La farsa de la "No violencia"

De las revoluciones de colores al renacer del fascismo (Parte I)

I- Un origen planificadamente espontáneo.
En Octubre del año 2001, el mundo observó el derrocamiento Slobodan Milósevic en la entonces todavía denominada Yugoslavia, hoy Serbia, resto impotente de la antigua Yugoslavia socialista atacado militarmente por las fuerzas de la OTAN en 1999. Todos los acontecimientos se presentaron como fruto de una espontánea revuelta popular generalizada, encabezada por un fresco movimiento estudiantil centrado en la "no violencia" como estrategia de lucha. Dicho movimiento tomó el nombre serbio de Otpor (resistencia). Acontecimientos impensables ante la popularidad ganada por el mandatario tras resistir en solitario una embestida directa de las mayores fuerzas militares del planeta.
Compuesto por jóvenes estudiantes, Otpor, centró sus esfuerzos en denunciar como 'autoritario' al gobierno de Milósevic y mostrar los males, a causa de la corrupción y la guerra, que traía al día a día de los yugoslavos. Su táctica consistió en actos de desobediencia cada vez mayores que llamaban a la represión por parte de las autoridades, represión a la cual se contestaba con masa juvenil en actitudes no violentas, con llamados a las distintas instituciones del país, incluida la policía, a sumarse en su lucha por la libertad. Ante tal respuesta la actuación de los cuerpos de seguridad fue muy mal vista por la opinión pública, los detenidos en las manifestaciones se convirtieron en héroes y Otpor obtenía cada vez más espacio y apoyo en la población.

El 24 septiembre, al celebrarse las elecciones presidenciales, la oposición declaró unilateralmente su triunfo; Milósevic hizo lo propio y se dispuso a seguir en el poder. Se desataría toda una campaña, por parte de observadores electorales, nacionales y extranjeros, denunciando el robo de las elecciones. El efecto de la estrategia de Otpor se dejó sentir el 4 de octubre, cuando el Tribunal Constitucional anuló los comicios, lo que dio pie a la insubordinación nacional; el día 5 tras forcejeos con la policía, la oposición toma e incendia el edificio del parlamento en Belgrado, la capital. En ese ambiente de tensión, a las siete de la noche, la televisión presenta a Vojislav Kostunica, candidato de la oposición anunciar la caída de Milosevic y su arribo a la presidencia. Así se completaba la jornada definida coloquialmente como la “revolución bulldozer” y el fin de 12 años de la era Milósevic, el cual fue llevado posteriormente al Tribunal Penal Internacional, moriría en 2006 en su celda de La Haya, Países Bajos, en circunstancias no aclaradas aún.

Tras estos acontecimientos la población anidaba la esperanza de mejoras sustanciales en su situación y en la del país, pero sin la presencia de Milósevic nada mantenía la unidad de lo poco que quedaba de Yugoslavia, la cual paso en 2003, a ser la Unión Estatal de Serbia y Montenegro, desapareciendo el gentilicio yugoslavo. Luego de un gobierno que no terminó de consolidarse, las tensiones aumentaron hasta que Montenegro, en 2006, decide disolver dicha unión. Luego la provincia Serbia de Kosovo opta por el mismo camino de separación en 2007. Esto no fue aceptado por Serbia, dado su carácter de territorio histórico e integrante, pero la independencia se concreta por el apoyo de la OTAN al nuevo país. La disminuida Serbia, hasta el día de hoy desconoce la supuesta soberanía de Kosovo, actualmente sede de Camp Bondsteel, la mayor base militar estadounidense en el extranjero.

En medio de todo esto Otpor nunca demostró tener un programa político coherente, no se vislumbraba claramente los objetivos de la organización en la etapa post-Milósevic y con el tiempo su liderazgo se asimiló al espectro de partidos políticos tradicionales, obteniendo, eso sí, múltiples posiciones de gobierno, en las cuales estaría involucrado en muy sonados casos de corrupción, como la vinculación de Serdja Popovic, su fundador, en el irregular nombramiento del presidente del Banco Nacional de Serbia. Más pronto salieron a la luz el papel decisivo de varias ONG y gobiernos extranjeros en la organización y preparación de Otpor. Los actores más destacados fueron; por las agencias gubernamentales de Washington, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID por sus siglas en inglés) que destinó cientos de miles de dólares a su financiamiento, y por las ONG el Instituto Albert Einstein dirigido por Gene Sharp, responsable de su asesoramiento. Estas y otras muchas instituciones crearon, desde 1998, toda una red de apoyo al grupo, que en dos años pasó de ser un minúsculo movimiento de la universidad de Belgrado a convertirse en la mayor fuerza opositora. En total se estima en cerca de 3 millones de dólares el apoyo del gobierno norteamericano a la oposición serbia en el periodo 1998-2000.

Todo esto, junto a la asombrosa evaporación, luego del cambio de gobierno, de tan multitudinario movimiento de masas, da a entender que el fenómeno Otpor no fue tan espontáneo cómo se planteó en un momento, sino más bien fue la cúspide de mucho planeamiento, planeamiento que va más allá de 1998. Pero no se habían terminado de aclarar los hechos en Belgrado cuando Otpor inicia a exportase a otros países, creándose la ola de llamadas “revoluciones de colores” y el floreciente negocio del Instituto Albert Einstein y las agencias gubernamentales norteamericanas y europeas de fabricarlas a medida.

II- Gene Sharp: la no violencia como arma estratégica.
Volvamos a 1989, mes de junio, momentos del derrumbe del antiguo campo socialista y de gran tensión en países como China. Allí el ciudadano norteamericano Gene Sharp es expulsado por las autoridades dos semanas antes de iniciar la famosa revuelta de la plaza de Tiananmen, en Beijing. Sharp se define simplemente como un teórico de la no violencia, interesado en el estudio de la desobediencia civil y en la democratización de la sociedad. Dirige el Albert Einstein Institution, fundado por él en 1983, en Boston, EE.UU, aparentemente una organización independiente y sin ánimos de lucro. Lo volveremos a ver en Suecia, 1991, donde permanecerá mientras los vecinos países bálticos proclaman su independencia de la URSS.

Es curioso en demasía que un simple teórico, cuyo trabajo es soportado por donativos, coopte la atención de grupos anticomunistas alrededor del mundo y que ya para febrero de 1990 logre organizar una Conferencia Sobre las Sanciones No violentas con participación de 185 especialistas de 16 países. En esta conferencia funge como la mayor autoridad el Coronel de infantería del ejército estadounidense Robert “Bob” Helvey, experto en operaciones encubiertas y ex decano de la Escuela de Formación de Agregados Militares de Embajadas de Estados Unidos. Este ex combatiente de Vietnam, socio de Sharp desde ese momento, es la prueba viva del compromiso de nuestro inofensivo teórico con el aparataje de inteligencia e intervención de Estados Unidos.

Desde los años cincuenta, Gene Sharp se dedica al estudio de las tesis anarquistas de la desobediencia civil y la no violencia, centrándose en las obras de Henry D. Thoreau, norteamericano y el indio Mohandas K. Gandhi, el famoso Mahatma; ambos autores sujetan la obediencia a las leyes y el orden civil a principios morales y religiosos superiores a la sociedad política. Es indudable que los grandes movimientos de protesta de las décadas del sesenta y el setenta hayan influido mucho en su labor, pero no es hasta el año 1983 cuando se da renombre al crear el Programa sobre las Sanciones No Violentas en el Centro de Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard. Allí desarrolla la tesis de la utilización de la desobediencia y la no violencia en, por ejemplo, una hipotética invasión de Europa occidental por parte de Moscú y sus aliados del pacto de Varsovia. Este trabajo, paralelo a la fundación del AEI, atrae la atención, contando ya para 1987 con subvenciones del Instituto de Estados Unidos por la Paz (U.S. Institute for Peace), organizando cursos para aliados en lo que el entonces agregado militar francés en Washington llamó la “disuasión civil”. Es de ese modo que la AEI se incluye en la red del intervencionismo imperialista. El Pentágono esperaba poder delegar en una serie de ONG’s la ejecución de labores de injerencia antes llevadas a cabo por aparatos clandestinos. Veremos que es un instrumento de suma versatilidad que puede derrocar gobiernos molestos a Washington, presionar a aliados díscolos e infiltrar y desviar movimientos sociales genuinos, todo sin estar demasiado lejos del brazo oculto del imperialismo yanqui.

La primera misión oficial del Instituto Albert Einstein se realizará en Birmania en 1992. Para entonces ya Sharp posee un acumulado de experiencia de lo ocurrido en la Europa oriental; el triunfo de Solidaridad en Polonia, la revolución de terciopelo en Checoslovaquia, el derrumbe de la RDA, el fusilamiento televisado de Ceaucescu en Rumania y el golpe de estado a Gorbachov, frustrado por la salida de manifestantes a las calles de Moscú, hechos todos en los que se sospecha la intervención de los aparatos secretos de la CIA. Sharp sin duda estuvo al tanto de todo y tomo nota del surgir de nuevas herramientas como las transmisiones noticiosas en vivo y directo. El país asiático es gobernado por una brutal junta militar desde que, convenientemente, manifestaciones no violentas debilitaron al gobierno anterior en 1988; la revuelta 8888, preludio de las revoluciones de color. Helvey había sido precisamente el agregado a la embajada de Rangún hasta 1985, participando e la estructuración de la futura dictadura y sus contactos hacen entrar clandestinamente a Sharp, por barco, al país. La misión del genio de la no violencia y su socio era doble, recordar a los militares birmanos su deuda con Estados Unidos y debilitar el movimiento de oposición democrática dirigido por la señora Aung San Suu Kyi, prisionera política de la junta militar.

Esto se logró con el desarrollo de un movimiento cívico de desobediencia, dirigido por los consejos de Sharp; son las calles de Rangún las que ven salir la primera edición, en inglés y birmano, del texto central de Sharp “De la dictadura a la democracia”, libro, especie de recetario revolucionario, que se convertirá en la biblia de las futuras revoluciones de colores. Paralelamente se da financiamiento y armamento, coordinado por Helvey, a la guerrilla Karen, un movimiento cívico que divide a la oposición política y una guerrilla amaestrada que presiona al gobierno en nombre de los intereses Norteamericanos, es esa la verdadera faz de la no violencia.

Como se sabe la dictadura birmana sigue en pie hasta el día de hoy, fuertemente condicionada por Estados Unidos. Suu Kyi es liberada apenas en 2010. Helvey realizó, entre 1992 y 1998, 15 viajes a Birmania en los que reclutó miembros para el movimiento conspirativo, coctel de pacifismo y subversión, que quedará latente hasta que, desde la Casa Blanca, se decida la caducidad de la junta militar y la necesidad de un nuevo rostro para el neocolonialismo en esa parte del mundo.

III- De Serbia al mundo: el negocio de las revoluciones a medida.
Luego del derrocamiento de Milósevic en 2001, la mediática mundial lanzó prolijos elogios a los “héroes de Belgrado”, a la revolución llevada a cabo, de lo comparable que era con el movimiento por los derechos civiles de la década de 1960 en EE.UU, del renacer de la protesta estudiantil y su papel en el mundo moderno. Desde editoriales de prensa hasta un film, “Bringing Down a Dictator” (“Como Derribar a un Dictador”), producido por un estadounidense, se creó toda una mitología sobré como un grupo de jóvenes, preocupados por la libertad y la democracia y sin más recursos que la voluntad, derrocan a un indignante tirano sin derramar una sola gota de sangre. El entonces presidente norteamericano George W. Bush inició una campaña contra las dictaduras, pero sin referirse a ningún gobierno en concreto.

Durante un periodo de dos años, demasiado para la memoria a corto plazo del gran público internacional, esa parte del mundo padece una extraña escasez de noticias, poco se sabe en el mundo del destino de Otpor y sus fundadores, de sus aventuras en el mundo de la corrupción administrativa, Serdja Popovic asumiría un tiempo la fachada de dueño del bar de moda en Belgrado. En realidad se gestaba una red internacional de entrenamiento y asesoramiento que se encargaría de exportar la experiencia Otpor (transformado en la fundación CANVAS; siglas en inglés de Centro para la Acción No Violenta y Estrategias Aplicadas), al resto de Europa del Este.

Es el instante en que el mundo es repentinamente bombardeado por los acontecimientos en Georgia, en noviembre de 2003, cuando la oposición desconoce las elecciones parlamentarias y tomas las calles en son de no violencia, en cuestión de días caía el gobierno de Eduard Shevardnadze, ex ministro de relaciones exteriores soviético que dirigía la nación desde 1992.

Los hechos se suceden rápidamente, un año después el primer ministro ucraniano Viktor Yanukovych es desplazado del poder cuando la oposición y los observadores electorales desconocen su triunfo en las elecciones presidenciales de noviembre, obligando a su repetición que resulta favorable a la oposición. En 2005 el escenario se repite en la lejana Asía central, en la república de Kirguistán, tras el desconocimiento opositor de las elecciones parlamentarias de febrero y marzo, con el derrocamiento de Askar Akayev, líder del país desde el fin de la URSS.

Nuevamente un puño se alza como símbolo de lucha en la antigua Europa socialista, pero esta vez se trata del puño derecho, que en un círculo blanco sobre fondo negro, es el emblema universal de éstas revoluciones, desde Belgrado a Biskek.
Es este el momento en el que la caída continúa de los gobiernos postsoviéticos en el área toma el matiz de fenómeno, se habla de las revoluciones de colores, revoluciones naranja (luego de Ucrania), revoluciones de terciopelo (recordando a Checoslovaquia), de las flores o revoluciones electorales, dado sus características comunes.

Todas estas revoluciones se centraron en algún evento electoral, que fue presentado como la salida del gobierno en cuestión. Se desarrollaron en todos los casos dos vertientes de campaña propagandística; una negativa, de denuncia a como dé lugar del gobierno existente; y otra positiva, de movilización del voto y de la observación electoral. Por un lado la salida era la única propuesta electoral, se centraba todo en la confrontación y no en la proposición de programas propios que fueran más allá de los lugares comunes de lucha por libertad, la democracia y la institucionalidad. Por el otro se ofrecía un inusitado interés por movilizar al electorado y organizarlo para la vigilancia electoral, interés nada inocente, pues se centró en la movilización exclusiva de los sectores susceptibles de sumarse a la revolución, la clases medias en especial, y manteniendo siempre en el fondo la intención de declarar fraudulentas las elecciones. Paralelamente se desarrollaba una actividad de calle, concentraciones y marchas, de variado signo, unas a “favor de la democracia”, otras llamando a la desobediencia al estado, las cuales al ser reprimidas daban su típica repuesta no violenta, captando de inmediato a la mediática local.

El día de las elecciones la oposición, basada en su red propia de observadores, especie de tribunal electoral paralelo, declara su triunfo sin esperar partes oficiales. El gobierno suele declararse ganador y la crisis no se hace esperar; en Ucrania se repitieron los comicios lo que dio el triunfo a la oposición con el 52% de un electorado convencido de la propaganda y con los seguidores del gobierno desmovilizados; en los otros casos las protestas masivas crean una alta conflictividad en medio de la cual las fuerzas del orden son abordadas con flores para luego ceder “espontáneamente” ante los manifestantes, quienes al entrar a los edificios gubernamentales disuelven el gobierno, colocándose la oposición en el mando de forma automática.

Las otras características en común de estas “revoluciones” que no suelen mencionarse, son la rapidez con que ese movimiento de masas, que tomó calles y centros de gobierno, se disuelve para devolver el orden público a las fuerzas policiacas con las que se enfrentó, sin pedir ninguna garantía, y el unánime cambio de política exterior, hacia una línea meramente atlantista, luego de cada toma de poder.
Los miembros de Otpor, junto a una pléyade de organizaciones no gubernamentales y fundaciones, monitorearon cada proceso, seleccionaron a los líderes y los financiaron, en ciertos casos, como el de Kirguistán, de manera muy descarada. Por cada revolución, se sumaban más asesores y colaboradores, georgianos, ucranianos, kirguises, se realizaron viajes y visitas guiadas a los lugares de gran confrontación, se expidieron becas y cursos internacionales. Nacía una internacional de la no violencia con un objetivo muy claro a la vista.

IV- Objetivo, Rusia.
Casi todas estas revoluciones se dan en el marco de la Europa oriental (excepto la revolución del cedro en Líbano, 2005, de la que nos referiremos en otra ocasión). En países muy bien definidos, de cultura mayoritaria, o muy fuertemente eslava, que habían pertenecido al antiguo campo socialista y que manteniéndose con cierto vaivén de posturas, orbitaban inexorables en la órbita política de Rusia. En esos momentos de inicios del siglo, poco se podía percibir de la venidera ofensiva occidental en contra de Rusia, la guerra fría era un recuerdo del pasado lejano y los atentados del 11 de septiembre de 2001 anunciaban la “guerra contra el terror”. Mientras el mundo observaba al aparato militar-industrial de EE.UU. aplastar a dos empobrecidos países como Afganistán e Irak, pocos analistas prestaban atención a lo que acontecía en forma de revoluciones pacificas en el este europeo.
La administración Bush anuncia desde el departamento de estado el proyecto del “Nuevo Gran Medio Oriente” un redibujo de las fronteras del mundo árabe en beneficio de Washington. Pero la primera encargada de ejecutar dicho plan parece no ser el cuadro más idóneo, la secretaria de estado Condoleezza Rice, que si bien surgió del mundo de las grandes compañías petroleras, había sido formada de manera integral, incluido conocimientos del idioma ruso, para actuar en la lucha contra la antigua Rusia soviética, para muchos un anacronismo patente.

Sin embargo, pareciera hoy que EE.UU. estaba al tanto de los siguientes cambios en Moscú con el ascenso en 1999 de Vladimir Putin, ex agente de la KGB, a la presidencia de Rusia. El nuevo gobierno pretende desde un primer instante dejar el inmovilismo internacional de la era Yeltsin a favor de redimensionar al país como potencia mundial. Norteamérica necesitada de nuevos mercados y materias primas, no puede ver tal intención con buenos ojos. Se plantea intervenir en contra de Rusia, ¿pero cómo?
Sin duda, para debilitar a Rusia y doblegar su postura es necesario dominar a sus vecinos para crear un cerco político y económico, pues la nueva Rusia capitalista esta tan necesitada de mercados como cualquiera de sus contrapartes occidentales; el aislamiento es pues, la clave para derrotar al gigante eslavo. Pero una intervención clásica en dichos países de las ex URSS causaría la inmediata intervención militar rusa, como fue el caso de la guerra civil en Georgia de 1990 a 1993. Era necesario otro método, y Gene Sharp y la red de fundaciones y organismos no gubernamentales de Estados Unidos tenían la solución, no en balde la receta de la no violencia ya había sido utilizada contra el moribundo Pacto de Varsovia.

El primer objetivo, la Serbia de Milósevic, parecía un objeto de pruebas idóneo, un gobierno pro-ruso lo suficientemente alejado de Rusia y con una pésima reputación fabricada por los medios de información al servicio de la OTAN. Dos fueron los instrumentos elegidos, el LDK (Ejército de Liberación de Kosovo) de Ibrahim Rugova en la separatista Kosovo, quien por la guerra en dicha región resulto inútil para Washington, y el Otpor de Popovic en la propia Serbia, este último daría el golpe decisivo en el corazón del país. Todo se dio con especial efectividad y derrocado el gobierno el proceso de “balcanización” de Yugoslavia pudo seguir hasta la total desaparición de la misma.

El rapidísimo éxito en Serbia dio pie a la implementación del método Sharp en otros países. Georgia y Ucrania se transforman rápidamente en aliados incondicionales de la OTAN, tomando posiciones llanamente hostiles hacia Rusia. Moscú siente la amenaza y moviliza a sus servicios de inteligencia en toda la ex URSS, pero poco puede hacer ante la propagación de lo que el gobierno ruso llamó la “peste naranja”.
Al caer el gobierno de Kirguistán el anillo de bases militares rusas en los países vecinos se ve seriamente perjudicado, pues Georgia inició su desmantelamiento al año de la revolución y se espera que cada país que se sume a la ola revolucionaria haga lo mismo. Cabe acotar que las bases rusas son reemplazadas por instalaciones militares estadounidenses, creando un amenazador cerco militar alrededor de Rusia, complementado posteriormente por los sistemas misilísticos en Polonia y República Checa.

En 2005, ya Putin mismo figuraba como la próxima víctima de las revoluciones teledirigidas, pero ese año presencia el agotamiento de ese sistema de intervención. Paralelo a los hechos de Kirguistán, en Moldavia se suscita la llamada “revolución Twitter”, la primera revuelta convocada por las redes sociales con el fin de desconocer el triunfo del Partido Comunista Moldavo en las parlamentarias. Se intentó detener el ascenso de un gobierno pro-Moscú, pero la violencia desatada por los “pacíficos protestantes” que saquearon e incendiaron el parlamento Moldavo, junto a sus públicas pretensiones de anexar el país a la vecina Rumania, fueron objeto de especial reseña por los nuevos medios informativos de Rusia. El gobierno no cayó en la trampa de la no violencia y llamó por su parte al pueblo moldavo a defender su decisión electoral, lo que desató la cara violenta del “pacifismo” pro yanqui.

Para entonces surgen en Rusia los llamados “Nachis”, las juventudes antifascistas de Putin, que con pleno apoyo gubernamental se ganan a la joven generación rusa para la causa del Kremlin. El Otpor ruso, llamado Oborona (defensa) resulta totalmente ineficaz, dado su total semejanza con el movimiento Serbio y el de las otras revoluciones de color (el puño derecho en un círculo es usado como símbolo en todos los casos), siendo acusado de movimiento títere de occidente. Putin pule una receta propia con fuertes dosis de su nuevo nacionalismo ruso. Rusia una vez segura en su defensa pasará a la ofensiva en la próxima crisis ucraniana de 2013-2014.

*Publicado por el Impreso Políti-K.

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Jeison Rondón


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