La risa cantarina de mi pueblo

 

Crónicas Banana City

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Cambural, Diciembre 2016

La risa cantarina inundaba el espacio poblado por las casuchas donde habitaba la numerosa familia González. Era un risa que "salía con ganas" del pecho de aquella mujer joven, su estridencia anunciaba que un grupo de ellos se había juntado para conversar, estar juntos, encuentros de "tardecita", manifestación de la vida familiar de los González.

El viejo González había engendrado más de treinta hijos en las diversas mujeres de la comarca que compartieron su vida; unas, durante un largo período; otras, lo hicieron durante un período más corto y algunas otras que, tangencialmente relacionaron sus vidas con él. De los hijos predominaban las mujeres, no porque fueran más que los hombres que había engendrado, sino porque al crecer éstos se marchaban en busca de horizontes que el pueblo no les brindaba. Pasados los años, quedo inválido, y desde entonces su vida trascurrió en una silla de ruedas. Sus hijas colmaban todo el pueblo y desde distintos puntos se ocupaban de él: lo bañaban, lo vestían, lo afeitaban... Tenía su propio rancho dentro de la parcela que habitaban los González. Para el viejo fue una dicha haber tenido juntas tantas hijas que cada una, a su modo, se ocupaba de él. Por lo menos cuatro generaciones comprendían el espacio-tiempo de los González. El viejo representaba una especie de patriarca cuya tribu se esparcía por todo el pueblo, sus caseríos y más allá. Hijos, nietos y bisnietos constituyeron una gama de relaciones consanguíneas y por afinidad, en una especie de espiral de las relaciones de los González. Ya, más crecido el pueblo, por doquier, se encontraba uno alguno de los personajes que representaban la historia de los González.

Durante el día, cada grupo de la familia, principalmente las mujeres, se ocupaban de sus labores diarias en su casa, representando todas en su conjunto, una especie de pequeña ciudadela o mercado. Las conversaciones o instrucciones que daban a sus hijos o familiares, se transmitían a gritos, dando la sensación de un conversatorio público en cada grupo familiar. Cuando se comunicaban entre sí o entre una casa y otra, lo hacían a "a pleno pulmón", pidiéndose prestado alguna cosa, o se trasmitiéndose algún mensajes. Uno recordaba a los margariteños que hablan "cantadito y rapidito"; nos dicen que la razón es porque los pescadores tenían necesidad de comunicarse entre bote y bote, teniendo de por medio la mar y su sonido; por tanto, debían elevar la voz para poder oírse entre ellos. Así hablaban los González, más no tenían mar de por medio, sino que estaban plantados en una gran explanada.

El verde es el color predominante en esta vasta tierra; allí plantado esta el pueblo. Color que contrasta con su tierra vecina al este y el norte, donde el color predominante es el amarillento del paisaje de una tierra sedienta con su vegetación xerófila. Yaracuy está situada en una amplia planicie que colinda con la cordillera de la costa, situada en el centro del país. Allí convergieron las distintas asonadas de la guerra federal, librando cada una de ellas la batalla que requería ser triunfante para conquistar el camino hacia Caracas, era una especie de pre-requisito para la toma del poder por los caudillos de turno en la historia venezolana del siglo XIX.

El origen de la formación del pueblo (cuestión común en los distintos pueblos nuestros), se remonta a las viejas haciendas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Grandes haciendas que requerían de mano de obra en los tiempos de cosecha de la caña de azúcar, maíz y otros rubros; que requerían ser recogidos y así el circuito de producción y comercialización se cumplía engrosando las arcas de los terratenientes; manteniendo, al mismo tiempo, la masa obrera-campesina en el límite de la subsistencia. El proletariado rural se desplazaba por toda la zona en los tiempos de cosecha; venían de las zonas del Tocuyo, donde la presencia de población de raíz indígena, dicen que gallones, era significativa. Como era costumbre, para evitar obstáculos a la zafra, se evitaba desplazamientos de la mano de obra que pudieran perturbaba las labores de la zafra y la cosecha; por tanto, los hacendados permitían a los trabajadores construir barracas dentro de las haciendas, donde los obreros agrícolas pernotaban durante el periodo de la recolección de cosechas y corte de la caña de azúcar. Al finalizar ésta, algunos quedaban en las barracas todo el año, sirviendo y trabajando en tiempos pos-zafra. Las barracas que dieron origen al pueblo quedaban cerca del cambural, lugar de donde los obreros agrícolas complementaban "con cambures" la escasa alimentación que recibían como parte del pago. De allí el nombre del pueblo. Años después, un gringo que andaba por el lugar al preguntar dónde estaba, comento: - ¡Oh, yes!, -¡Banana City!-

Los barracas construidas dentro de las haciendas se fueron estabilizando, surgiendo así pequeños caseríos. Los hacendados eran dueños de las tierras y por la vía de los hechos, también de aquellos proletarios que vivían dentro de sus haciendas. Zárraga en su cuento "Nubarrón", que ganara el premio Cuentos de El Nacional de 1959, nos narra la vida yaracuyana de la época, mucho tiempo después del surgimiento de los primeros caseríos. Cuento literario que nos transmite, en su magistral narración, la imagen del pueblo a través de la visión de un perro de una familia pobre del lugar. En su cuento el autor resalta y reivindica la mujer venezolana, que sola y con los hijos a cuesta levanta la familia con todos los sacrificios; familias donde el padre no está y la mujer asume también ese rol además de aquel que por naturaleza le pertenece. La situación del jornalero rural emerge en la narración, describiéndonos su situación después de recibir el campesino la última paga al término de la cosecha.

Los tiempos de la modernidad, de países del primer mundo, hacen eco en nuestros atrasados pueblos y nos vamos "poniendo a la altura". La tecnología de punta inunda al país en mucho de los renglones de la economía y la vida del venezolano. El proletariado venezolano, que no existe, según algunos ideólogos, pero que sin embargo no nos saben explicar la dupla, o los contrarios, como decían los antiguos, vida/muerte, amor/odio, etc., y que en estos tiempo emerge en el hecho: trabajo/proletario como expresión de nuestra actual realidad. Pues bien, el trabajo no ha desaparecido como parte de la estructura social que mueve la economía. Si desaparece el trabajo enajenado, pues desaparecerá con él el proletario; sin embargo ese hecho histórico no ha sucedido, y como testimonio de ello está el desempleo y el desempleado, es decir, el hecho y quién lo vive, testimonian la deformación del modelo económico; por tanto, distintos personajes deambulan por las ciudades vendiendo cualquier cosa "made in china", para poder subsistir.

Durante el gobierno del primer Caldera se construyo la Autopista que venía a modernizar el transporte por carretera entre Barquisimeto, en el Estado Lara y Puerto cabello, en el estado Carabobo. Entre estos dos estados la autopista atravesaba todo el Yaracuy. Esta es la antigua ruta que cubría el ferrocarril que construyera la dictadura de Pérez Jiménez en los años cincuenta. La autopista fue bautizada con el Nombre de Rafael Caldera. Esta obra fue un orgullo para los olvidados yaracuyanos, del cual se sintieron muy orgullosos; prometía un aliciente importante para superar el aislamiento de la zona campesina y en consecuencia el despegue del desarrollo de la zona. La situación del sector no mejoro como se había pensado; aún cuando sus condiciones no eran las mismas que las que describió el escritor yaracuyano Rafael Zárraga en su novela "Las rondas del obispo". Aun con la "flamante autopista", siguieron siendo pueblos sin claros destinos, salvo el de abordarla para llegar a Caracas buscando un mejor horizonte de vida. Chávez le cambió el nombre, de Caldera por "Andresote", reivindicando el pasado histórico de la rebelión esclava representado en ese legendario líder negro; mas la realidad campesina no logro despegar.

-¡María está viajando!- , me dice mi vecinito Eusebio; niño pícaro e inteligente que con sus ocho años está informado de todo lo que ocurre en el vecindario. Pues sí, María y Fernandito, que es como le dicen a su cuñado, viajaron a la zona montañosa de Lara a recoger café. Su compañero hacía dos meses que había partido hacia el Callao, en el Estado Bolívar para trabajar como minero buscando oro.

María trabajaba con su madre haciendo pan, que vendían en el mismo pueblo; luego se independizó y monto una venta de "perros calientes". No le iba mal y así entusiasmada en el negocio construyo un espacio de cemento, lo techo de zinc y lo instalo frente a la calle con sus mesitas, manifestando su progreso ya que había superado "el carrito de perros calientes" con su "lata mantequera y cartón de huevos", donde calentaba el "pan de perros". Durante los fines de semana se convertía en sitio de tertulia de los vecinos y amigos de los González. La crisis se agudizó producto del enfrentamiento entre los sectores dominantes y como en toda crisis, esta la paga siempre el pueblo. Otros destinos hubo que buscar. Al igual que su madre se pusieron a vender café y empanadas en las noches y de madrugadas en las colas que se hacían en los grandes centros de distribución de alimentos. A las dos y a las cuatro de la mañana llegaba el carro contratado donde "montaban sus "peroles y a trabajar se ha dicho". Al principio les fue bien y la nueva actividad se extendió a varios miembros de la familia González. Sus vidas habían sufrido un cambio de ritmo: dormían por el día y trabajaban por la madrugada. En su actividad productiva (de subsistencia), no es que les fuera mal, dado que hacían ante sus vecinos alarde de sus ganancias, y era por todos los vecinos un hecho que merecía sus comentarios. Eran curiosos verlos en el patio cocinando en una olla grande con palos de leña y alrededor todos los que habían participado del trabajo; como en los viejos convites campesinos en tiempos de cosecha. Su actividad productiva, como gustan llamar ahora los "entes oficiales", marchaba al compás y ritmo de la crisis. Cuando la guerra económica mermó un poco, dado las concesiones que el gobierno dio a la burguesía, el negocio de los González desmejoró ante el comienzo de la aparición de los productos y más tarde los clap, donde los productos llegaban a las puertas de la casa, a partir de la propia comunidad organizada.

La mamá de María retomó el conuco y comenzaron a sembrar de nuevo, como en otros tiempos, caraotas, maíz, yuca, frijoles y algún otro rubro que le permitiera comerciar y así tener las fuentes de subsistencia. Aprendió, por necesidad, sin que tuviera profesor ni funcionario que se lo explicara, el movimiento del "mercado"; por tanto, sembraba según las necesidades de la gente, es decir, según la demanda que debía cubrir la oferta. Los hermanos de María y demás familiares siguieron la misma ruta. Algunos se convirtieron junto con María, en mano de obra recolectora en tiempos de zafra y cosecha; otros se dedicaron a sembrar los terrenos vacíos de su casas, y otros hasta sembraron en terrenos prestado por algunos "dueños citadinos", cuestión que operó como mecanismo de freno a una posible invasión de terrenos y "parcelas sancocheras" ociosas.

María regresó con el producto del sudor de la zafra en el bolsillo. Además de su risa cantarina, camina por las calles del pueblo con una cara de satisfacción, como de niña traviesa. ¡Fue éste un año difícil para todos! La risa de María tiene visos trascendentes. Los desafíos que se le presentaron y asumieron los González, que no son más que una muestra representativa del venezolano, expresa el ser de un pueblo que se erige así mismo en las dificultades. ¡Ese pueblo es Venezuela!


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