos de gentrificación de los lugares turísticos es el predominio de una “ley de la selva en el asfalto”; una ausencia, omisión y colusión del Estado mexicano, y una proliferación de agentes del mercado que no están dispuestos a acatar las reglas y que gozan de permisividad e impunidad. En el caso de Tulum, se experimenta una ausencia de regulación sobre la propiedad de la tierra. En ese afán híper-mercantilista se obvia la planeación a largo plazo, el cuidado del sentido de comunidad y de la naturaleza; y el Estado permite que el espacio público sea socavado y la historia y las identidades desdeñadas y homogeneizadas en paquetes turísticos y tours con “experiencias inolvidables”.
Rescatar colectivamente el espacio público supone rescatar a un Estado mexicano raptado y sitiado por intereses creados regidos por la especulación y por un modelo de desarrollo rentista y extractivista. Supone tomar en cuenta a las comunidades locales y a los pueblos originarios, más allá de espetarles una retórica ideologizada de ese modelo de desarrollo. De lo contrario, lugares como Tulum, que fueron auténticos y bellos, corren el riesgo de extraviarse en un presente y en un futuro sin historia, sin identidades, sin espíritu y sin mayores simbolismos que el dinero.