El paro juvenil

Según organismos sociológicos europeos, uno de cada tres jóvenes jamás encontrará empleo…

A los desorientados:

No escribo para orientar, sino para dejar testimonio. La orientación presupone un norte, y hoy ese norte ha desaparecido. Cuanto yo era capaz de decir, ya lo he dicho; y cuanto hubiera podido aprender, ya lo he aprendido. Hablo, por tanto, desde el agotamiento del discurso, no desde la promesa.

Durante décadas hemos confundido progreso con acumulación, movimiento con sentido, y crecimiento con destino. Hoy el espejismo se ha desvanecido: el progreso no se ha detenido, simplemente ha dejado de significar algo ilusionante. Seguimos avanzando, pero hacia ninguna parte. Y cuando el movimiento se separa del sentido, lo que queda no es la esperanza, sino la inercia.

Reflexionar sobre el paro juvenil como un problema técnico o coyuntural es una forma de evasión. No estamos ante una crisis del empleo, sino ante una crisis del ser. El trabajo ha dejado de ser mediación entre el individuo y el mundo; ya no funda identidad ni comunidad, apenas garantiza —cuando lo hace— la subsistencia. Por eso los jóvenes no sólo carecen de empleo: carecen de asentamiento.

Y de guerra se trata, aunque se la disfrace de normalidad. No una guerra de ejércitos, sino una guerra ontológica: una lucha por el sentido de la vida en condiciones de escasez más o menos simbólica. Casi medio país sobrevive bajo una economía de guerra sin enemigo visible, donde resistir ha sustituido al vivir grato. En esa contienda muda, los jóvenes son la carne de cañón de un sistema que ha hipotecado su futuro antes incluso de permitirles entrar en el presente.

La emigración aparece entonces como huida, no como elección. Pero ni siquiera el exilio ofrece ya promesa alguna. El mundo desarrollado es un espacio cerrado, saturado de bienes y artefactos sin objetivos definidos. Las ciudades —antiguos lugares de encuentro, creación y conflicto fecundo— son máquinas de consumo y administración de vidas superfluas. En ellas, la imaginación productiva no está reprimida: está extinguida.

Todo ha sido explotado hasta el agotamiento: la construcción, el automóvil, la tecnología, la electrónica, la moda, la especulación, la ganancia rápida. No queda margen para la invención porque el sistema ha colonizado incluso la posibilidad de imaginar alternativas. Las energías llamadas "verdes" no son ya promesa, sino negocio cautivo; la restauración de la naturaleza, que sería esencial para la supervivencia común, ni siquiera es considerada como una actividad económica relevante.

Las pocas iniciativas verdaderamente nuevas ya brotan en otros lugares. Aquí sólo llegan como mercancía terminada. La agricultura y la ganadería —bases materiales y simbólicas de toda civilización— han sido sacrificadas en nombre de una Europa concebida como mercado antes que como comunidad humana. No se ha destruido sólo un sector económico, sino una forma de vivir. España se ha convertido en una fastuosa Taberna para Europa, e incluso para el mundo.

Aceptado esto, toda política juvenil es un gesto cosmético. Durante sesenta años, el éxodo del campo a la ciudad fue celebrado como destino histórico. Hoy sabemos que ese camino conducía a un callejón sin salida. Quizá por ello la única salida imaginable sea la inversión del trayecto: no como un retorno romántico, sino como otra más de las rupturas. Volver a lo rural no para repetir el pasado, sino para escapar de un presente sin sentido.

Las grandes transformaciones no nacen de reformas razonables, sino de decisiones radicales que, en su momento, parecen absurdas. A grandes males, grandes remedios; y si los grandes males suelen resolverse mediante la guerra, tal vez en manos de los jóvenes esté evitarla retirándose del escenario donde se prepara.

Hay pueblos vacíos, tierras abandonadas, casas sin vida. Pero en ese abandono no sólo hay miseria: también hay posibilidad. Vivir con dignidad exige poco cuando se ha renunciado a la abundancia infinita. Un huerto, una pequeña granja, un trabajo que reconcilie el tiempo vivido con el tiempo trabajado pueden devolver al individuo una relación directa con la realidad. Rousseau habló del retorno a la Naturaleza; hoy, despojados ya de toda fe en el progreso, ese retorno no es un ideal, sino una necesidad.

Desde ahí, quizá sea posible pensar otra prosperidad: no la que se mide por objetos acumulados, sino la que brota del sentido, de la utilidad real, de la pertenencia a un mundo habitable. No se trataría de vivir mejor, sino de volver a vivir con desahogo moral y psicológico.

Así pues, la vuelta al campo no es una solución al paro juvenil: ello supone impugnar el modelo de civilización que ha producido ese paro. Es un gesto de retirada consciente frente a un sistema que ha hecho devastación del desarrollo, futuro con un aplazamiento indefinido.

Vosotros, los despejados, sabréis qué conviene corregir de todo esto. Si aún queda algo que corregir.



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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