Educación para la liberación


El educador necesario

Nuestras discordias tienen su origen en las dos más copiosas fuentes de calamidad pública: la ignorancia y la debilidad. Simón Bolívar.

Cierto día conversaba con una conocida que supuestamente es educadora. Poco después de iniciar la conversación ella empezó, sin darme cuenta, a torpedear cuanto hubiese hecho la Revolución. Le pregunté qué hacía ella para mejorar una sola de las cosas que había criticado. Ella titubeó y me respondió que era educadora, dejando implícito que el educador ocupa un puesto indiscutiblemente crítico por su quehacer dentro de la sociedad. Entonces le pregunté si había leído a Simón Rodríguez, si conocía su pensamiento y su obra. Como imaginé: no. Le pregunté si había leído a Simón Bolívar: no. Eduardo Galeano: tampoco. García Márquez, no. No quise seguir. Obviamente Rousseau, no. Ingenieros, no. Gallegos, no. Iragorry, no. Nietzsche, menos. Y así sucesivamente. Le comenté, consciente de mis propias limitaciones, que un educador debería tener (o ir en la búsqueda de) una amplia formación humanista y un grado de cultura importante, para poder educar (alguien dijo que el que no conoce la historia está condenado a repetirla). El ser humano se ha erigido gracias a su capacidad de transmitir sus experiencias, de hacerlas parte del conocimiento colectivo mediante diversas vías, y al mismo tiempo hacer uso de ese conocimiento.

Reflexioné luego que con educadores así, con corta visión y desconocimiento de la historia, las juventudes marchan hacia un despeñadero, aunque todos –estudiantes y educadores– tengan la mejor intención. Necesitamos educadores que lean incansablemente y motiven a los estudiantes a leer incansablemente, y en esas lecturas aprenderán a pensar, aprenderán a actuar, ampliarán su cultura, aprenderán a comunicarse. La lectura permite el establecimiento de medios de relación (Machado) y facilita el encuentro de la voluntad de sentido (Frankl). Educadores que motiven a los alumnos a relacionarse con sus pares con sentimientos de nobleza y amor. Y que los ayuden a saberse parte de una realidad social que los llama implorando cambios urgentes. Los educadores deben penetrar profundamente en el tejido social, para ver la realidad y actuar en consecuencia. Los educadores deben guiar de la mano a los estudiantes en la comprensión de esta realidad, los aciertos y los errores. También deben estar siempre dispuestos a orientar a los alumnos en sus problemas personales. El verdadero educador motiva a los estudiantes a preferir los templos de la belleza espiritual (salas de concierto, casas de estudio, teatros, parques, plazas, museos) a los templos del materialismo idiotizante (centros comerciales). El verdadero educador es altruista por naturaleza. Por otra parte, todos los educadores, independientemente del nivel en el cual se desempeñen, deben estar sólidamente formados y su profesión debe ser bien remunerada. Difícilmente un educador o profesor podrá dedicarse con empeño si su profesión no le garantiza la mínima estabilidad socioeconómica, porque educar es tarea de dedicación exclusiva. Educar es un quehacer de excelsa importancia y dignidad, y como tal debe ser valorado.

Es muchísimo lo que se ha logrado o se vislumbra en materia de educación en estos años. La bitácora está en documentos como la LOE, el Plan de la Patria, la Constitución, la ley RESORTE, etc. Pero debemos reconocer que en la praxis aún no hemos resuelto muchos problemas graves en materia de educación. Basta hablar con un recién egresado de bachillerato o cualquier estudiante de pregrado universitario. También debemos reconocer que a los que se dedican a la enseñanza (en todos sus niveles) se les ha prestado menos atención de la necesaria. De hecho, muchos de los que terminan dedicándose a enseñar lo hacen porque no pudieron entrar en otras carreras. La exigencia para ser educador debe ser elevada, como debe ser también la protección al mismo. Sin educadores ejemplares y un ataque frontal a la ignorancia, más que avanzar retrocedemos, porque es imposible controlar a cada uno de los tantos millones de habitantes: cada quien debe guiarse a sí mismo con responsabilidad, y para ello debe ser educado. Sin embargo, crear infraestructura educativa y ampliar la matrícula estudiantil, sin revolucionar la formación docente y garantizar la estabilidad socioeconómica del educador es arar en el mar. El hombre nuevo sin educación de altura no será posible, pero la educación de altura sin valorar al (sujeto) educador será imposible.

Conozco de cerca la triste realidad de la ¨fuga de cerebros¨ y de la desmotivación que ocurre cuando el costo de la vida en su nivel más elemental supera con creces las posibilidades económicas. Me ha sorprendido siempre comparar, por ejemplo, el sueldo devengado por un médico cargado de responsabilidades salvando vidas en un hospital, o de maestros o profesores- investigadores universitarios, con el sueldo de otros profesionales o incluso de trabajadores no calificados. Sin restarle méritos a nadie, por supuesto, creo que hay una nociva disparidad en este asunto (a veces más que nociva, grosera), que debe revisarse en profundidad. Los profesionales que trabajan en áreas vitales para el desarrollo social requieren atención, dignificación de salarios, seguridad social y condiciones laborales óptimas. En este sentido se han venido, por fortuna, haciendo algunas correcciones. Por no atender esta situación a tiempo, sólo en la UCV, de donde egresó la mayoría de los dirigentes de la Revolución, perdimos más de 600 académicos en los últimos tres años. Hayan estado con el gobierno o no, es una pérdida irreparable. Los que nos quedamos, especialmente los docentes más jóvenes, hemos soportado la castración económica y profesional (cuyas causas y consecuencias son diversas y complejas), y hemos aprendido a manejar inteligentemente la frustración, en un país con inmensas reservas de hidrocarburos y ladrones. Es sencillo: no se le puede exigir a un maratonista que gane carreras olímpicas comiendo pan con agua, pero con más y mejor asistencia nos sorprenderíamos de sus logros.

Hemos ampliado la matrícula estudiantil para atender una deuda social, impostergable sin duda, pero descuidamos el sector profesoral. En un artículo previo sugerí que esto equivalía a intentar correr los cien metros planos con una carótida abierta. Imposible. ¿De dónde estamos sacando y cómo mantenemos los profesores necesarios (en cantidad y calidad) para educar a los más de 2.000.000 de estudiantes que nos jactamos de tener, ocupando el quinto lugar en el mundo en matrícula universitaria? Cuidado con caer en la trampa de los números, trampa muy común entre nosotros. Diría José Ingenieros que aún sumando infinitos ceros no se obtendría la unidad. Jamás dejaremos de depender de la renta petrolera y las importaciones si nuestras universidades siguen siendo liceos grandes, consumidores –mas no generadores– de conocimiento. La ciencia, luz y guía de cualquier nación, se hace principalmente en la universidad, la cual se nutre de la educación básica y media. Con ciencia, conciencia y tecnología derrotaremos el empirismo y la improvisación que nos destruyen. Con filosofía, con idiomas, con arquitectura, con economía, con planificación, con química, con geología, con hidráulica, con ingeniería, con mecánica, con física, con matemáticas. Con ciencia desarrollaremos alternativas energéticas, con ciencia enfrentaremos nuestros graves problemas de salud pública, con ciencia desarrollaremos el agro, con ciencia sembraremos el petróleo. Mientras tanto seguiremos comprando todo a los demás países y por supuesto dependiendo de ellos. Claro que la universidad debe por fin volver su mirada a las necesidades sociales, y retornar a su verdadero camino, lo cual no afecta su libertad de pensamiento. La inteligencia, en este mundo convulsionado, no debería invertirse en cosas superfluas, sino en resolver nuestros problemas más sensibles. Nuestra pobre universidad buscando el norte perdió el sur, subordinándose al sistema económico dominante, y es víctima de la corrupción y la desidia propias. No muy diferente de lo que ocurre fuera de ella. Recuerdo siempre al Prof. Vladimir Acosta diciendo sin ambages que en ningún país puede alcanzar el dinero si se lo roban. Pero en las universidades le dicen al morrocoy conchúo.





Ignorancia: nuestra maldición

Cada día, cuando tropiezo con la infinidad de problemas heredados contra los cuales luchamos desde diferentes espacios, concluyo que su causa inmediata es la ignorancia, aunque sus raíces pueden encontrarse en la perversidad intrínseca del sistema económico que se nos impuso. Basta poner un pie fuera de casa para que empiecen a vulnerarte. Somos en general, como pueblo, profundamente ignorantes, sin importar el nivel socioeconómico, cada quien a su modo y en su medida particular. La ignorancia genera -directa o indirectamente- violencia, prostitución, desidia, corrupción, alcoholismo, inseguridad, burocratismo, etc. Esto sólo podemos cambiarlo con educación, elevando con ella el nivel ético y el compromiso colectivo de los ciudadanos, y hacia eso vamos. Si no hiciera falta no existiría la Revolución. Sin embargo, creo que seguimos dedicando menos esfuerzo del necesario a la educación. ¿Cuánto espacio en radio y televisión le estamos dedicando a educar más que a hacer política, emitir opiniones o a perseguir cual paparazzi a los que hacen? ¿Cuánta educación ciudadana están propugnando los gobiernos municipales y estadales? ¿Cuánta importancia le estamos dando a fomentar la lectura? ¿Cuánto control estamos poniendo a los mecanismos de perversión que se oponen al avance de la educación? Ningún gobierno había puesto tanta información a la disposición gratuita de todos los ciudadanos, por ejemplo mediante la impresión y distribución de millones de libros. Pero pregunto: ¿Esos libros están realmente siendo leídos por los segmentos de la población que más urgentemente necesitan leer? La Revolución, como todo, es perfectible. Debe serlo.

Debemos reconocer que nuestro país es un país de ignorantes, alcohólicos, adolescentes vacíos, adultos con mentes infantiles, delincuentes, egoístas, presentes-ausentes, mediocres, materialistas imbéciles que se babean en los centros comerciales, irresponsables y corruptos, con un porcentaje bastante pequeño de excepciones. Eso nos dejaron de herencia los gobiernos anteriores. Eso nos dejó el sistema impuesto por la dinámica del capital. No muy diferente de la situación mundial, donde el materialismo busca aniquilar cualquier vestigio de idealismo y erradicar lo que aún nos queda de humanos. Muchos de nuestros conciudadanos viven exclusivamente impulsados por sus centros encefálicos más primitivos donde se controlan las funciones vegetativas. De seguir así, la evolución se encargará de borrar nuestras circunvoluciones cerebrales (agiria). Para contrarrestar esto debemos bajarnos de la nube de que somos un glorioso pueblo y ver nuestra realidad. La adulación hace mucho daño porque amansa el espíritu de lucha.

Como la irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro (José Ingenieros), creo que requerimos como pueblo menos dadivosidad, menos otorgamiento de premios sin méritos, más vigilancia de deberes, más supervisión, más exigencia y más control punitivo, mientras educamos y seguimos equilibrando las condiciones. Es decir, facilitar las condiciones para que el individuo pueda demostrar con su esfuerzo que está dispuesto a luchar y a cambiar, pero exigir que lo haga. Porque se perdió incluso la vergüenza y la dignidad. Muchas de nuestras antiguas virtudes fueron aplanadas por el cristianismo, por el paternalismo gubernamental de tantas décadas, por la dinámica capitalista, por el descuido de los detalles, por la pérdida de la estructura familiar, por el facilismo, por la impunidad, etc. Todos íntimamente relacionados. Por eso veo con gran felicidad, que en lugar de confiar plenamente en la honradez potencial del ser humano, por fin nos permitimos una desconfianza sana, y le hacemos seriamente la guerra a la corrupción. Es el primer gran paso para revertir el relajo de los equivocados y dar el ejemplo. La mayoría de ellos, en Irán (por ejemplo), no lo habrían hecho jamás (¿Por qué aquí sí?). Ojalá esta persecución necesaria entre también a la universidad. Ojalá se incluya a la partida de flojos, vagos y reposeros que parasitan el 100 % de nuestras instituciones públicas, donde se encapsuló la desidia. Indignos parásitos sempiternos, tan corruptos como el más corrupto. Ya todos hemos tenido suficientes oportunidades para demostrar un mínimo grado de conciencia. Ojalá la lucha contra la corrupción toque la puerta de alcaldes, decanos, concejales, diputados, gobernadores, directores, rectores, secretarias, gerentes, empleados, obreros, profesores, etc. Ojalá esta actitud punitiva se aplique con más frecuencia y rigurosidad también al que pisa los jardines, al que bota basura en la calle, al grafitero que estropea la pared recién pintada, al que embaraza y luego abandona, al motorizado que te insulta pasándote por la derecha, al que toca corneta innecesariamente, al autobusero que anda a exceso de velocidad, pone reggaetón y se para en el medio de la calle, al que casi te escupe o te orina los zapatos, al que te salpica agua sucia con su carro ¨tunning¨ o te deja ciego con sus luces HID (High Intensity Discharge), al que te clava los precios inflados, al que no te da factura… El castigo es ejemplarizante, y como tal debe considerarse parte de la educación. Piar fue fusilado por órdenes de Bolívar con esta intención. Sólo así lograremos avanzar hacia mejores destinos, donde otro nivel de conciencia de los ciudadanos permita la convivencia. Merezcamos transitar la senda señalada por el Comandante Hugo Chávez. Luego, transitémosla brillantemente como él.

aerg58@gmail.com


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Andrés Eloy Rodríguez González


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