I Congreso Ideológico del PSUV: ¿Más alla del socialismo Estado-Céntrico y euro-céntrico? (II)

II.- ¿DIRECTIVA DE CHÁVEZ: LA LECTURA DEL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN DE LENIN?

Sacar de la manga a Lenin (El Estado y la Revolución) genera mayores incompatibilidades teórico-ideológicas con la Constitución de 1999, pues en el momento en que Lenin escribe el texto que se convertirá en dogma acerca de la constitución del Estado Socialista, las formas de Estado Democrático y Social, no existían históricamente; y la crítica al Estado capitalista que realiza Lenin tiene por objeto los Estados capitalistas en sus formas clásicas liberal-democráticas parlamentarias, sean Repúblicas o Monarquías constitucionales.

Por tanto, el asunto de distinguir el Estado capitalista burgués del Estado Revolucionario-Comunal de transición en las actuales circunstancias de Venezuela lleva, o a sugerir una vía constituyente para modificar aspectos fundamentales: principios, valores y disposiciones constitucionales, pasando necesariamente por una nueva Asamblea Nacional Constituyente; o hacer un esfuerzo de adecuación, que implica desprenderse a seguir dogmáticamente los planteado por Lenin y los doctrinarismos ideológicos asociados a las codificaciones marxistas de la ortodoxia bolchevique, de los calcos y copias de las experiencias constitucionales como la estalinista de 1936, la Constitución China o la propia Constitución cubana de 1976, construyendo necesariamente nuevos referentes ideológicos basados en enfoques democráticos-pluralistas de la revolución socialista, asimilando los debates filosóficos, políticos y constitucionales más recientes sobre el Estado Democrático y Social de Derecho y de Justicia.

Por ejemplo, pocos conocen en Venezuela, la relación entre Socialismo Democrático y Estado democrático y social, elaboradas por constitucionalistas como el español Elías Díaz. Pero una vía como esta, implicaría desprenderse de la ortodoxia bolchevique y sus experiencias históricas derivadas, asimilar el debate de los años 20 contra las posiciones leninistas, presente en personajes tan distintos como Karl Kautsky, Rosa Luxemburgo y Anton Pannekoek. Incluso, abrir el arco de autores heterodoxos a las reflexiones críticas del estalinismo de Trotsky, democráticas sustantivas de Gramsci y de Lukacs.

No se trata de fetichizar tampoco el Constitucionalismo Democrático, pero si resituar las relaciones complejas entre poder constituido y poder constituyente (Negri), púes el proceso popular constituyente parte de la potencia de la multitud., y no del encuadramiento partidista de la misma por una dirección política con tendencias a sustituir la potencia social por nuevos estados de dominación sobre la misma.

Si no se quieren repetir los errores históricos (como ocurrió en gran medida con la constitución de 1961) de la separación entre una Constitución política nominal y una Constitución política efectiva, la alta dirección política del PSUV, su Congreso ideológico, sus delegados y patrullas podrían analizar en profundidad este tipo de problemas, entre otros, que ha dado lugar a un intenso debate nacional e internacional, sobre si existe o no, un proceso político y gubernamental regulado constitucionalmente, si se mantiene activo o no una multitud constituyente, si se quiebran fácticamente parámetros fundamentales establecidos en la norma fundamental desde el propio poder constituido, referidos sobre todo a los artículos contenidos en el Titulo I denominado: Principios Fundamentales, o se existen auténticos espacios de doble poder contra-hegemónicos del poder popular.

La argumentación que aquí se plantea quiere ser lo mas clara posible: con el “Estado y la Revolución” de Lenin no se avanza en la construcción institucional del Estado Democrático y Social de Derecho y de Justicia, pues la forma de Estado y el régimen político que se establece constitucionalmente no es el de un Estado Socialista ortodoxamente definido. La opción política es clara, o asumir una adecuación socialdemócrata radicalizada, o convocar a una nueva Asamblea Nacional Constituyente, o asumir una vía constituyente fáctica, que incluye dosis de violencia política.

Estas opciones implican que, por ejemplo, solo en la primera vía y segunda vía quedarían garantizada la preeminencia del pluralismo político y de un sistema multipartidista, o de plurales organización con fines políticos, púes este elemento queda descartado en el análisis leninista de la construcción del socialismo, dado que el parlamento, considerado una institución burguesa por excelencia, es sustituido por una asamblea de diputados del pueblo, elegidos o convocado sobre bases distintas a las establecidas en las democracias pluralistas.

Veamos. Decía Lenin:

“Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías constitucionales parlamentarias, sino también en las repúblicas más democráticas.” (p. 26)

“Pero si planteamos la cuestión del Estado, si enfocamos el parlamentarismo como una de las instituciones del Estado, desde el punto de vista de las tareas del proletariado en este terreno, ¿dónde está entonces la salida del parlamentarismo? ¿Cómo es posible prescindir de él? Hay que decir, una y otra vez, que las enseñanzas de Marx, basadas en la experiencia de la Comuna, están tan olvidadas, que para el "socialdemócrata" moderno (léase: para los actuales traidores al socialismo) es sencillamente incomprensible otra crítica del parlamentarismo que no sea la anarquista o la reaccionaria. La salida del parlamentarismo no está, naturalmente, en la abolición de las instituciones representativas y de la elegibilidad, sino en transformar las instituciones representativas de lugares de charlatanería en corporaciones "de trabajo". "La Comuna debía ser, no una corporación parlamentaria, sino una corporación de trabajo, legislativa y ejecutiva al mismo tiempo." (p. 26)

Más adelante, plantea:

“Las instituciones representativas continúan, pero desaparece el parlamentarismo como sistema especial, como división del trabajo legislativo y ejecutivo, como situación privilegiada para los diputados. Sin instituciones representativas no puede concebirse la democracia, ni aun la democracia proletaria; sin parlamentarismo, sí puede y debe concebirse, si la crítica de la sociedad burguesa no es para nosotros una frase vacua, si la aspiración de derrocar la dominación de la burguesía es en nosotros una aspiración seria y sincera y no una frase "electoral" para cazar los votos de los obreros, como es en los labios de los mencheviques y los social-revolucionarios, como es en los labios de los Scheidemann y Legien, los Sembat y Vandervelde.” (p. 28)

Si se sigue el Modelo de Comuna leninista de manera coherente y estricta para justificar su particular visión de la “Dictadura del proletariado” en “El Estado y la Revolución, entonces la división de poderes entre poder legislativo y ejecutivo deben desaparecer, así como el papel pluralista de los partidos políticos. Salta a la vista que se trata de formas y contenidos incompatibles con el actual sistema político-constitucional vigente en Venezuela.

Pequeños ejercicios de reflexión teórica como éste, pueden dar cuenta de múltiples desvaríos que aparecen en la alta dirección política de la revolución bolivariana, que fueron patentes en el diseño del motor constituyente referido al proyecto de Reforma Constitucional, así como otros aspectos que se plantean, en el propias directrices acerca de la transición hacia un modelo de socialismo bolivariano, que aun carece de una estructura teórica definida en sus aspectos sociopolíticos y socioeconómicos, y que tiende a identificarse con los modelos de socialismo burocrático elaborados por la ortodoxia bolchevique y la constelación ideológica marxista-leninista.

Para nadie es un secreto la exaltación permanente que realiza Chávez de la revolución cubana, sin matices ni variantes de crítica a sus rasgos políticos, sin considerar diferencias específicas y particularidades de cada uno de los procesos históricos, de sus modelos políticos y constitucionales. La izquierda mundial, con sus diversas corrientes, sigue debatiendo su posición ante la realidad interna de la revolución cubana, como no discute la condena sin ambigüedades al bloqueo imperialista. Esto no impide realizar críticas a aspectos del proceso cubano en materia de derechos civiles y políticos, en aspectos de su modelo político, de sus esquemas de planificación económica, o en la caracterización de las diferencias específicas de los modelos constitucionales de Cuba, Bolivia, Ecuador y Venezuela, por ejemplo.

Si Cuba es un modelo a seguir, como ha sugerido en alguna ocasión Chávez, entonces hay que plantear y debatir abiertamente bajo que condiciones y desde cuáles aspectos. Desde nuestro punto de vista, más que “modelos a seguir”, el proceso venezolano tiene el reto robinsoniano de los “modelos a construir”, del “Inventamos o Erramos”.

Un trasfondo de premisas, presupuestos e implicaciones no debatidas sobre las ideas de Socialismo se plantean como directivas, generando confusiones y lo peor, seguidismos ideológicos automáticos. El razonamiento es: “si lo dice Chávez, el Comandante, tiene razón”. Pero lamentablemente, hay malas noticias para los segmentos calificados como hiper-chavistas, o quienes son proclives defensores de una variante del mito cesarista progresivo, de acuerdo a Gramsci, o de la lealtad automática a la palabra del Líder: El asunto sobre la construcción de modelos de socialismo es menos simple que seguir automáticamente directivas ideológicas del Comandante, es poder reconocer si el debate teórico es consistente, riguroso y medianamente sustentado, si existe un balance de inventario crítico sobre las experiencias del socialismo burocrático, si se valora adecuadamente las luchas por la democratización para el proyecto socialista, si existe una adecuada mediación entre Constitución Nacional y proceso revolucionario, o si se trata de de simples programaciones ideológicas en la relación Líder-Partido, basadas en la identificación con el mito político.

Con Mariátegui, no descartamos el papel del mito revolucionario, pero si cuestionamos que la construcción del socialismo sea descartando las luchas democratizadoras y el papel de las libertades sociales e personales, como espacios que deben ser ampliados en un proyecto de liberación. Lo que hace falta es mucho debate, mucha polémica y la más profunda deliberación, antes que seguidismo ideológico, antes que “calcos y copias”. Pues hay formas inéditas de construcción crítica y creativa de la democracia socialista, que no pasan dogmática ni doctrinariamente por el “Estado y la Revolución” de Lenin, ni por adaptar modelos políticos de las experiencias del socialismo burocrático y los regímenes de partido único.

Más que recomendar una lectura de un autor, sería conveniente referirse a un debate de ideas entre autores y enfoques diversos, a un debate entre corrientes que solo la deliberación democrática llevara a una agenda de decisiones colectivas. Es en prácticas teórico-políticas de intervención, reflexión, debate, polémica y profunda deliberación donde se juega el futuro de la revolución democrática y socialista en Venezuela.

Es en el debate democrático y revolucionario donde se abre la posibilidad de construir prácticas de democracia socialista que desplieguen las posibilidades del Estado Democrático y Social, sin necesidad de caer en graves inconsistencias, que al fin y al cabo le dan peso a los argumentos de los adversarios.

El asunto es salir de los atolladeros de las experiencias históricas del socialismo burocrático, no entrar a ellos. El asunto es que por la vía de la replica del colectivismo oligárquico, lo que se perfila son derrotas políticas y electorales. Si se tratara de debates teóricos argumentados, solo bastaría revisar atentamente los argumentos expuestos en al menos las siguientes referencias (sin necesidad de excluir otras):

1) Bahro, Rudolf (1977): La alternativa. Contribución a la crítica del socialismo realmente existente, Madrid, Alianza Editorial.

2) Dussel, Enrique (2006): Veinte Tesis de política, México, Siglo XXI.

3) Miliband, Ralph (1997): Socialismo para una época de escépticos. México: siglo XXI.

4) Poulantzas, Nicos (1979) Estado, poder y socialismo. Siglo XXI. Madrid.

5) Schaff, Adam (1983). El comunismo en la encrucijada. Barcelona: Crítica Grijalbo

6) Umberto Cerroni (1976) Teoría política y Socialismo. México, Ed. Era contemporánea.

Pero se trata además de impugnar el seguidismo ideológico a la palabra del Chávez. Pues si Chávez se equivoca, porque es humano y falible, la instrumentalización de una masa pasiva y obediente también cobra las consecuencias de seste fenómeno de infantilismo político. No profundizaremos en temas de psicología social y política, pero el estilo de liderazgo requerido para momentos de creatividad ético-cultural, instituyente, política y para la crítica radical y revolucionaria, es un liderazgo con una pedagogía política democrática y libertaria.

Por otra parte, de una revisión analítica y crítica de estos textos, queda claramente descartada la interpretación leninista de la Comuna marxiana, que ciertamente se refería a un “socialismo revolucionario” (aunque Marx no descartó a priori las vías pacíficas, legales y evolutivas en algunos países en sus textos), pero sobre todo, consideró en su momento y circunstancia histórica como “radicalmente democrático”.

La preocupación Leninista por justificar una línea de acción política apelando a cierta lectura de Marx es parte de una estrategia retórico-ideológica para construir una particular codificación marxista en el contexto de la lucha de tendencias en el campo revolucionario ruso y europeo.

Pero, las lecturas dogmáticas que apelaron a citas de autoridad, mostraron su radical incompetencia para enfrentarse al devenir cambiante de las realidades históricas, más aún cuando operaron selectivamente sobre una muestra de textos de Marx, sin contrastar la totalidad de su obra teórica, documental y epistolar, requisito mínimo para asumir al menos, la impostura de hablar en nombre de la palabra verdadera y de las intenciones políticas de Marx. Por alguna razón poco profundizada, Marx descartó autorizar a hablar a otros en su nombre, hasta el punto de decir: “Yo no soy marxista”.

La conclusión provisional hasta ahora es que hay que repensar la forma y carácter del Estado democrático y social, participativo y protagónico, de derecho y de justicia, para abrir los espacios a los consejos del poder popular y las comunas, sin necesidad de recaer en el modelo estatista autoritario del socialismo burocrático.

III.- ¿UNA NUEVA INTERNACIONAL SOCIALISTA MARCADA POR EL EURO-CÉNTRISMO?


El hecho de que Hugo Chávez emplee el sintagma “revolución bolivariana” como elemento esencial del proyecto, que a ha sido acompañado por diversos complementos circunstanciales; como “cercanía con la Tercera vía”, “nacionalismo radical”, “segunda independencia” y el más reciente, “Socialismo del siglo XXI”, traza una genealogía libertaria, contra el coloniaje, que en la actualidad deja de estar en manos de la oligarquía del dinero, de grupos criollos que controlan los recursos en las metrópolis urbanas, y que consideran el paradigma euro-céntrico y los ideales de mentalidad norteamericana como el modo de vida deseable y legítimo.

Chávez no solo retoma el legado de desigualdad y exclusión social de las clases subalternas, sino además la herida colonial sobre mestizos, mulatos, zambos, indígenas y negros, marcada por el racismo y la negación cultural. No es casual que se identifique con el indo-socialismo, mencione a Mariátegui, y que profundice su conexión con los sectores populares en los espacios rurales del país.

Sin embargo, no existe una articulación explícita del imaginario socialista planteado con las elaboraciones intelectuales del anti-colonialismo de los países del Sur. Para decirlo con metáforas del filósofo Briceño Guerrero, el “discurso segundo europeo” todavía domina y controla al “discurso salvaje”.

Existe un debate sobre el quiebre de la modernidad euro-céntrica, al igual que una contestación al globalismo neoliberal. Sin embargo el debate de superación del socialismo burocrático del siglo XX es escaso, convertido en tema tabú, y generalmente asumido tímidamente. Las opciones de descolonización en el seno del imaginario crítico socialista deben distanciarse radicalmente de los totalitarismos derivados de la política y la economía de la modernidad, de derecha e izquierda, de los despotismos del colectivismo oligárquico. El monolitismo ideológico se opone al multiverso de corrientes pluri-étnicas y pluri-culturales, e incluso afecta la propia concepción de la democracia socialista.

Si existe un aspecto poco debatido de las Internacionales de Izquierda anteriores es la asunción típicamente moderna y occidental de la problemática de la experiencia colonial, como colonización territorial así como coloniaje político-cultural. Hoy sabemos que al igual que en el sistema Centro/Periferia, pensar en la producción histórica del subdesarrollo es una consecuencia y contra-cara de las prácticas, políticas e imaginarios del desarrollo.

Así mismo, es imposible pensar en la constitución histórica de la Modernidad euro-norteamericana hegemónica sin comprender la experiencia de la Colonialidad. Hoy es debatido como la Modernidad es el nombre del proceso histórico en el que Europa, y luego los EE.UU, iniciaron el camino hacia la hegemonía imperial del capitalismo.

El Imaginario socialista hegemónico, es tributario de las formaciones ideológicas del sistema moderno: a) el conservadurismo, b) el liberalismo, y c) el marxismo, pero encubre el papel constitutivo en este proceso del d) colonialismo (Cesaire dixit) y su matriz colonial de poder. Hay que ir más allá de las premisas euro-céntricas de Marx-Engels, del “materialismo histórico” o de la socialdemocracia reformista, si se pretenden construir imaginarios críticos de justicia social, alteridad, democracia y emancipación, que incorporen una sensibilidad distinta a la dialéctica de civilizaciones, culturas y naciones (Abdel-Malek), o a lo que actualmente se define como pluriculturalidad e interculturalidad.

Cuando se habla del Socialismo-siglo XXI, ¿cuál es su relación con el debate sobre la crisis de la modernidad euro-céntrica? No hay nuevo socialismo desde el neo-desarrollismo ni desde la recolonización del imaginario nacional-popular por una “izquierda ilustrada”, pues tanto el coloniaje como la catástrofe ecológica están directamente vinculada a esta visión hegemónica.

No hay opciones para nuevos socialismos no coloniales dentro del callejón modernidad/posmodernidad en clave euro-céntrica. Tanto como la explotación económica, la coerción política, la hegemonía ideológica y la exclusión social, hay que prestarle atención a fenómenos de segregación y negación cultural.

Existen múltiples ejes de dominación/conflicto en el patrón mundial de poder que exhibe el régimen metabólico del capital: luchas contra el patriarcado, contra el racismo, contra el etnocentrismo, contra la exclusión y la desigualdad social, contra la explotación y sobre explotación en las formas de control del trabajo, contra el autoritarismo institucional, contra la dominación política, contra la vulneración de derechos humanos fundamentales.

Tal como lo conocemos históricamente, a escala mundial, los estados de dominación definen espacios heterogéneos y jerárquicos constituido por una malla de relaciones sociales de explotación/dominación/conflicto articuladas, básicamente, en función y en torno de la disputa por el control de los siguientes ámbitos de existencia social: (1) el trabajo y sus productos; (2) la “naturaleza” y sus recursos de producción; (3) el sexo, sus productos y la reproducción de la especie; (4) la subjetividad y sus productos, materiales e intersubjetivos, incluido la lengua legítima y el conocimiento; (5) la autoridad y sus instrumentos, de coerción en particular, para asegurar la reproducción de ese patrón de relaciones sociales y regular sus cambios.

Las formaciones y dispositivos de poder/control regulan lo que en los textos clásicos del marxismo se consideraban las relaciones de producción y sus correspondientes fuerzas productivas. Mientras las revoluciones marxistas pretenden modificar las relaciones de producción capitalistas, suponiendo que el resto de sobre-estructuras políticas, jurídicas, religiosas y formas de conciencia social se van modificando en correspondencia, las revoluciones de las matrices coloniales de poder implican intervenir en cada uno de los espacios de dominación/conflicto/explotación. De allí que se trate de revoluciones democráticas para la socialización del poder social, material y simbólico, que rebasan las revoluciones marxistas clásicas.

El socialismo-siglo XXI (para no entrar en las estériles polémicas autorales sobre si es “del”, “en” o “para”) requiere abordar estos ejes de dominación, conflicto y antagonismo social, atendiendo a la nueva sensibilidad por las diferencias y las diversidades. Todavía hay quienes aún suponen que todo esto se reduce a “lucha de clases”, pero no es así.

El nuevo socialismo requiere abordarse desde múltiples “motores históricos” de dominación/subordinación, conflicto y antagonismo, para usar la metáfora mecanicista marxiana del “motor de la historia”. Nadie puede encubrir hoy, por ejemplo, la sobre explotación del trabajo doméstico de las mujeres. Como tampoco debe encubrirse la destrucción ambiental de las lógicas neo-desarrollistas en la explotación intensiva de materias primas para el mercado mundial. Ni la discriminación homofóbica o de orientaciones sexuales no reconocidas, estigmatizadas y criminalizadas. Tampoco puede encubrirse la explotación de patronos públicos o privados de la clase trabajadora. Ni el uso de pedagogías autoritarias en el espacio escolar, ni la manipulación tecno-mediática de los grandes poderes informacionales. Ni la presencia de la tecnocracia o la burocracia en el espacio de decisiones sobre políticas públicas. Tampoco las demandas por la calidad de vida o por el acceso a elementales servicios de agua potable o infraestructuras de transporte u otros servicios públicos, ni la nutrición adecuada, el costo de bienes esenciales, o un sistema de seguridad social y pensiones. Son múltiples las demandas para un buen-vivir que es centro de preocupación del socialismo.

Pero no hay que descartar que se ha superado el racismo, la negación de las culturas indígenas originarias o la afro-negritud. Si son las demandas del pueblo, de los de abajo, de la multitud, cuya composición social, étnica y de clase es diversa, las que pretenden articular una política socialista, no se puede ser reduccionista. Se trata de la superación conjunta del racismo, el patriarcado y del sexismo, del clasismo y del etnocentrismo. Para además comprender que sin ecología política cualquier socialismo será una nueva versión de la falacia desarrollista que reforzará círculos destructivos que derivan en la catástrofe ambiental.

Con la crítica al socialismo euro-céntrico se trata de impedir que el proyecto de emancipación reproduzca en su seno las lógicas de opresión social, jerarquización y negación cultural producto de los diferenciales de poder, de la sedimentación de nuevos estados de dominación. Por ejemplo, todavía hoy el espíritu revolucionario sigue estando bajo la tutela del imaginario jacobino francés como si fuese el único paradigma revolucionario.

Muchos ocultan que Marx y Engels fueron extremadamente críticos con el jacobinismo, en su forma de blanquismo. En la polémica de Rosa Luxemburgo con Lenin aparece este matiz del debate. Seguir en calco y copia el leninismo político es asumir una variante de izquierda del jacobinismo, y esto tiene graves consecuencias en la construcción de la democracia participativa y protagónica.

Los seguidores del jacobinismo en América Latina siguen reproduciendo las falacias del “elitismo revolucionario”, del “vanguardismo”, de una “democracia dirigida” y de una “revolución desde arriba”. No es casual que sea necesario releer a Paul Mattick en su análisis crítico del jacobinismo y del debate entre Rosa Luxemburgo y Lenin, para dar cuenta de los errores políticos del “elitismo revolucionario”. Pero también hay que leer a Cesaire, Fanón o Cabral en su análisis del colonialismo, para una política que supere una visión de “izquierda” que se autodefine aún por su localización en la Asamblea Francesa, y no por su localización geo-histórica y geo-cultural en el cuadro de relaciones de dominación colonial mundiales. Tiene los pies aquí, pero la cabeza allá. Son los espíritus ideológicos de la izquierda euro-céntrica los que controlan sus lenguajes, discursos e imaginarios del cambio social.

Percibiendo la naturaleza cada vez más racista y etnocentrista del globalismo neoliberal, habrá que recordar cada vez más entonces la contra-cara de la modernidad euro-céntrica: el colonialismo y el racismo. El famoso Manifiesto del Partido Comunista trataba del desarrollo de las tendencias del capital hacia una mayor integración del control del poder a escala mundial por medio de la explotación del mercado mundial, con la consecuente polarización social de la población del mundo, entre una minoría en el control de recursos, de riquezas y de poder, y una creciente mayoría expropiada y empujada a la pauperización material y psíquica. Conceptos como plus-valor relativo o absoluto, así como otros menos conocidos, como la depauperación psíquica, violencia simbólica y la cosificación subjetiva, producto de modalidades de alienación y plusvalía ideológica, siguen estando presentes en el sistema mundo colonial/moderno.

Pero es a partir de los trabajos que promueven la des-colonización de ideas, valores e imaginarios que es posible comprender aspectos de las matrices hegemónicas de poder, encubiertas por el pensamiento socialista clásico.

Las ideas del Manifiesto, ponen de relieve la centralidad del eje de la “clase social” sobre otros ejes de dominación, jerarquización y desigualdad. Pero la dominación cultural y el racismo han estado a la vez presentes en la matriz colonial del poder. De este modo, se encubría que el “sujeto de clase” en Marx es fundamentalmente blanco, masculino, europeo y adulto. Quedaban excluidos y excluidas de esta mirada, al menos una tercera parte de la población dominada, discriminada y oprimida del sistema mundial. Era necesario considerar no solo el proletariado europeo, sino el proletariado externo, así como las proletarias domésticas para dar cuenta de nuevos ejes de dominación/subordinación.

A partir de los años 70, el globalismo neoliberal constituyó una vasta contrarrevolución que reconfiguró el poder mundial en el capitalismo, conducida bajo la hegemonía del capital financiero y los territorios centrales, lo que produce la tendencia a la creciente reducción de los márgenes construidos en el Estado Social europeo de “igual representación política de desiguales intereses sociales en el Estado”. Se trataba de un Estado representativo que reproducía sin embargo, la desigualdad, la jerarquización social y la violencia simbólica. Con el neoliberalismo, de los ideólogos del Estado de compromiso social pasamos a los ideólogos del Estado mínimo, del Estado neoliberal-reprivatizado.

En América Latina, también se dio en los años 80 una auténtica contra-revolución neoliberal y la reprivatización del control del Estado en manos de los núcleos burgueses y oligárquicos más globalizados y trasnacionalizados. Los procesos de democratización/nacionalización, que eran avances parciales en el mismo régimen del capital bajo una modalidad menos excluyente del Estado capitalista (como el Estado de compromiso nacional-popular o los llamados “populismos históricos”), fueron revertidos por procesos de privatización/desnacionalización.

En Venezuela, los planes de ajuste estructural y estabilización (el gran viraje neo-liberal de CAP II), así como la Agenda Venezuela (Caldera-Petkoff), terminaron siendo el blanco de ataque de un nuevo proyecto de democratización/nacionalización: la Agenda Alternativa Bolivariana. Sin embargo, pocos han enfatizado que la ofensiva neoliberal en Venezuela constituyó el desmontaje del proyecto social-democrático y nacional-popular del capitalismo con justicia social, y bajo el sistema populista de conciliación de elites del pacto de punto fijo, que se proyectó en la propia constitución de 1961.

La asunción del proyecto de modernización neoliberal por parte de AD y COPEI, así como sectores del MAS, disloco el imaginario democrático con justicia social de amplias capas de la población que se incorporaron al proceso popular constituyente.

De la Agenda Alternativa Bolivariana al Primer Plan Socialista Simón Bolívar, media un proceso de re-configuración de la narrativa de emancipación de la revolución bolivariana. La interrogante es si el “Socialismo Bolivariano” reproducirá las limitaciones del socialismo euro-céntrico, o si simplemente seguirá el carril de los movimientos nacional-populares como el Cardenismo, el Peronismo o el Velasquismo.

Hoy esta ampliamente debatido que la idea de desarrollo del “materialismo histórico” todavía dependía de la falacia desarrollista presente en la filosofía de Hegel. El futuro comunista era un momento de superación de contradicciones de las fases anteriores. El etapismo mono-cultural era un rasgo del eurocentrismo. Pocos conocen las expresiones racistas de Kant y Hegel, y de las referencias más citadas del liberalismo europeo (Locke, Hume o Montesquieu por ejemplo). No solo se trataba de las posiciones explícitamente racistas de Gobineau, Chamberlain, Glumpowicz o Rosemberg, hasta llegar al mito racial del nazismo alemán. Se trata del racismo ligado a la Ilustración europea, presente incluso en debates y resoluciones de delegaciones socialdemócratas, laboristas y marxistas en Europa.

Como ha enfatizado Aníbal Quijano, para Marx y Engels se abrían grandes dilemas: ¿Entre el evolucionismo euro-céntrico o la heterogeneidad histórico-cultural del mundo? En el Manifiesto se establece, desde la partida, una distinción neta entre la Europa del capital y el mundo del capitalismo: el fantasma del comunismo recorre Europa, no el resto del mundo. Marx y Engels confiaban en que "la supremacía del proletariado hará que esas diferencias (nacionales) se desvanezcan aún más rápido", por otro lado, se estampa que "la unidad en la acción, por lo menos en los países más civilizados, es una de las primeras condiciones para la emancipación del proletariado". Los países “más civilizados” mostrarían el proyecto de futuro a los que vivían en la “barbarie” y el “salvajismo”. Es lo mismo que dictan hoy, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, quienes a través de dispositivos de violencia simbólica dictan los parámetros de la vida buena, justa y bella para todo el planeta.

También Marx y Engels, como Sarmiento, hablaban de “civilización” y de “barbarie”. Su visión de las relaciones entre Europa y el resto del mundo no dejó de ser prisionera de una perspectiva euro-céntrica del coloniaje, a pesar de las posiciones maduras del propio Marx, ampliamente ignoradas por el llamado movimiento comunista internacional. Modernidad, modernización y desarrollismo se compartieron en amplios segmentos de la izquierda marxista. Las cuestiones de raza, de etnocentrismo, de la heterogeneidad cultural e histórica de lo que se articulaba en el capitalismo mundial, entre otras, ingresaron de modo tardío, parcial y finalmente irresuelto en el debate marxiano del conocimiento y de la praxis política.

Ahora bien, ¿qué piensan los delegados del PSUV y el resto de “partidos de izquierda” venezolanos sobre estos asuntos? Estos debates pudieran ser irrelevantes, si no tomáramos en cuenta el llamado de Chávez a organizar una “V Internacional Socialista”.

La respuesta previsible del Partido Comunista de Venezuela (PCV) sigue amarrada a una concepción etapista del marxismo soviético, que terminará por argumentar, a modo de Stalin, sobre la existencia de cinco (5) modos de producción que siguen una sucesión lineal determinada. La conclusión política es seguir llamando a un Frente Antiimperialista, pues estamos en una fase de liberación nacional. Se insiste en separar tajantemente la etapa de la liberación nacional de la etapa de la construcción del socialismo.

Viejas polémicas derivadas de la codificación marxista-leninista ortodoxa siguen vivas. Los lenguajes, discursos e imaginarios siguen atrapados en los mitos políticos de la Modernidad occidental. Por ejemplo, la fe ciega en el concepto de “desarrollo de las fuerzas productivas”, encubre la ignorancia sobre el debate de la ecología política y la teoría crítica del capitalismo de organización.

Es patético el acervo de la reflexión teórica-crítica luego del colapso del socialismo burocrático, pero de esto no se salvan ninguna de las formaciones de la izquierda venezolana. Una izquierda que no asimiló ni la Conferencia de Bandung, ni razones de fondo del conflicto Chino-Soviético, ni la crisis del campo socialista por las intervenciones en Hungría, Checoslovaquia y Polonia, que no comprendió la coyuntura del 68 en la crisis de la filosofía occidental, ni el colapso del socialismo real: ¿Estará preparada para inventar y crear heroicamente el socialismo-siglo XXI?

No es una debilidad exclusiva del PCV, sino de la sub-cultura de izquierda de aparato de todo el archipiélago de sectarismos en los que se definió la izquierda histórica venezolana a partir del tronco del PCV, AD y URD, y en menor medida de la izquierda cristiana. Lo cual indica que el nuevo socialismo en Venezuela tendrá que esperar largos procesos de desprendimiento de las herramientas epistemológicas con los cuales se ha pensado como “vanguardia” no solo política, sino para la conquista del liderazgo ético-cultural e intelectual del país.

En gran medida, existe de fondo una profunda crisis de consistencia teórica en el “pensamiento revolucionario venezolano”, que es compensada por la crisis de legitimación de los partidos del sistema de punto fijo, como por retóricas y discursos doctrinarios, sin diálogo ni polémica actualizada con la agenda de debates en los espacios de producción de conocimientos y saberes implicados con intereses para la emancipación. Se trata de una desconexión casi natural entre la burocracia del aparato político, y los espacios de pensamiento crítico, que coloca la voz del nacionalismo radical, popular y antiimperialista de Chávez en un lugar de enunciación privilegiado.

Un marxismo heterodoxo, crítico, abierto es aún débil e insuficiente. Y para colmo, no basta la des-dogmatización del marxismo. Incluso ante tal estado, algunos suponen que solo basta con traer “cuadros intelectuales, técnicos o científicos”, de partidos como el chino o el cubano para superar estas debilidades. Pero esto complica más el problema, pues no es un trámite burocrático el que permitirá la construcción de pensamientos críticos y creativos socialistas para Venezuela. Se requiere una plataforma de teorias críticas y enfoques contra-hegemónicos.

La soberanía cognitiva en el campo revolucionario no se solventa con una suerte de sustitución de importaciones de mercaderías ideológicas. Aprender a pensar críticamente desde Venezuela para construir los rudimentos de otro socialismo, esto no viene empaquetado.

Hace falta descolonizar el pensamiento crítico socialista. Incluso descolonizar el imaginario socialista, si no se quieren reproducir las frustrantes propuestas políticas del socialismo burocrático, del estatismo autoritario o del colectivismo oligárquico.

El colapso del socialismo realmente inexistente, con su propuesta de estatización de la economía y la total centralización del poder político en el Estado, fueron los instrumentos estratégicos que el propio Manifiesto Comunista propone como el punto de partida de la revolución comunista. La trayectoria de revolución de la sociedad hasta su conversión en una sociedad comunista fue pensada desde la Estadolatría, aspecto que el pensamiento libertario y el socialismo autogestionario, colocaron sobre la mesa de debate.

Como ha planteado Bahro en su crítica del “socialismo realmente existente”, muchos marxistas dogmáticos podrían pasearse por las líneas de “Estatismo y anarquía”, de Bakunin para comprender los puntos ciegos del socialismo burocrático. Pero no pidamos tanto. Basta revisar la tradición del Comunismo de Consejos, pasearse por la polémica de Rosa Luxemburgo con Lenin, para encontrar allí que la burocratización y la centralización del poder llevarían a la “dictadura del partido sobre el proletariado”.

A contracorriente de lo que piensan muchos burócratas del PSUV, no es el “marxismo libertario” ni el “comunismo democrático”, ni las llamadas corrientes “anarquistas”, las que hay que tratar como desviaciones peligrosas, sino a los verdaderos factores de entropía de la revolución bolivariana: los arribistas, los oportunistas, los simuladores del socialismo y los corruptos que se encubren detrás de la designación de delegados.

¿Cuántos miembros de la dirección ampliada del PSUV podrían públicamente otorgarnos más de 30 minutos de su visión del “socialismo bolivariano”, sin repetirnos las tesis asociadas al “socialismo euro-céntrico”, los manuales soviéticos o la exaltaciones acríticas del socialismo cubano?

Cuando uno escucha a Chávez dictar línea teórica, política, moral y gubernamental, uno no deja de enfatizar que estamos frente a un partido carismático de masas (como todo carisma que se respete), frente a los peligros no de la “cúpula” de un buró político, ni el “cogollito” de un comité central, ni a los eufemismos del “hiper-liderazgo”, sino al estricto sentido del “cesarismo progresivo” evocado por Gramsci, nacional-popular y todo, pero cesarismo al fin.

Llámese Bonapartismo o Cesarismo, ambos son subespecies de personalismo político, del momento del Lider frente al momento de la participación popular, de debilidad estructural tanto de las formas de mediación política partidaria, como del escaso papel e iniciativa de los movimientos sociales y populares. Pero cesarismo y democracia socialista son como agua y aceite, su mezcla genera más heterogeneidades y nuevas contradicciones.

La ausencia de protagonismo popular, incluso de voceros directamente involucrados en la politización de las clases trabajadoras, en la dirección política, intelectual y ético-cultural es compensada por un líder popular fuerte. Eso está claro. Pero es preocupante la segunda línea, el llamado “Estado mayor político” de la revolución bolivariana, el entorno político inmediato a Chávez. Si uno lee con atención, por ejemplo, la reciente entrevista dada por Müller Rojas, y su planteamiento sobre la presencia de “alacranes”, surgen inevitables inquietudes. Más aún, en el contexto de la ofensiva imperial que es mucho más seria de lo que se supone, y mucho más cuando en Venezuela “mandar obedeciendo al pueblo” significa básicamente “mandar obedeciendo a Chávez”.

Enquistar la tesis del Comandante-Partido hegemónico-Frentes de masas es una mala copia de la centralización política del bonapartismo presente de modo emblemático del castrismo cubano, trayectoria ajena a una radical socialización política que promete un proyecto de democracia socialista. la amquinaria propagandística de la revolución girara entonces en la inquietud por la posibilidades del magnicidio, y por el clima de sentido de convertir a Venezuela, en una fortaleza socialista asediada. En ese contexto cualquier crítica puede ser leída como traición.

Aun así, es necesario ejercer formas radicales de pensamiento crítico socialista sin “bozales de arepa”, sin necesidad de aspirar a cargos, prebendas ni privilegios. El esquema político dominante, tan consustanciado con la adulación palaciega, impide que se hable sin medias tintas de todo esto. Pero si uno analiza el camino largo, tedioso, lleno de tragedias del movimiento popular venezolano, de sus corrientes históricas más auténticas en la conquista de una sociedad de liberación, justicia y alteridad, de sus esperanzas de base por la socialización radical del poder, por la democracia participativa, por el proceso popular constituyente, por la poder efectivo de la multitud popular, uno plantea que por el camino del cesarismo progresivo será muy difícil construir la democracia socialista.

Tampoco se trata de plantear pragmáticamente una dirección colectiva convertida en un buro político o en un nuevo comité central del “frente anti-imperialista”, como aquel que justificó el ineficaz Comando Político de la Revolución, tan presto a la repartición de cargos y cuotas de poder.

El asunto es si de verdad se quiere cuestionar como horizonte estratégico, la separación entre gobernantes y gobernados, no solo en las estructuras formales del Estado burgués, moderno y republicano, sino donde exista cualquier “estado de dominación”.

En Venezuela, todavía se apela a la palabra “disciplina”, cuando lo que busca es simple obediencia ciega a una directiva política. Con esta “sub-cultura cuartelaría”, el asunto es si en la línea de dirección política, que apoya inmediatamente a Chávez tiene claridad sobre una visión socialista radicalmente democrática.

Pueden despacharse estas ideas como anarquistas, anti-partido o infiltradas por la CIA. Pero el socialismo desde abajo es algo distinto a la programación ideológica sedimentada por décadas de cultura de izquierda estalinista, por neo-desarrollismos o por el enigma populista del “hiper-chavismo”. En medio del torbellino de contradicciones, uno espera que se asomen rostros y voces que apuntalen la democracia socialista en diferentes espacios de poder y del Estado. Pero hasta ahora, el “modelo socialista” se asoma como estatismo económico, centralización y concentración del poder político, presencia del partido hegemónico y la escatología de manual soviético. Todos estos rasgos asemejan a lo que el comunista crítico español Manuel Sacristán llamó: estalinismo.

Así mismo, mucho se habla del bicentenario de la independencia para reforzar los fundamentos geo-históricos de cada uno de los mitos políticos nacionales de “Nuestra América”, frente a la agresión imperial y sus “destinos manifiestos”, reafirmar el papel de los Libertadores en estos acontecimientos, entre ellos el papel central de Simón Bolívar.

Pero no se olviden los levantamientos indígenas, las revueltas negras, las rebeliones populares, las luchas feministas, ni a la revolución social radical mexicana, ni las vanguardias estéticas, ni las insurgencias epistémicas, ni las teologías liberadoras, tampoco los movimientos estudiantiles, ni las insurrecciones obrero-campesinas, ni las conquistas de las revoluciones democratizadoras.

Es desde abajo que se observan de otro modo los mitos de dominación política, como complejos de resistencia, negociación y dominación. Lo mismo ocurre, con la revolución bolivariana, que solo los promotores del mito cesarista-populista o de los esquemas de mediación política del castrismo cubano han transformado en “revolución chavista”.

Desde nuestro punto de vista, el asunto será otro, ¿Cómo avanzar en la socialización del poder social, en la radical democratización y contestación de las relaciones de dominación en todo este complejo y heterogéneo proceso de conflictos sociales? ¿Cómo se construye liberación, justicia, democracia y alteridad más allá de la mala copia de los “partidos de izquierda”, con su anclaje en la Revolución Francesa y sus exaltaciones jacobinas?.

Las ideas de Simón Rodríguez siguen siendo subversivas: quería que el género humano aprendiera a gobernarse, no que se acostumbrara a que lo gobernaran. Probablemente, Samuel Robinson seria descalificado como un “anarquista” en el seno de la burocracia política del PSUV. Hoy aymaras y quechuas saben lo que significa Pachakuti, y la revolución bolivariana venezolana necesita internamente un Pachakuti.

La esperanza de emancipación radical, se mueve en los entretelones de muchas simulaciones revolucionarias, incluyendo la apelación a V internacional socialista, que puede terminar pareciéndose a las iniciativas que llevaron a la Conferencia Tricontinental de 1966 y a la hegemonía castrista sobre la OLAS en 1967.

Pero los pueblos esperan por otros socialismos no euro-céntricos ni estado-céntricos. Después de 150 años, hoy tenemos una conciencia más clara de las opciones alternativas al eurocentrismo en la producción del conocimiento. También hoy, hay más clara conciencia de las tendencias que en la propia dinámica contradictoria y heterogénea del capitalismo llevan a la reconstitución de la comunidad y de la reciprocidad en la lucha contra la explotación, la dominación, la discriminación.

En momentos de mayor triunfo del sistema capitalista moderno-colonial en el mundo, el fantasma del otro comunalismo, distinto del comunismo moderno vuelve a ser visible. Un comunalismo transmoderno, con énfasis en la reciprocidad y el poder constituyente, democrático, de la multitud popular.

Podrá haber exaltaciones a líderes populares, a partidos de izquierda, a nuevas internacionales socialistas, pero desde abajo el asunto es otro: ¿Somos menos explotados, menos oprimidos, menos dominados que hace 500 años? Allí se juega la actividad de la multitud popular en proceso de emancipación. El espectro que se hace pesadilla en la mente de los opresores sigue siendo el mismo: ¿Y si cooperan autónomamente sin necesidad de ser obligados, sin necesidad de obedecer, sin necesidad de dominadores?

El Socialismo no euro-céntrico incluye muchas formas consejistas, muchas formas comunales, mucha autogestión, mucho autogobierno popular. Sin eurocentrismos ni estadolatrías. Pues una revolución democrática, descolonizadora, eco-política y liberadora es otra cosa distinta al socialismo euro-céntrico, al industrialismo, el productivismo, el consumismo y una “revolución desde arriba”.

En fin de cuentas, el socialismo de estado es una estafa a la esperanza de los pueblos, que luchan por construir democracias más profundas, sin necesidad de naturalizar ni codiciar la reproducción ampliada de las relaciones de dominación, explotación y negación cultural.

Como planteó agudamente Simone Weil, el asunto de fondo del socialismo es un asunto de forma de vida, es optar entre la opresión y la libertad, entre la violencia y la ternura. ¿Será posible?


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

 jbiardeau@gmail.com      @jbiardeau

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