Con palabras ajenas...

Son tantos los sentimientos encontrados que nos han estremecido esta semana que, si bien tenemos motivos para sentirnos contentos porque por fin se están tomando medidas largamente esperadas, queda en el fondo un desasosiego, una inquietud, una perplejidad de constatar cuán difícil es en Venezuela construir un socialismo, más aun si en su búsqueda se toman atajos no siempre éticos.

El presidente Maduro emprendió un sorpresivo sacudón contra la estructura comercial del país, buena parte de ella especuladora y estafadora, que puso a correr a todo el mundo, opositores incluidos, movidos por el afán venezolano de consumir hasta el último centavo que nos pesa en el bolsillo, en la satisfacción de necesidades tan superfluas y variadas como comprar un televisor y unos zapatos de marca, por una parte, con otras reales como una cocina nueva o una simple licuadora. Allí, frente a las tiendas, se vieron las caras opositores y chavistas en una triste conciliación identificada por el supremo deseo de comprar. La justicia de la medida se diluyó en la frenética reacción de la población, no toda ella necesitada.

Luisana Colomine publicó en Aporrea un artículo que tituló “Adónde se fue tu socialismo, Chávez”, en el que, entre muchas cosas sentidas, afirmó: “Cada vez es menos convincente la idea de socialismo en Venezuela, esa que promovió hasta su último aliento el comandante Chávez, pues seguimos sucumbiendo a las necesidades creadas por el propio capitalismo, que nos incitan a comprar lo que sea, bajo la absurda idea de que eso nos hará más felices”.

Y en pleno proceso de sopesar nuestras propias emociones, encontramos en Vea un artículo de Toby Valderrama que, bajo el título “Daka ¿revolución o barbarie?” sentenció al final: “Cuando un proceso revolucionario confunde tumulto con revolución, linchamiento con justicia, venganza con objetivo, vendetta con tribunal, entonces es hora de encender las alarmas. La desviación puede despeñarnos por los acantilados de la historia, y allá abajo las serpientes fascistas esperan a los ingenuos”. Hacemos propias ambas citas y deseamos que el camino de vidrios rotos que transitamos no termine por cortarnos a nosotros mismos.

 


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Mariadela Linares


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