Pérez Mueras

No camaradas, no le deseo la muerte a este rastrero comodín del narco estado colombiano. Le deseo larga vida para que pueda asistir al desarrollo de la Revolución Bolivariana, sin que la senilidad distorsione su aprehensión de nuestro socialismo cuando casi centenario, vea con espanto su plenitud. Pero le trastoco con el antónimo el apellido, porque su razón de ser es la muerte de sus semejantes en aras de acabar con la revolución  y de auspiciar los intentos de magnicidio contra el Líder Comandante.

Para ello se ha entregado a los oscuros designios imperiales, se ha aliado a la putrefacta oligarquía bogotana y pretende convertir al Táchira en puerta de entrada para una invasión desde Colombia. Cualquier hecho es oportuno para provocar, para desestabilizar o promover el caos desde los medios golpistas, a nombre de quienes de venir, no dudarán en bombardear con misiles tácticos cargados de uranio empobrecido y de varillas de tungsteno, el suelo patrio. El legado de tan siniestras armas, ya lo sabemos, contaminación radioactiva hasta por 1.500 años.

Mucho más allá  del hecho electoral, los escarceos políticos por el poder, las dificultades intrínsecas de los procesos sociales y de la dinámica de las distintas visiones que los hombres tienen de su propia realidad, la Patria no puede entenderse como elemento negociable ante afrentas extranjeras, ni pieza de trueque para obtener lo que democráticamente sea imposible alcanzar. Sin embargo, esto, que debe ser excepción, se torna en común denominador de la causa opositora en Venezuela.

Esa causa, cuyo espectro comprende no solo organizaciones políticas, sino desde ONG, bancos, organizaciones empresariales, hasta la cúpula eclesiástica, entienden y promueven como estrategia para la recuperación del poder, el magnicidio y el genocidio. Las posturas intermedias o morigeradas solo son mediáticas para mantener un tenue velo de justicia ante el mundo.

Las evaluaciones que el gobierno hace sobre las advertencias y signos en contra de la vida de nuestro Líder y la invasión de nuestro territorio, se corresponden con una realidad determinada por el empeño del imperio yankee de adueñarse del mayor botín energético que posea país alguno, para asegurar el bestial metabolismo del aparato tecnocrático, militar e industrial que lo anima. De allí se derivan todas las desgracias de los Pueblos del Mundo. Qué puede importar en función de sus fines varios millones de muertos, cuando están a punto de trascender al planeta como nave e ir a plagar con sus miserias  el espacio a nombre de la libertad. Esa poderosísima elite de solo unos cientos no se detendrá ante organismos internacionales, sanciones o  recriminaciones y asume que la especie humana debe sobrevivir en ellos, no en nosotros.

Por extensión y por intención, los opositores criollos, con sus fauces espumantes, son tamborileros de la muerte. Este falaz gobernador es solo un coprolito en la montaña de miasmas que los conforma.

Como dije, larga vida a este cretino, a la MUD, a Fedetrácala, la CEV, sus derivados y especímenes. Pero no olviden que sería corta, muy corta si osan tocar un cabello de nuestro Líder Comandante o enseñar el camino de Las Termópilas al invasor.

pladel@cantv.net

 
 


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Plácido Delgado


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