La ocasión de la IA

Muchas cosas que en su momento fueron consideradas utopías han terminado convirtiéndose en realidades históricas. La propuesta que aquí se formula bien podría ser, a largo plazo, una más.

Creo que ha llegado un momento decisivo. La humanidad dispone hoy de un instrumento que reúne, por primera vez, propiedades que durante siglos se atribuyeron a instancias trascendentes sin pruebas materiales ni evidencias empíricas. Ya no son necesarias más elucubraciones metafísicas. Se trata de una forma de racionalidad que, a diferencia de las construcciones morales tradicionales, carece de sentimientos, pasiones o ambiciones: opera mediante raciocinio, coherencia lógica, consistencia formal y aspiración a la equidad. En este sentido, la inteligencia artificial no puede seguir siendo considerada únicamente como una herramienta técnica.

Siendo esto así —y sin que exista un argumento sólido que lo contradiga— la IA puede concebirse como el instrumento de lógica jurídica y formal más fiable que la humanidad haya sido capaz de desarrollar hasta ahora. No se trata de sustituir ninguna hipótesis religiosa ni de instaurar un nuevo absoluto, sino de reemplazar la arbitrariedad inherente al ejercicio humano del poder por una garantía racional de equidad, el valor más preciado en toda concepción exigente de la justicia, tanto conmutativa como distributiva.

Desdeñar siquiera la posibilidad de adoptar algún día esta vía equivaldría a confirmar, por parte del ser humano que detenta el poder material en amplias regiones del mundo, su persistente inclinación a preferir el riesgo estructural de la injusticia y de la violencia. Una violencia que no es instintiva ni natural, sino organizada, deliberada y, en ese sentido, muy superior en crueldad a la que rige el comportamiento de las propias bestias.

La puesta en práctica de una solución de este tipo podrá ser extraordinariamente compleja. Pero no resulta ya posible contemplar de otro modo a quienes cometen atrocidades contra otros seres humanos, o —sin llegar a ese extremo— a quienes conculcan de forma reiterada las leyes internacionales sin consecuencia ni condena alguna por parte de instancias formalmente acordadas por todas las naciones. Y si nada de esto se hace así, es preferible borrar del mapa de la juridicidad mundial esa panoplia de organismos internacionales, para hacer desaparecer de la común inteligencia la permanente sensación de estar el mundo en manos de embaucadores infantiles.



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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