"El arado y el mar"

¡Qué gobierno tan raro!, nunca se equivoca

Primero se erradicó la crítica, sólo se aceptó la lisonja. Luego se desterraron las malas noticias, los correos no se atrevieron a llevar mensajes que perturbaran el sueño de los gobernantes. De esa manera, y paso a paso, construyeron una burbuja de colores y música que sólo ellos podían ver, sentir. Dentro todo era bueno, sin errores, con ella se cubrió el poder y … se aislaron. Así surgió la política de los tontos.

Lo anterior es una fábula que leímos en algún libro olvidado, o quizá proscrito por los tontos. No se adelanten, no se irriten los plumíferos especialistas en adular. La burbuja de colores, lo anterior, no trata sólo de este gobierno, es una peste que ataca frecuentemente al poder donde quiera que esté y de cualquier tamaño, desde los grandes países hasta la prefectura más pequeña. Y hace de los gobernantes simples administradores. Quien no padezca la peste puede alcanzar dimensión de Gigante.   

Se puede medir la grandeza de un gobierno por su actitud frente a los errores, frente a la crítica. Fidel, Chávez y el Che se hicieron Gigantes reconociendo sus errores, prestigiando la crítica. Recordemos el "Por Ahora", o aquel "ya dejé de ser pendejo". Fidel fue inmenso reconociendo los errores de la zafra de los diez millones. Son legendarios los gobernantes que sólo se enteran de sus errores cuando están montados en el avión con pijama.

La política venezolana hace tiempo que padece la enfermedad: nadie se equivoca, nadie comete errores, ni la oposición ni el gobierno. Por ejemplo, el gobierno va a recoger las firmas y aquello va sobre rieles, como reloj suizo, un millón hoy, dos millones mañana, tres en la tarde, amanecen cuatro… y así hasta diez o más. No llevan las firmas a Panamá, no importa, de todas maneras "triunfamos"; el decreto sigue vigente pero "vencimos"; el Presidente de aquí y el victimario de allá se vieron cortos minutos en un pasillo y el "hecho fue histórico"… Así la burbuja se pinta cada vez más de colorines.

La oposición tiene su propia burbuja, dice que en Panamá triunfó también. Disfrutan su burbuja, se aíslan, se convencen, los convencen de que allá "el régimen quedó al descubierto", "los presos son angelitos del cielo", "nadie conspira".

El choque con la realidad es la prueba de fuego de las burbujas. Cuando la fantasía no aguanta ni el toque de una aguja se derrumba bajo el peso de sus propios espejismos. Pronto vamos a unas elecciones parlamentarias en la mejor tradición de la democracia burguesa. Será oportunidad para calibrar hasta dónde afectan las burbujas a los bandos en pugna. Ya vemos declaraciones triunfalistas de lado y lado. Al final, tendrán que construir triunfos de ficción, y la realidad seguirá acechando, acercándose a las burbujas con su aguja en la mano. Y un día, quizá en la madrugada, el país despierte con un estallido horroroso. Serán las burbujas que estallaron, entonces se reconstruirá sobre los escombros de la ilusión perdida…



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Toby Valderrama y Antonio Aponte

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