Los mercados: de la sombra al algoritmo

Hace quince años escribí una crónica titulada Los mercados.

Quince años después, los mercados ya no necesitan ocultarse. Han dejado de actuar únicamente desde la sombra para instalarse en la arquitectura misma de la vida cotidiana. No gobiernan solo la economía: gobiernan el tiempo, la atención, el deseo y el miedo.

Si en 2011 los mercados imponían su dictado mediante la deuda, hoy lo hacen además mediante el algoritmo. El poder ya no se limita a condicionar decisiones políticas: anticipa, modela y orienta conductas. No espera al voto ni al consumo; los precede. La libertad se ejerce dentro de un perímetro previamente trazado por plataformas digitales que no rinden cuentas a nadie.

La pandemia fue un laboratorio. Mientras se invocaba la protección de la vida, se consolidaba una transferencia masiva de riqueza hacia los grandes fondos y las corporaciones tecnológicas. El Estado no recuperó soberanía: se convirtió en gestor logístico del capital. El discurso de la excepcionalidad sirvió para normalizar lo que ya no ha vuelto atrás.

La guerra, como siempre, ha sido otra oportunidad. La economía de guerra legitima el gasto ilimitado, la opacidad y la disciplina social. El miedo vuelve a cumplir su función histórica: justificar la obediencia. Pero ahora el enemigo es difuso, permanente y global. No hay armisticio posible porque el negocio no admite treguas.

Los mercados han colonizado incluso el lenguaje moral. Se nos habla de "resiliencia" en lugar de justicia, de "adaptación" en lugar de derechos, de "emprendimiento" en lugar de trabajo. La precariedad se presenta como virtud y la incertidumbre como destino inevitable. El fracaso ya no es sistémico: es individual y culpable.

La inteligencia artificial no inaugura esta dominación, pero la perfecciona. Automatiza decisiones, opaca responsabilidades y disuelve la noción de autoría. El poder ya no se presenta como voluntad humana, sino como resultado técnico, como si nadie decidiera y todo ocurriera por necesidad. Es la coartada perfecta: no manda nadie, luego no hay a quién exigir cuentas.

Y sin embargo, nunca como ahora ha sido tan evidente que los mercados no son una ley natural, sino una construcción política, jurídica y cultural. Su fuerza no reside solo en el capital que concentran, sino en la resignación que producen. Han triunfado no porque sean invencibles, sino porque han logrado que se los considere inevitables.

El neoliberalismo ya no promete bienestar; apenas promete supervivencia. Su mandamiento único —consumir— se ha degradado en otro aún más pobre: endeudarse para seguir consumiendo. La ciudadanía se diluye en clientela, y la democracia, en procedimiento vacío.

Frente a este panorama, no basta con indignarse. Tampoco con nostalgias de un pasado que no fue tan justo como se recuerda. Lo que está en juego no es la vuelta a viejas ideologías, sino algo más elemental: la recuperación de la primacía de lo humano sobre lo mercantil, de la política sobre la contabilidad, del sentido sobre el beneficio.

Porque si todo se convierte en mercado —la salud, la vivienda, el conocimiento, incluso la conciencia—, entonces ya no quedará nada que defender. Y una sociedad que no sabe qué defender está ya, aunque no lo sepa, derrotada.



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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