Indignación

La historia de los pueblos se escribe con sangre, dignidad y resistencia. Venezuela, nación soberana y heredera de las luchas emancipadoras de Bolívar, enfrenta hoy un episodio que hiere profundamente la consciencia nacional: el secuestro de la pareja presidencial, un acto que no solo constituye una afrenta a nuestra soberanía, sino que desnuda la naturaleza criminal del imperialismo estadounidense y sus aliados.

Este acontecimiento, nefasto y terrible, no puede ser leído como un hecho aislado. Forma parte de una estrategia sistemática de agresión contra los pueblos que se niegan a doblegarse ante los designios de Washington. La doctrina de la "seguridad nacional" estadounidense, disfrazada de defensa de la democracia, ha sido históricamente utilizada para justificar invasiones, bloqueos, sanciones y golpes de Estado.

La ilegalidad de este acto es evidente. El derecho internacional público, en su núcleo más esencial, establece la inviolabilidad de los jefes de Estado y la prohibición absoluta de la intervención en los asuntos internos de las naciones.

El secuestro de la pareja presidencial constituye una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas, del principio de autodeterminación de los pueblos y de la soberanía nacional.

Los pueblos de América Latina conocen demasiado bien las cicatrices que deja la intervención extranjera. Desde Guatemala en 1954 hasta Chile en 1973, pasando por Panamá, Granada y más recientemente Honduras, la mano del imperialismo ha intentado borrar proyectos emancipadores.

Hoy, más que nunca, debemos reafirmar nuestra identidad nacional y nuestra vocación de libertad. La defensa de la soberanía no es tarea exclusiva del gobierno: es responsabilidad colectiva. La solidaridad internacional también debe ser convocada, pues lo que ocurre en Venezuela es un espejo de las luchas globales contra la dominación y el saqueo.

La indignación, entonces, no es solo rabia: es consciencia. Es la certeza de que la soberanía no se negocia, de que la dignidad no se vende y de que la libertad no se mendiga. Es el fuego que nos recuerda que somos herederos de Bolívar, de Sucre y de Zamora.

Que este secuestro, "ilegal y abominable", sea la chispa que fortalezca la unidad nacional. Que la indignación se convierta en organización, en resistencia y en victoria. Porque Venezuela no está sola, porque los pueblos del mundo saben que cuando se toca a uno, se hiere a todos.

La historia juzgará a los responsables de este crimen. Pero nosotros, desde la trinchera de la palabra y la acción, debemos dejar claro que la soberanía venezolana no se arrodilla.

La indignación es nuestra bandera, y con ella marcharemos hasta conquistar la justicia.



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Oscar Bravo

Un venezolano antiimperialista. Politólogo.

 bravisimo929@gmail.com      @bravisimo929

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