Sí, yo soy marxista

A los que sobrevivieron sin venderse, y a Andrés Blanco, joven estudiante dominicano asesinado y desaparecido en Chile entre el 11 y 12 de septiembre de 1973.

12 de septiembre de 2013. Hace exactamente 40 años, tan poquitito como la edad de mi hermana mayor, Catalina, acababa de darse el golpe de Estado fascista en Chile y ya se estaban ejecutando los allanamientos horrendos y criminales.

Entre los primeros turnos, les tocó a poblaciones populares como La Legua, donde los muchachos y muchachas "upelientos" fueron cargados en camiones para no aparecer más. También les tocó a otros sitios donde residía el sector profesional que prestaba servicios a la causa de la Vía Chilena al Socialismo.

Fue el caso del residencial Torres San Borja, ubicado en Diagonal Paraguay con calle Lira, en el centro de Santiago de Chile. Allí, en el último piso, vivían mis padres Patricio (27 años) y mi madre Rosario (37 años). Él, profesor de Historia para trabajadores, Ella coordinadora del área de Mujeres Pobladoras del programa de formación de adultos del Ministerio de Educación. Mi padre cubano, mi madre militante socialista.

Llegaron los "milicos" (los golpistas, los traidores, porque hubo muchos que NO lo fueron), usando a aquellos muchachos soldados y conscriptos del servicio militar a los que drogaron para hacer atrocidades, e hicieron a todos bajar de sus casas al lobby de los edificios. Abajo, un uruguayo que se había dedicado a ser el más radical de las juntas de vecinos, les indicaba uno a uno "quién es quién".

Mi padre fue uno de los primeros mandados afuera, a la acera, acostado boca abajo con fusiles apuntándoles. Mientras, algunos vecinos salían a los pasillos y balcones y gritaban: "¡Mátenlos a todos!" "¡Comunistas de mierda!"... Hubo quien salió al pasillo con una botella de champagne, a brindar anticipadamente por la masacre de sus enemigos de clase y conciencia.

Varios muchachos, vecinos, iban siendo cargados en camiones. No sé bien cuántos de ellos volvieron a aparecer y cuántos no. Sólo tengan presente que esos primeros noventa días de tiranía fascista-capitalista-entreguista fueron el súmmum del genocidio: limpieza pura y dura.

La casa de mis padres la allanaron dos veces, hacían a mi madre subir y bajar todos los pisos, una y otra vez. Mientras, mi padre seguía en la acera, rostro contra el piso. Al final del día ocurrió el milagro, en lo que a mis padres respecta. Cambiaron al oficial a cargo del operativo, quien, en determinado momento, decidió decirle a mi madre que él no quería manchar sus manos con sangre; que se esfumaran, que desaparecieran cuanto antes. Todavía quedaban en las FF.AA. algunos decentes que luego la propia tiranía se ocupó de eliminar (física o institucionalmente).

Al otro día, 13 de septiembre, mis padres salieron con lo puesto, y un pequeño bultito, rumbo a la casa de los abuelos. Después de ahí vino la salida, milagrosa, de ellos y de mi amada tía Carmen Carcuro Leone, y terminaron en Cuba: mi madre desterrada con la tristemente famosa "L" en su pasaporte, sin poder entrar a su Patria hasta 1989, sin trabajo pero digna y echando pa’lante sus hijos; mi padre profesor de Historia para obreros; mi tía, maestra, viendo siempre cómo retornar, hasta que lo logró.

Los tres podrían haberse quedado en México, atendidos por la mismísima Primera Dama, con casa, trabajo, todo, o venir a Rep. Dominicana, como familia del ex-presidente Juan Bosch. Pero no: Eligieron la vida que sentían que debían vivir, con goce, alegría y conciencia tranquila.

Desde hace años vengo escuchando ese discurso neoliberal-progresista-buenaonda que "condena" el golpismo fascista y las tiranías porque practicaron la "intolerancia" y la "violencia" prohibiendo a la gente "pensar libremente" y "practicando el autoritarismo".

Yo, sin embargo, voy a mantener siempre claro que los soldados traidores, asesinos, sólo fueron la cara visible de lo que son los golpes de Estado en el capitalismo: La vía violenta y radical de impedir que se constituya el PODER del PUEBLO y la democracia verdadera; garantizar las viejas relaciones de propiedad y de dominación y llevarlas al extremo, como pasó en Chile, primer país neoliberal del mundo.

Quede claro para todos hoy: La "intolerancia" y el "autoritarismo", la violación de los "derechos humanos" (reducidos a especie de cláusulas de un contrato social inexistente, falaz en una sociedad que vive de la competencia a muerte entre unos y otros, como bestias) son condiciones, mas no la causa ni el fin de las dictaduras fascistas.

La mejor definición la da el propio Allende, en su último discurso: "Quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios".

Hoy mi padre es aún bibliotecario en Cuba, con su sueldo de empleado público, esperando jubilarse. Vive como puede. Mi madre es jubilada después de haber retornado a Chile en 1992 y trabajar en el Servicio Nacional de la Mujer, específicamente en el programa de prevención de la violencia de género. Mi tía Carmen falleció en 2011: pudo retornar en 1983, reintegrándose a la lucha en el país (aunque nunca dejó de estar "adentro"), siendo secuestrada y torturada, y resistió sin hablar ni delatar. Ni mi madre ni mi tía volvieron al Partido Socialista después de su "renovación", que significó, como en otros tantos partidos de América Latina, la traición al Pueblo, a la lucha de nuestros próceres, para convertirse en máquinas electorales, clanes de poder y repartición de cargos.

Hoy mis padres vienen a visitarme a Rep. Dominicana, donde también en 1963 hubo un golpe de Estado y luego una ocupación militar norteamericana (la segunda en apenas cincuenta años), para luego imponer una dictadura de doce años y la misma democracia negociada que se impuso en Chile. Disfruto que mis hijos jueguen con mis padres, para que reciban amor de seres humanos que, al final de su trayecto, pueden mirar a los ojos de cualquiera, de frente, sin prepotencia pero sin temor, sin cola que le pisen. Coherentes, que se respetan a sí mismos, que no se traicionaron nunca. No fueron héroes: sencillamente han sido dignos.

Me queda grabado en la memoria aquel relato de mi padre Patricio, de 27 años, de ese día 12 de septiembre de 1973: tumbado en la acera, lo levantaron y registraron. Encontraron en sus bolsillos un almanaque (calendario) con el rostro de Fidel Castro. Rompieron en pedacitos el almanaque y, apuntándole con una ametralladora, el militar le preguntó: "Entonces, ¿usted es marxista?". Mi padre no demoró un segundo en contestar íntegro, sin aires de guerrero, pero tranquilo, seguro, valeroso: "Sí, yo soy marxista".

Gracias a quienes sobrevivieron sin venderse, en Chile y en República Dominicana. A quienes no se han transado en el mercado de conciencias, pese a tanto dinero listo para comprarlo, pese al cuento tantas veces repetido de que “cambiaron los tiempos”. Gracias a quienes se aman por el hecho de nacer en la tierra en que nacieron, y sienten orgullo de su pueblo y sus luchas cotidianas, y sueñan aún con la liberación definitiva.

Como dijo el poeta nacional de Puerto Rico, Juan Antonio Corretjer: “La lucha nunca cesa. La vida es lucha toda. Lo demás es la nada, es superficie, es moda”. Ustedes, los que no se venden, no son hechos a la moda, no son mercancía de supermercados. Puede que no lleguen ya a ver la victoria que soñaron, pero la han abonado y nos inspiran para lograrla, algún día, sin defraudarlos.


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Matías Bosch

Miembro de un partido que no existe. Defensor de los derechos y la dignidad plena. Amante de la naturaleza, y de todo lo bueno y hermoso.

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