Un hombre llamado Moralito

Debió tener unos 7 años cuando tuvo el sueño. En él se veía vistiendo uniforme militar con prestancia y viendo hacia el cielo, como pulsando la altura a donde quería llegar. No hay muchos moralitos perdidos en las calles. No los hay. Yo conocí a uno un día en que había perdido mi ruta. Él también. Nos abrazamos sin conocernos mucho, y a una sola voz entonamos dos estrofas del poema de Antonio Machado:

Caminantes, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se hace la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

    Cuando volvimos a hacer normales, Moralito me invitó a tomarnos un café.  En el caminar me soltó: “¿Qué sabes tú de la vida? Tienes bojotes de años menos que yo, pero pienso que debes saber muchas cosas de la vida”. Cómo me quedé pensando lo que debía responderle, entonces, me tomó la delantera como con ansias de qué lo oyera, o se oyera el mismo: ¿Has leído algo de Viktor Frankl? Me supongo que sí. A ti siempre te han gustado los libros… Allá, más allá del pueblo de Magdaleno, montado sobre la cima de la isla del Burro, te veía siempre con un libro en la mano. Era que teníamos tiempo de sobra para leer, y tú aprovechabas tu tiempo. Pues, bien, no está de más recordar a este hombre, a Viktor Frankl. Él era psiquiatra, pero en la cárcel se hizo escritor. En la época del régimen nazista, lo mantuvieron  preso en diferentes campos de concentración, donde sufrió, como sufrían y morían todos los presos, o casi todos, pero él tuvo la “suerte” de sobrevivir, gracias a que le encontró un sentido a su vida. Yo leí su libro “El hombre en busca de sentido”, un buen libro. Es un libro corto de páginas, pero largo en eso de entender por qué estamos aquí, en el planeta. Él dijo, en alguna parte de su libro, algo así: “Lo que de verdad necesitamos  es un cambio radical en nuestra actitud frente a la vida. Debemos aprender por nosotros mismos, y también enseñar a los hombres desesperados que en realidad no importa que no esperamos nada da la vida, sino que la vida espera algo de nosotros. Dejemos de interrogarnos sobre el sentido de la vida y, en cambio, pensemos en lo que la existencia nos reclama continua e incesantemente. Y respondamos no con palabras, ni con meditaciones, sino con valor y la conducta recta y adecuada…”. ¿Qué te parece esas palabras de un hombre digno, como pocos?

    Asentí con la cabeza, mientras nos sentábamos. Habíamos llegado al café, sin darnos cuenta, sin hacer mucho camino, y sin volver la vista atrás. Quedé impresionado de la reflexión que me hacía llegar Moralito, el hombre que nunca uno termina por conocer… Y dejé por un momento de imaginar cosas, mientras hojeaba en mis carpetas de archivo buscando una respuesta al sentido de la vida de un hombre tan digno como el que más, pero cuya dignidad se esconde para no molestar a los pequeños seres, que los hay.

    Dijo un pensador, la vida sólo puede comprenderse hacia atrás, pero hay que vivirla hacia adelante. Y ese hombre llamado Moralito, desde siempre, ha vivido hacia delante. Buscando, encontrando, desechando, aprendiendo, y enseñando con su silencio. Alguien podría decir que ha enseñado con el ejemplo de su vida recta, y de una conducta intachable, ambas han pasado la prueba de la luz. Me atrevo a afirmar que nunca he escrito sobre un trozo de vida, como lo hago con la de Moralito. Entrevisté en dos oportunidades al Comandante Hugo Chávez, antes de subir al trono, es decir, al poder. Pero él se encontraba haciendo camino, mientras que Moralito ya lo había hecho a través de andar y andar, dejando solo las huellas impecables que  sólo dejan los hombres que aman a la vida y se someten a ella, a través del tras luz de un cristal que los hacen inmune a comentarios ponzoñosos, pero los engrandece en su vida interior. Estoy hablando, como ya ustedes lo saben, del Capitán de Corbeta Víctor Hugo Morales (Moralito). No es necesario decir el porqué del “Moralito”.  

    Los hombres toman decisiones y son responsables de sus efectos. No todos, lo asumen dignamente,  pero sí los que son como Moralito. El 2 de junio de 1962 sucedió lo que tenía que suceder. No había manera de que no sucediera. La cuerda estaba tan tensa que ya estaba por reventar. Por eso reventó el movimiento rebelde cívico-militar conocido, históricamente, como “El Porteñazo”. Allí estuvo presente Moralito, desde la madrugada del 2. Con su ametralladora al hombro lista para lo que fuera. Lo demás es historia. No es bueno llover sobre lo mojado porque se corre el riesgo de borrar lo que no se debe borrar. Basta con decir que el movimiento, bien intencionado, había muerto mucho antes de aquella madruga del 2 de junio de 1962.

    Afirman que el primer paso para avanzar en nuestra condición humana  y en nuestro crecimiento personal  es “reconocer e identificar lo  que no conocemos, los errores  y el  vacío de información de los que somos víctimas…”. Pero este proceso no sería tan afortunado sin un compromiso y una autenticidad socrática. Debemos ser auténticos. Únicos, si se puede. Desprovistos de autoengaño, o de falsos cliché. Hay un hombre de nuestros tiempos muy cerca de la perfección en materia de autenticidad: su nombre, Hugo Chávez Frías. Para ser autentico hay que no oír los cantos de sirena de los pequeños seres. Dicho de otra manera, para ser como Hugo Chávez no hay que tenerle miedo al ridículo. Ya que ser, de vez en cuando, un poco el hazme reír, es parte de la autenticidad.  Ser auténtico significa ser, en cada momento, uno mismo. Aceptarse como somos y aceptar a los demás como son.  Es tener el valor de ser el que cada día es, sin camuflajes. Es ser íntegro y sincero, sin tomar en cuenta modelos internos o externos, modas, tradiciones o creencias. Es aceptar y valorar nuestras capacidades, así como nuestras limitaciones. Es conocerse a sí mismo  y obrar según los dictámenes de nuestra conciencia. Ser auténtico es enfrentar las vicisitudes que nos repara la vida con mucho humor, pero con firmeza para tomar decisiones oportunas y transcendentales.    

    De pronto me encontré el mismo café con el mismo hombre. Con el mismo Moralito, pero ahora era yo quien tenía el mando en eso de preguntar y repreguntar. En lo de pensar íbamos a la par. Pues, ahora nos conocíamos mejor y sabíamos  más de cada uno. Para darle inicio a la conversación le pregunté algo elemental, para cualquiera que lo conociera bien, desde años, pero no para mí, que apenas terminaba de conocerlo. Capitán, ¿usted sintió miedo cuando a su alrededor se oían los llantos de los fusiles y ametralladoras, cargados de mensajes de muerte?

    —Uno en esas circunstancias ya no tiene miedo. El miedo estuvo horas antes de la acción. Es decir, antes de la madrugada del 2. En esos momentos  sí sentí miedo. No se había producido el primer disparo. Y caminaba de un lado a otro, como maniatado. Mientras mi corazón palpitaba más rápido de lo normal… Fueron instantes de angustia. Yo creo que todos mis compañeros se sentían como yo: nervioso, asustado y deseando que llegara la hora para terminar con aquel estado de descomposición. Recuerdo dos estrofas de un poema, cuyo autor he olvidado, y que leí al zar:

Sin miedo sientes que la suerte está contigo
Jugando con los duendes, abrigándote el camino,
Haciendo a cada paso lo mejor de lo vivido
Mejor vivir sin miedo

Sin miedo lo malo se nos va volviendo bueno
Las calles se confunden con el cielo
Y nos hacemos aves sobrevolando el suelo
Mejor así sin miedo

    —¿Es mejor vivir sin miedo?—Le pregunté a Moralito.

    —El miedo es bueno y es malo. Todo depende de dónde viene y hacia dónde va. En todo caso, todos hemos sentido miedo alguna vez. Le huimos, pero lo necesitamos. A mí me hizo bien sentir miedo antes del primer disparo. Preparó mi estado anímico para cuando llovieran las balas, sin preguntar a dónde iban a dar. Tal vez me dieran a mí.

    —¿No sintió miedo cuando se quedó solo en la Isla del Burro, una vez que nosotros salimos en libertad?

    —Todo lo contrario. Me sentí con un valor inesperado. Sentí que mi posición, mi entereza, mi indoblegable espíritu  servían para algo. Las autoridades pretendieron doblegarme, pero consiguieron hacerme más sólido, como el acero mismo.

    —Por cierto, ¿Cuál fue la razón por la cual usted no lo incluyeron entre los fugados del campo de concentración “Rafael Caldera”, o la isla del Burro, como se conoce popularmente, aquella tarde, ya para el anochecer, del 25 de diciembre de 1963?

    —Fue una mala jugada desde el interior. Es decir, alguien de mucho peso se opuso a que yo saliera en el grupo. Uno siempre se encuentra con “amigos” que son capaces de cosas como esa. Negándome la oportunidad de hacer que sucedan cosas por mi país.  Eso frustró no sólo mis ganas de libertad, sino el de poder incorporarme a la lucha dentro del territorio nacional. Eso para mí fue una pésima jugada que nunca pude comprender, menos olvidar.

    —¿Qué significa la patria para usted?

—Todo, todo. Es la madre de todas las madres. Gracias a Hugo Chávez, la palabra patria adquirió el peso y el significado exacto por lo que lucharon nuestros libertadores. Chávez dignifico la palabra, y, hoy, por hoy, suena diferente a lo que nos tenía acostumbrado en la IV República. La patria es el lugar donde hemos nacido o hemos sido adoptado, donde hemos crecido y donde hemos aprendido a amarla, por sobre todas las cosas. Decía Gustave Flaubert, “La patria, posiblemente, es como la familia,  sólo sentimos su valor cuando la perdemos”.

    —¿A qué cree usted que se debió su don para llevársela tan bien con la tropa, o sus comandados?

    —Siempre le di el valor que merecían como seres humanos que estaban cumpliendo con el sagrado deber de servirle a la patria. Me guiaban cuatro principios: 1) El respeto al hombre como tal, a su pareja y a su familia. 2) El respeto al momento de tomar la comida. Siempre respeté al máximo no sólo el lugar donde comía mi gente, sino el momento en sí. Nunca comprendí como se podía someter a la ignominia de castigar con trote a una persona que tomaba su alimento para sostener su vida.3) El respeto al descanso. También es un momento sagrado, que debe respetarse, pues se trata del descanso, donde el hombre se recupera de las actividades cotidianas. Y 4) El respeto  recíproco que debe existir entre el superior y el subalterno. El respeto es una de los valores más significativo para la convivencia entre un grupo humano, en cualquiera circunstancia.

    Cuando le pregunté sobre los hombres que más han marcado su vida, no dudó en decirme que Simón Bolívar era el primero. A través de sus hazañas guerreras había aprendido a amar a su patria, como su segunda madre. “Soy bolivariano de pura cepa. Un joven de 22 años que haya jurado no darle descanso a su brazo hasta ver a su patria libre del opresor, sólo se oye en los hombres héroes de  nacimiento. Bolívar nació siendo héroe. No tengo la menor duda, a pesar de lo que digan. Y el segundo fue Hugo Chávez Frías. Ese fue un gigante. Lástima que murió antes de tiempo. Sin embargo, la huella que dejó es imborrable. A quienes estamos vivos nos toca preservar su legado, a costa de lo que sea. Hugo Chávez, despertó a este pueblo, por siempre. Nunca más volverá a dormir, dejando que los traidores destruyan lo que nuestro Comandante edificó”.

Así habló un hombre llamado Moralito. Con una voz plena de tranquilidad y de paz. Con un mente llena de cuentos, historias y anécdotas. Con ese espíritu que sólo saben anidarse en hombres de verdad. Con esas ganas de seguir luchando por lo que cree. Con esa fuerza sólida y acerada. Como si fuera un cadete, o un alférez de Navío que comienzan a hacer camino al andar. Es del hombre que ya andó, que abrió camino, que dejó una huella, como guía para las nuevas generaciones de oficiales de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, del que me toca hablar.  Ahora me toca hablar a mí, sobre él. No es fácil, pero intentaré acercarme un poco a la talla del hombre que es este señor. No dice nada su tamaño, para el corazón gigante que posee. Serán, pues,  mis opiniones. Podré exagerar. Podré estar equivocado en algunas cosas. Podré “meter la pata”, pero, sólo la metemos quienes osamos decir lo que sentimos, o lo que apreciamos en los demás.

Voluntad de hierro

Hay hombres de hombres. Yo conozco a uno de esos hombres cuya vida es una estela de dignidad a toda prueba. Lo conocí en circunstancias muy especiales de mi vida. El 2 de junio de 1962, vi a un militar que caminaba con prestancia, con orgullo y con una ametralladora terciada, que indicaba que estaba rodilla en tierra, y pregunté: ¿Quién este señor? Me respondieron: “Es el capitán Víctor Hugo Morales”, el tercer jefe de este movimiento militar que ha ´reventado´hoy”. Me sorprendí. Había oído hablar de él, pero lo imaginaba un hombre de 180, de cuerpo fornido y voz de barítono. Pero este señor era todo lo contrario. Lo que nunca imaginé era que tuviera un corazón de palpitación casi “eterna”. Una férrea voluntad de hierro, un fervor nacionalista y revolucionario como el que más. Un máximo amor por su pueblo y su futuro. Esas virtudes las conocí con el tiempo, una vez que el movimiento militar fue controlado por las tropas gubernamentales, y nos encontramos frente a frente tanto en el cuartel Carabobo, como en el Cuartel San Carlos, y luego en la Isla del Burro, o Campo de Concentración “Rafael Caldera”.

90 años bien vividos

Este venezolano ejemplar nació en Caracas, y ya está acariciando los 90 años de edad. Es un hombre amable, con una voz cadenciosa, pero firme. Es muy familiar. Ama a su esposa, a sus hijos y nietos. No es rencoroso ni amigo de sembrar cizañas.  Es reflexivo, le gusta leer, sobre todo le apasiona la historia. Y también le gusta escribir sobre temas políticos. Es autor del libro “Dos generaciones”, y de un centenar de artículos de prensa. Lo recuerdo como un hombre de escucha  cuando se le solicitaba alguna opinión sobre algún problema. Allí estaba el hombre comprensivo para ayudar a quien lo necesitaba. Fue visto por sus compañeros como un hombre inquebrantablemente terco, cuando se trataba de defender sus ideas, sus posiciones, o sus modos de entender el acontecer político de la década de los 60. Se nos presentaba como un hombre analítico, reflexivo y visionario acerca de la realidad que estábamos viviendo, desde el punto de vista político y desde el punto de vista del escenario que involucraba a los partidos de izquierda. Fue un defensor a ultranza de los lineamientos que bajaban del Partido Comunista de Venezuela. Leía, en la cárcel, muchos libros marxistas leninista, y basado en su experiencia daba charlas sobre ese tema al resto de sus compañeros. Igualmente, se le veía impartiendo clases sobre estrategia militar. Para él no había descanso para el estudio ni para el análisis.

La cárcel no lo doblegó

Fue en la isla del Burro, durante los cinco años de encierro, en ese inhóspito lugar, cercado con alambre de púas y electricidad, y garitas de vigilancia, que pude conocer más al capitán de Corbeta Víctor Hugo Morales. Se mostró como un hombre de una sola pieza. Nunca flaquearon sus fuerzas, nunca titubeó o se llegó a doblegar ante el carcelero. Tal vez por eso el gobierno de Raúl Leoni no lo liberó junto al resto de nosotros, en agosto de 1967, sino que lo dejó solo en la cárcel o campo de concentración, durante un año más. Salió en 1968. Más revolucionario que nunca, más luchador, más convencido de que la lucha había que continuarla hasta la muerte. Víctor Hugo Morales, ha sido un digno ejemplo de lo que es ser un revolucionario a carta cabal. Se ha mantenido por más de 60 años en una sola línea. La línea de la rebeldía en contra de un Estado y un sistema de gobierno injusto y opresor. En efecto, mientras otras personas han consagrado su vida a acumular riqueza fácil, él consagró su vida a la lucha por la soberanía y la libertad plena de su patria. “Mi último suspiro será para y por mi patria” habría dicho una vez.

Revolucionario hasta la muerte

Víctor Hugo Morales fue diputado de la Asamblea Nacional. Y siguió siendo el mismo. Fue presidente del Parlatino, y siguió siendo el mismo. Está cerca de cumplir 90 años y sigue siendo el mismo. Por esa actitud, por esa entrega íntegra al proceso revolucionario, el Comandante Hugo Chávez siempre lo nombraba, como un digno ejemplo, cuando en el golpe del 2002, estando en Miraflores, fusil en mano, en aquellas horas duras, plenas de incertidumbre, el capitán Morales le dijo al presidente Chávez: “¡Mande mi Comandante, estoy listo para defenderlo y para defender la patria”. Hugo Chávez, nunca olvidaría aquel gesto noble del Capitán Morales, por lo que en varias oportunidades recordó aquel episodio. Los sobrevivientes del Carupanazo y el Porteñazo le debemos mucho al gigante de la revolución bolivariana, Hugo Rafael Chávez Frías. Los detalles sobran. Pero también le debemos mucho al capitán Víctor Hugo Morales. Él ha sido consecuente con reclamar los derechos que nos corresponden por haber sido actores principales en la abertura del camino al 4 de febrero. Él a través de todos los medios posible ha clamado por ¡NO AL OLVIDO! Para quienes lo dimos todo por un futuro mejor para nuestra patria. Y hoy día, cuando apenas pasamos de la docena de sobrevivientes, gracias a ese empeño se nos ha reconocido nuestro aporte al proceso revolucionario que encabezó, posteriormente, Hugo Chávez. ¡Honor a quien honor merece!...

Ser rebelde

Por Teófilo Santaella

No es cualquier cosa ser rebelde,
diría el Comandante eterno ya ido…
Ser rebelde tiene un costo en la vida,
porque el rebelde no nace, se hace,
mientras hace camino al andar, según
lo dice el poeta en su cantar.
Y al andar rompe sólidas rocas que
obstaculizan el paso hacia delante,
sin volver la vista atrás,
construyendo nidos nuevos
que nunca hemos de ocupar,
por falta de un sol radiante.

El rebelde se viste de dignidad
cuando las nubes oscurecen y
los cobardes sacan a flote su plumaje,
para guarecerse temblequeando,
con la vista clavada en el tierra,
plena de soledad y de tristeza,
por las huellas que van dejando.
Huellas llenas de  cobardía,
que despertaron en una madrugada
donde los truenos de las nubes
lanzaron  gotas duras, como el acero,
hacia las rocas que en el camino
cedieron ante la alborada.

El rebelde se hizo línea recta,
apuntando al copo de los cielos,
respirando libertad y socialismo
para unos y para otros por igual,
sin mezquindad, sin limitación,
con el sueño fulgurante del Libertador,
con el verbo encendido del Hugo de Sabaneta,
con la fuerza de tornavillesca del Che,
y la sabiduría de Fidel, padre de la revolución.

(Especialmente escrito en honor a un rebelde llamado Víctor Hugo Morales)

Puerto Ordaz, 9 de julio de 2016.



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Teófilo Santaella

Periodista, egresado de la UCV. Militar en situación de retiro. Ex prisionero de la Isla del Burro, en la década de los 60.

 teofilo_santaella@yahoo.com

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