George W. Bush, presidente de Estados Unidos durante ocho años, llegó a autodefinirse explícitamente como "war president". La expresión no fue una licencia retórica, sino la asunción consciente de una identidad política: la del dirigente que legitima su poder y su legado mediante la guerra. Bajo esa autoproclamación se desarrolló una de las etapas más sangrientas y desestabilizadoras del orden internacional contemporáneo, particularmente en Oriente Medio y el norte de África.
Las agresiones contra Afganistán, Irak y Libia fueron justificadas mediante una concatenación de falsedades groseras, de una pobreza intelectual y moral difícilmente compatible con la supuesta sofisticación del aparato político estadounidense. Desde la pulsión personal de venganza —el ajuste de cuentas simbólico por la humillación política del padre— hasta la persecución de un antiguo colaborador de la propia CIA, Ben Laden, se construyó un relato bélico infantilizado, diseñado para el consumo de una opinión pública dócil y emocionalmente manipulable.
A cada presidente, a cada dirigente político, se le atribuyen —con razón— las realidades más significativas de la nación que representa. En el caso de Estados Unidos, esta identificación adquiere un carácter casi absoluto. Es cierto que, en términos formales, una sola inteligencia puede representar a la colectividad mediante mecanismos aritméticos de mayorías. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que dichas mayorías rara vez orientan sus decisiones hacia la justicia social, la contención material o una redistribución equitativa de la riqueza. Por el contrario, suelen consolidar dinámicas de privilegio, exclusión y concentración del poder económico.
Dicho de otro modo: el egoísmo estructural y la supremacía moral son rasgos constitutivos de la casta dirigente estadounidense, una élite cada vez más autosatisfecha, persuadida de su invulnerabilidad frente al azar histórico y a cualquier forma de rendición de cuentas. Estos rasgos, largamente asociados al arquetipo WASP (blanco, anglosajón y protestante), se transfieren sin mediación crítica a las figuras que encarnan el poder ejecutivo, configurando liderazgos con evidentes componentes patológicos.
Donald Trump, en esta línea de continuidad, no constituye una anomalía, sino una exacerbación. Al igual que Bush hijo, se muestra dispuesto a dejar una nueva huella sangrienta en la historia del país. Conviene recordar que Estados Unidos, pese a haber surgido como referente de organización política y dinamismo económico, manifestó tempranamente una vocación imperial que se traduce en 107 guerras e intervenciones militares entre 1900 y 2003, incluso cuando los grandes imperios europeos —británico, francés, austrohúngaro y otomano— ya habían colapsado o iniciado su disolución.
Trump aspira a algo más que a la continuidad imperial: pretende erigirse en el último emperador clásico y el primero plenamente posmoderno. Hasta ahora, Estados Unidos ha ejercido una hegemonía imperial de facto, sin necesidad de etiquetas historiográficas explícitas. Con Trump, sin embargo, esa hegemonía adopta un cariz personalista, impulsivo y abiertamente depredador, hasta el punto de contemplar seriamente un enfrentamiento bélico con quien se oponga a su pretensión de apropiarse de Groenlandia.
La época que atravesamos puede calificarse, sin exageración, como la más peligrosa de la historia de la humanidad. Nunca el planeta había estado tan cerca de una guerra total, ya sea por la voluntad consciente y suicida de uno o varios dirigentes megalómanos, ya por un simple error de cálculo en un sistema internacional saturado de armas de destrucción masiva. Y hablo deliberadamente de varios megalómanos, porque Trump lo es de manera manifiesta, además de presentar un grado de desequilibrio que, en otras épocas menos complacientes con el poder, habría sido denominado sin ambages: locura.