El precio del dólar o “siento una bolita que me sube y me baja”. ¡Qué bolas!

Donde usted vaya, bien sea al mercado público, donde abundan señores de mucho vientre, cuyas franelas apenas llegan más arriba del ombligo, señoras con menos dientes que años, carajitos macilentos y atropellados por la vida,  que se ofrecen como carretilleros y van por los pasillos atropellando a quienes por ellos nos aventuramos, vendedores de pescado con toda la suciedad encima que ese trabajo genera, hasta en los cabellos hirsutos; pudiera ser más bien en el sofisticado y muy diversificado centro comercial donde si sus tarjetas son generosas puede comprar lo que quiera hasta el pescado mismo, sin vendedores mugrientos, cecina de chivo envuelta como si fuese una exquisita joya - ¡y vaya que lo es! -, patas de pollo y hasta asadura, aparte de todo lo exquisito y costoso para lo que el centro existe, escuchará la misma conversación, el valor del dólar. Lo marcado al día por “Dòllar to day”.

            Quienes, desde años no le miran la cara a un dólar y hasta quienes nunca jamás, también hablan del asunto. Como si fuese algo de sus vidas cotidianas. Y razón tienen, porque forma parte de ellas. Antes, cuando el venezolana no sabía de inflación, hablamos de los tiempos del general Pérez Jiménez, las personas informadas comentaban la inflación allá en el sur. El hablar de ese fenómeno de la economía aquí sonaba extraño y era necesario toda una larga y complicada clase de teoría económica para saber qué era y el por qué. Era un tema del cual sólo se ocupaban las personas cultas y hasta ociosas. En Venezuela el bolívar había tenido la misma paridad frente al dólar por tan largo tiempo que nadie se acordaba si antes tuvo otra. El común de los venezolanos, para a decirlo con un lugar común, los de a pie, nada sabía de inflación ni comentaba sobre el valor o precio del dólar, siempre era el mismo. Era, como si alguien en los tiempos de Gómez, preguntase al levantarse, ¿quién gobierna hoy en Venezuela? Por eso mismo, cuando el general de La Mulera murió, tres días después nadie creía eso y se cuidaba de hablar de política, no “vaya a ser que algún esbirro ande cerca”.  

            Hablar del precio del dólar es el tema preferido de los venezolanos. Ya casi no nos ocupamos de Maduro, Ramos Allup, Revolución Socialista, receta del FMI, ni siquiera de las hallacas, estando tan cerca de diciembre. No, Nada de eso. Lo que nos quita el sueño, no en el más bellos sentido del término, sino por la cruel realidad que nos impone, es el precio del dólar según “Dollar To Day”.

           Y eso me parece natural. Porque apenas ese marcador fatídico, al cual hasta el mismo Víctor Álvarez le resta verdadero valor referencial, anuncia el precio de la moneda gringa, siempre en ascenso, ahora vertiginoso, hasta la yuca y la uyama, sin razón verdadera, pegan un brinco. Y siendo así, es lógico que el venezolano hable del dólar como habitantes del Caribe de los ciclones y japoneses de los tsunamis, de la sierra andina de terremotos y volcanes que arrojan lava y ceniza. Entonces, la gente del mercado, esos de a pie de quienes ya hice referencia, las amas de casa, trabajadores de bolsillos menguados o descosidos, hablan de él como del diablo que se aparece toda noche y al voltear de cada esquina. No habla del dólar, con el mismo entusiasmo de los chicos y chicas de clase media, esa de antes, que planifican un viaje de navidad. No. Hablan entre sí como quienes se cuentan historias de horror. De monstros de siete cabezas, de belfos babeantes y sedientos de sangre y hasta almas en pena que se solazan asustando a inocentes y, como más a tono con los tiempos, de “Pranes” que todo lo saben, controlan y mandan a asesinar a cualquiera como a quien da un clic.

            Pero en los medios hay otro tipo de actitud frente al ascenso apurado de la divisa norteña. Hay quienes hablan de su comportamiento o mejor del cómo le hace comportarse “Dollar to Day” frente al esmirriado bolívar,  como si eso les produjese un goce. Cuando del asunto hablan y repiten el reporte diario, parecen interpretar aquella vieja canción que, con la Billo`s Caracas Boy`s, cantó Emilita Dago, “yo tengo una bolita que me sube y me baja”. Porque esa bolita, con su subir y bajar, producía un goce enorme a quien la poseía. Quienes se dan a la tarea por los medios, a través de correos electrónicos enviados en cadenas hasta a miles de personas, lo hacen con sadismo y la extraña alegría por el daño que eso causa al venezolano.

            Esos personajes parecieran ser los demonios, buitres, aves de rapiña, montados sobre árboles enjutos, secos esperando el derrumbe definitivo del caminante quemado por la sed y agotado por el hambre, para caerle encima y a picotazos extraerle las vísceras y arrancarle las pocas carnes que han quedado después de tanto sufrimiento. Es lo que esperan hacer y se haga con los venezolanos y Venezuela.

            Fungen de políticos. Piensan y por eso actúan, que eso es hacer política. Ser portadores de mensajes horrendos, pestilencias y al mismo tiempo mostrarse gozosos de aquello, pensado en el beneficio que pudiera derivarles. Intentan con su gesto, repetir gozosamente el reporte, contribuir a que llegue más lejos y hasta más hondo, donde se pueda hacer más daño. Y pensando en este, gozan y llenan de satisfacciones, como si estuviesen alrededor de una enorme paila de carroña que devoran, mientras ingieren grandes tragos del mismo veneno que vierten en cada corriente de agua.

          Son muchos quienes se dedican y no por simples razones de negocios, sino por lo que ellos llaman política y la propaganda que esta significa para ellos a difundir esta noticia. La que no les haría falta para sus presuntos fines, la política, sino por el goce que le produce el mal que se significa para la gente, sobre todo los humildes. No son políticos, ni siquiera propagandistas, son simples y vulgares sádicos. Esos que tiene su “bolita” que les “sube” y les “baja”. ¡Qué bolas!



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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