Atentado en Colombia: para reflexionar

Colombia está considerado hoy uno de los países más violentos del mundo, y por lejos, el más violento en América Latina. Desde hace más de seis décadas vive en guerra, con una suma de muertos por acciones bélicas que supera los 200.000 en esos largos años de enfrentamiento y dolor. Es, de hecho, el conflicto armado interno más prolongado del continente. A esa guerra civil, que por lo pronto ha dejado como una de sus tantas macabras consecuencias más de 100.000 minas personales sembradas en todo su territorio nacional, se suman otros elementos que lo tornan despiadadamente violento: junto a las fuerzas militares enfrentadas (ejército y dos movimientos insurgentes armados) actúan grupos paramilitares (tristemente célebres por trozar a sus víctimas con motosierras) así como toda la cohorte de muerte e impunidad que significa la industria del narcotráfico. Muerte, destrucción y sufrimiento sin dudas no faltan en el caribeño país.

     El cóctel, como vemos, es tremendamente explosivo: sobra violencia para todos los gustos. A ello hay que agregar aún el papel geoestratégico que Colombia ha empezado a jugar estos últimos años, y que todo indicaría seguirá desempeñando en el futuro inmediato, más aún con el reciente triunfo electoral de Juan Manuel Santos, un “duro” que continuará la política guerrerista de Álvaro Uribe (que de santo, parece, no tiene nada…), o más precisamente, que continuará con los dictados de Washington en su plan de dominación hemisférica: Colombia como el Israel latinoamericano, el guardián armado de los intereses imperiales, Colombia con las fuerzas armadas más grandes en términos comparativos en todo el subcontinente, casi tan grandes como las brasileñas (con cinco veces menos población que el país carioca), y con una batería de bases militares estadounidenses en su propio territorio que tornan virtualmente posible el control de toda la región latinoamericana por tropas norteamericanas con capacidad de control absoluto del área en espacio de unas pocas horas. La violencia, insistimos, está enclavada en el corazón mismo del país, con un Plan Colombia (rebautizado Patriota) que nunca termina, con armas y más armas, con guerra y más guerra. La violencia, en definitiva, como normal, familiar, pan nuestro de cada día. A lo que, por último, se suma un Tratado de Libre Comercio con la potencia del norte que funciona como otra forma de violencia, mortal no por el armamento que esgrime sino por las consecuencias que acarrea para las grandes mayorías, hambreándolas y excluyéndolas más aún de lo que siempre han estado. Tratado que lo que menos tiene es “libertad”, más allá de su ostentoso nombre de “libre”, lo cual no es sino otra forma de violencia, más sutil quizá, pero igualmente perniciosa y virulenta.

     Está  claro que Colombia vive un clima de violencia infernal, muy difícil de desarticular en el corto plazo, con una narcomafia en el centro de la escena política que se ha apoderado de buena parte del control estatal y que se enraizó como cultura. La violencia está presente en la cotidianeidad, se ha vuelto hecho cultural, y aunque alarma y lastima continuamente, al mismo tiempo está incorporada en la “normalidad” diaria. ¿El nuevo Israel? ¿Habrá planes para dotarlo también de energía nuclear?

     Esta pequeña nota que ahora el lector tiene ante sí lleva por título “Atentado en Colombia”, y apenas unos días después de las sin dudas históricas elecciones donde ganan las bases militares estadounidenses sobre la paz y la libre determinación de los pueblos latinoamericanos con Juan Manuel Santos a la cabeza, todo haría pensar que el artículo hablará de algún atentado recientemente experimentado en el país neogranadino, que se referirá a una nueva acción armada de los grupos insurgentes, o a alguna nueva provocación de los narcos en su sangrienta presencia en la vida cotidiana de la nación. Quizá a alguna desalmada nueva acción de los paramilitares, o a alguna nueva masacre en un país ya acostumbrado a ellas, a más sindicalistas desaparecidos o a más militantes de izquierda asesinados… Pero no: no hablaremos de nada de eso, ni haremos un análisis de las elecciones ni de los escenarios geopolíticos que se abren con la continuidad del uribismo con una nueva cara. No. Hablaremos, por el contrario, de un atentado que sufriera la semana pasada… la aspirante a una corona en un certamen de belleza.

     María Fernanda Núñez, de 22 años de edad, joven modelo de la ciudad de Cúcuta, era una de las favoritas para el título de Señorita Norte de Santander. Justamente en estos días debía realizarse la justa donde se elegiría a la reina local, que luego participaría en la elección de Miss Colombia, certamen de belleza nacional de donde saldría la representante para el evento internacional de Miss Universo, a realizarse en agosto próximo en Las Vegas, Nevada, Estados Unidos. Pero la joven en cuestión no llegó a concursar en la final: unos días antes de la justa, en la misma puerta de su casa, en el barrio Quinta Oriental de la ciudad de Cúcuta, fue agredida por un hombre quien le roció el rostro con ácido muriático, dándose inmediatamente a la fuga en una moto. El ataque le provocó serias quemaduras en su pómulo y ojo derechos (lesión en la córnea), extendiéndose las mismas hacia la boca, la lengua, así como su cuello, tórax y piernas. Va a ser necesario un complicado tratamiento dermatológico para recuperarla, aunque quizá ninguna intervención de cirugía plástica ya que, según los médicos que la atienden, la atacada no tendrá secuelas físicas permanentes. Pero definitivamente no podrá seguir su carrera de modelo ni –esto es lo fundamental– concursar en el certamen de marras.

     El Comando de Policía de la ciudad de Cúcuta repudió el hecho, ofreciendo acto seguido una recompensa de 10 millones de pesos colombianos (equivalentes a cinco mil dólares aproximadamente) para quienes ayuden a dar con el paradero de los responsables del hecho criminal, al tiempo que la alcaldesa de la ciudad, María Eugenia Riascos, anunciaba que el certamen de belleza quedaba suspendido hasta nuevo aviso. Las primeras hipótesis que se manejaban para aclarar el ilícito hablan de un atentado proveniente de alguna otra candidata del concurso, temerosa de poder perder a manos de la ahora lesionada María Fernanda Núñez, una muy probable triunfadora dadas sus dotes naturales. Es decir: celos y competitividad llevados a extremos enfermizos que posibilitaron una conducta criminal.

     Ahora bien: ¿por qué hablar de este hecho, quizá banal en cierto sentido –no para la damnificada y sus allegados, por supuesto, pero sí para la generalidad de Colombia–, que poco tiene que ver con la complejidad de un país en guerra y desangrado por la violencia, con bases militares foráneas y haciendo parte de un cuestionado plan bélico continental? Pues bien: porque este caso es una muestra en pequeño del drama colombiano; o, si se quiere, del drama de todos nuestros países latinoamericanos. Es, para decirlo quizá ampulosamente (pero no lejos de la descarnada realidad, ¡seguro que no!), una metáfora de nuestras situaciones cotidianas. Tal vez nada ejemplifica mejor nuestro drama diario que este en apariencia simple hecho. Es decir, un ejemplo dramático de lo que somos:  

  1. países marcados por un capitalismo despiadado, regidos por un salvaje “sálvese quien pueda”, donde las salidas individuales (ganar un concurso en este caso) son una de las pocas (¿únicas?) vías de solución a los dramas cotidianos, a la pobreza crónica, a la marginalidad, donde resulta más fácil eliminar al otro que cooperar solidariamente;
  2. países dependientes, periféricos, que siguen al pie de la letra los planes marcados por las potencias dominantes del Norte (Estados Unidos en principio), donde se trata desesperadamente de mendigar algunas migajas de la opulencia de las metrópolis; para el caso, la participación en un concurso de fama internacional que podría permitir “salvarse”;
  3. países dependientes, dominados en todos los sentidos, y donde la colonización cultural es patética, donde se siguen los patrones marcados por las potencias dominantes: hasta la belleza la copiamos de los modelos que impone el Norte próspero. Es infinitamente más probable que una jovencita en el Sur se tiña de rubio que una similar del Norte lo haga de moreno. Se siguen las modas y gustos que marca la industria de las metrópolis en detrimento de nuestra capacidad nacional reemplazando nuestras tradiciones por las líneas globalizadas que lo deciden todo (haciendo negocio, por supuesto. La silicona que se aplican las modelos la producen y venden las potencias, no olvidar);
  4. países marcados por una violencia estructural crónica que nos hace ver como normal el desprecio por la vida, por el otro. Sociedades tan violentadas y excluidas que permiten fácilmente perder los valores de solidaridad y sentido de grupo, donde la muerte ya no asusta;
  5. países donde la cultura de la violencia, de la muerte, del terror cotidiano nos inundó de tal manera que ya no nos sorprende ninguna atrocidad, donde la impunidad se enseñoreó de tal manera que se premia al tránsfuga, se envidia al mafioso y donde ya se nos hizo perder la noción que Estado somos todos; países donde, más allá de la condena que pueda recibir el hecho aquí analizado del atentado contra la joven, es posible pensar que sucedan cosas así cotidianamente, porque la vida no vale nada y la pedagogía del terror que vivimos por décadas nos insensibilizó;
  6. países donde el machismo –como en todo el mundo, por cierto– sigue permitiendo acríticamente estos certámenes en que se premia un don natural al peor estilo de parque zoológico, enfatizando el sexismo y haciendo de ello una mercadería más donde el cuerpo femenino es botín y cosa para el consumo.
 

     Sin dudas se podría alegar que hay mucho más que decir del caso colombiano en su conjunto que detenerse en ese “insignificante” hecho puntual. Seguramente. Pero de esos hechos puntuales “simples” podemos ver las complejidades en juego. ¿Por qué una sociedad en guerra civil total desde hace 60 años –disfrazada de democracia– puede producir un hecho como este atentado? Explicarlo por la intrínseca “maldad” de alguna muchacha concursante y temerosa de perder, no alcanza. La cultura de terror, de muerte y de desprecio por el otro que nos viene marcando desde siempre (¿desde cuándo: desde las últimas dictaduras –¿cuál de ellas?–, desde hace 500 años?) constituye una matriz que nos condiciona con la más absoluta naturalidad (¡Macando! llegó a inmortalizar un colombiano famoso como símbolo de todo ello).

     Si la muerte, la represión abierta, la tortura y la desaparición forzada de personas son nuestro común denominador, así como el racismo interno y el malinchismo despiadado, en un clima de capitalismo salvaje y de individualismo desenfrenado ¿por qué no encontrar posible, incluso “normal”, el hecho referido? Sin dudas, en algún nivel el atentado sufrido por María Fernanda tiene ribetes psicopatológicos; quien lo haya encargado (el sicario que lo realizó sólo cobró por el “trabajito”) tiene de algo de “enfermizo”, de estructura psicopática tal vez, dicho en clave psiquiátrica. Pero definitivamente nuestras historias no se pueden reducir a transtornos “mentales”: la violencia de la que nuestros pueblos saben tanto en carne propia –¡Macondo existe, no es sólo literatura de ficción!–, la violencia histórica que nos ha vivido “quemando la cara” no es algo enfermizo, producto de alguna “mente afiebrada”, de algún torturador psicópata. Es parte de fríos y calculados mecanismos de dominación, de terror programado, de estrategias de control.

     Leer críticamente noticias como la que aquí presentamos nos muestra la matriz en que hemos estado sobreviviendo. Lo cual quiere decir que es posible –¡y necesario!– construir otra, una nueva historia: una historia en que nadie tome como normal eliminar al otro, verlo sólo como contrincante amparándose en la impunidad. En definitiva: una historia de justicia e igualdad.


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Marcelo Colussi

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