Entre la mentira y la desesperanza

Vivimos suspendidos entre la mentira y la esperanza ilusoria. No como accidente histórico, sino como estructura de nuestra época. La falsedad no es ya una desviación del orden social, sino uno de sus principios constituyentes; la esperanza, por su parte, ha dejado de ser horizonte ético. El porvenir no promete redención, es una mera prolongación —quizá agravada— del presente.

Y sin embargo, los optimistas persisten. A ellos les dirijo una pregunta previa a cualquier debate político o moral: ¿cómo distinguir hoy la realidad del simulacro?, ¿la verdad interesada del relato?, ¿la felicidad de esa pulsión de consumo que los mercados confunden interesadamente con el bien vivir? Cuando el criterio de verdad ha sido sustituido por el de utilidad, toda certeza es sospechosa.

La tendencia al disimulo no es nueva; acompaña al ser humano desde sus orígenes sociales. Pero cuando el artificio deja de ocultarse y se muestra como norma, cuando la copia suplanta sin resistencia al original, estamos no en una crisis cultural, sino en una mutación ontológica. En ese contexto, en una sociedad como la española, históricamente entrenada en la picaresca, se instala la sofisticación de la mentira sistémica propia de las culturas en decadencia.

El neoliberalismo —más que una doctrina económica, una metafísica encubierta— se ha impuesto como forma total de vida. No necesita ya coerción explícita: gobierna mediante deseos inducidos, miedos calculados y consensos prefabricados. Bajo su hegemonía, el poder no se presenta como dominación, sino como normalidad. Los grandes foros que marcan la política global no dictan órdenes; fijan marcos mentales.

De ahí que el ciudadano mínimamente lúcido desconfía No porque posea una verdad alternativa, sino porque intuye la falsedad del discurso público. La información, lo sabe, rara vez nace inocente: suele llegar ya filtrada y moralmente orientada. Siglos de pragmatismo sin crítica y de dogmatismo solo podían desembocar en la ortodoxia civil: el pensamiento único elevado a virtud cívica, y custodiado por el cuarto poder.

Las consecuencias son visibles: sociedades de individuos temerosos, acomodados en la obediencia, incómodos ante la duda. Se prefiere la seguridad de la consigna a la intemperie del pensamiento. Pero el sistema se alimenta precisamente de esa renuncia. Es el ecosistema del oportunista, del manipulador, del charlatán y del depredador simbólico. Ellos no buscan la verdad: la sustituyen.

La única forma de salvación —no política, sino psíquica— está en reinstaurar la duda como ejercicio permanente. No la duda paralizante, sino la duda metódica: la que impide la adhesión automática. Contrastar, cuestionar, sospechar. No para alcanzar una verdad definitiva que nunca encontraremos, sino para evitar la colonización total de la conciencia. Internet, con todas sus trampas, ofrece aún ese resquicio: no como fuente de certezas, sino como campo de contrastes.

Este texto no pretende convencer ni ofrecer soluciones. Solo invita a una actitud: rechazar lo que pasa por incuestionable, asumir la incertidumbre y aceptar que pensar, hoy, es un acto de resistencia. Porque tras cada titular se oculta otra realidad, y porque políticos, tertulianos y medios dominantes no buscan esclarecer el mundo, sino hacerlo habitable para el sistema.

Unirse a los rebeldes, incluso si les mueve la utopía, no es una opción moral: es una necesidad intelectual.



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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