Clase obrera mundial: crecimiento, cambio y rebelión

KIM MOODY

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La clase obrera del siglo XXI es una clase en formación, como era de esperar en un mundo en que el capitalismo solo se ha vuelto universal recientemente. Al mismo tiempo, el propio Marx nos recordó hace mucho, al hablar del desarrollo de las clases en Inglaterra, donde “se desarrollaron de la forma más clásica”, que “ni siquiera allí, a pesar de todo, esta articulación de clases emerge de forma pura”[i]. La clase trabajadora, por supuesto, es mucho más amplia que las personas que están empleadas en un momento dado. Guiarse tan solo por las estadísticas de la fuerza de trabajo escamotea importantes aspectos de la vida obrera en sentido amplio, incluida su reproducción. No obstante, quienes entran y salen del empleo constituyen el núcleo de la clase obrera, antaño considerado un dominio de los hombres, pero hoy compuesto también, casi a partes iguales, por mujeres. Además, tanto el espacio disponible como las limitaciones de la investigación me obligan a centrar este artículo en los sectores ocupados o semiocupados de esta clase global. Con estas reservas en mente, examinaremos primero el crecimiento de la fuerza de trabajo obrera mundial en el siglo XXI.

Las fuerzas motrices contemporáneas que subyacen a esta dinámica han sido la globalización desigual del capitalismo en general y el ascenso simultáneo de empresas multinacionales tras la segunda guerra mundial; la caída de la tasa de beneficio que comenzó a finales de la década de 1960 hizo que el capital saliera de sus antiguas fronteras, provocando crisis recurrentes, así como la apertura al capitalismo de las antiguas economías comunistas burocráticas y, más recientemente, la profundización de las cadenas de valor globales (CVG). Estas últimas han estado desarrollándose durante cierto tiempo, pero en las dos últimas décadas han determinado el crecimiento y el cambio económico en muchas economías en desarrollo al incorporar el trabajo de reproducción doméstico antes no remunerado, la pequeña producción de mercancías y las cadenas de suministro domésticas preexistentes en la esfera de las cadenas de producción de valor del capital multinacional. Esto ha dislocado algunos sectores y puestos de trabajo en las economías desarrolladas, pero sobre ha dado lugar a una expansión a nuevas zonas. Así, por ejemplo, pese a que el peso de los países desarrollados en la producción mundial ha disminuido, EE UU y la UE producen hoy más valor añadido que 20 o 30 años antes.

Crecimiento de la fuerza de trabajo mundial

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la fuerza de trabajo mundial creció un 25 % entre 2000 y 2019. El número de personas empleadas a cambio de un ingreso aumentó de 2.600 millones a 3.300 millones durante estas dos primeras décadas del siglo XXI, también un 25 %. De estas personas empleadas, en términos de la OIT, el 53 % son personas que perciben un salario o un sueldo, cuando en 1996 constituían el 43 %; el 34 % se consideran trabajadoras por cuenta propia, subiendo del 31 % en 1996; el 11 % son familiares colaboradoras, menos de la mitad del 23 % que representaban en 1996; y un 2 %, empleadores, que aquel año sumaban un 3,4 %[ii].

Evidentemente, no todos los no empleadores de estas estadísticas de la OIT forman parte de la clase obrera. Muchos son profesionales o ejecutivos asalariados de diversos tipos, otros son propietarios de pequeños negocios, vendedores ambulantes, etc. Es probable que alrededor de dos tercios, o poco más de 2.000 millones, de las personas que la OIT califica de empleadas constituyen la clase trabajadora. Sin embargo, estas personas empleadas de clase obrera no son únicamente las que perciben un sueldo o un salario. Muchas de las personas consideradas trabajadoras por cuenta propia o autoempleadas, así como las familiares colaboradoras, están incluidas de hecho en la relación de empleo entre capital y trabajo a través de las cadenas de valor o de suministros nacionales y globales expandidas y profundizadas que han caracterizado el crecimiento capitalista durante algún tiempo. El trabajo por cuenta propia o autónomo es a menudo un truco que utilizan los empleadores para ahorrarse impuestos, prestaciones y responsabilidades sobre estas personas. Las mujeres tienen muchas más probabilidades que los hombres de ser empleadas informalmente.

Ahora bien, esta informalidad es una definición jurídica de trabajadoras situadas fuera de la mayoría de las formas de regulación oficial del empleo. Con esta definición, la mayoría de la clase trabajadora en tiempos de Marx sería informal. Como dice Ursula Huws con respecto a varias formas de trabajo reproductivo no remunerado o de prestación de servicios individuales no productivos (de plusvalía), “la historia del capitalismo puede contemplarse sinópticamente como la historia de la transformación dinámica de esta clase de trabajos en otras, con el efecto general (como predijo Marx) de trasladar una proporción cada vez mayor de trabajo humano a la categoría productiva, donde queda sometido a la disciplina de los capitalistas, para los que produce valor”[iii].

Así, el Banco Mundial señala que las personas que trabajan en casa, que son desproporcionadamente mujeres, constituyen una parte considerable del extremo inferior de las cadenas de valor (de suministro) empresariales mundiales. Además, los estudios sobre el impacto de estas cadenas de suministro muestran que un número enorme de trabajadoras del sector informal, clasificadas en las categorías de empleadas por cuenta propia o familiares colaboradoras en Asia meridional, África y en todo el mundo en desarrollo, se incorporan comúnmente en las CVG[iv].

Estas cadenas de suministro dominadas por las empresas no solo conectan las economías en desarrollo con las empresas multinacionales, sino que también reconfiguran la economía local y la fuerza de trabajo para adaptarlas a las necesidades empresariales. Aunque la mayoría de la clase trabajadora de un país no esté conectada directamente a una cadena de valor empresarial, el grado de informalidad, los niveles salariales, los ritmos de trabajo y las proporciones de género las fijan en la mayoría de los casos la dinámica y la velocidad de las cadenas de suministro justo a tiempo de las multinacionales. Como señalan Bhattacharya y Kesar, el crecimiento de la fabricación capitalista en India ha hecho que aumente el sector informal porque es más barato recurrir a quienes antes eran pequeños productores de mercancías y tratar con trabajadoras domésticas, siendo las mujeres quienes aportan trabajo (escasamente) remunerado y trabajo reproductivo no remunerado que reduce el coste de cada trabajadora. Lejos de ser precapitalista, este empleo informal es un producto del capitalismo universalizado [v].

Las CVG se expandieron de alrededor del 45 % del comercio mundial a mediados de la década de 1990 a casi el 55 % en 2008, antes de descender ligeramente hasta alrededor del 50 %[vi]. A resultas de ello, los sectores que han crecido más rápidamente han sido los asociados a la infraestructura y el funcionamiento de estas CVG. Según cálculos de la OIT, el empleo en el transporte y las comunicaciones ha crecido en las dos primeras décadas del siglo XXI un 83 % –en la construcción un 118 %– a un ritmo mayor que cualquier otro sector importante. Desde el punto de vista del empleo directo, estos sectores emplean sobre todo a trabajadores masculinos. No obstante, un resultado importante de la expansión de las CVG ha sido el aumento de la proporción de mujeres, del 40 % de la fuerza de trabajo empleada en 2000 a casi la mitad (49 %) en 2019, mientras que en la fabricación que depende de estas cadenas de valor, el porcentaje de mujeres ha aumentado del 41 % al 44 % en 2019[vii].

Además, cada vez más trabajadoras y trabajadores también han quedado atrapados en el nudo de las relaciones de producción sociales del capital, como dice Huws, a través de la mercantilización creciente de los servicios públicos y del trabajo de reproducción social antes no remunerado, es decir, a través de la organización capitalista de servicios anteriormente prestados por el Estado mediante un trabajo asalariado, o en el hogar o en la comunidad sin remuneración. Una parte desproporcionada de estos sectores está compuesta por mujeres, que constituyen dos tercios de la fuerza de trabajo en la educación, la sanidad y los servicios sociales a escala global[viii]. Un indicio de esta tendencia es el rápido aumento de los servicios de mercado, que han pasado del 20 % del empleo en la definición de la OIT en 1991 al 31 % en 2018. Otro es el descenso a menos del 10 % del capital público y de los activos públicos en proporción a la riqueza nacional en la mayoría de los principales países industriales[ix].

Al examinar la recomposición de la clase trabajadora en los países desarrollados se suele señalar el incremento de los servicios y el declive de la producción de bienes, suponiendo que esto equivale a una contracción de la clase trabajadora. De hecho, la divisoria entre ambos sectores es fruto, en gran medida, del desconocimiento de cómo la clase obrera mundial crea valor en el capitalismo contemporáneo. La producción de servicios también está dominada cada vez más por empresas gigantescas e implicada en las CVG, y su participación en el comercio de valor añadido ha aumentado del 31 % en 1980 al 43 % en 2009.

Es importante tener presente que la producción de bienes es esencial para la prestación de servicios y viceversa. No hay servicios que se presten sin cosas y no hay bienes que se produzcan sin el insumo de servicios. Se supone que el trabajo invertido en ambas actividades genera plusvalía. El valor de uso de la mercancía que produce es secundario. Mientras que el empleo en el sector de servicios mundial ha crecido un 61 % en las dos primeras décadas del siglo XXI, la fuerza de trabajo industrial internacional ha aumentado un 40 %[x]. Esta relativa diferencia de crecimiento se debe en parte al aumento continuo de la productividad en la fabricación global a un ritmo superior al de la economía mundial en su conjunto, más que a una disminución de la producción industrial.

En efecto, incluso en este periodo de menor crecimiento, el valor añadido mundial de la fabricación, lejos de desaparecer, ha crecido un 123 % en dólares corrientes, o alrededor de la mitad en términos reales, de 2000 a 2019. En general, contrariamente a la noción de un mundo postindustrial, la fuerza de trabajo fabril ha crecido de 393 millones en 2000 a 460 millones en 2019, mientras que la fuerza de trabajo industrial (fabricación, construcción y minería) ha crecido de 536 millones a 755 millones en el mismo periodo. Esta cifra no incluye a los trabajadores y trabajadoras del transporte, las comunicaciones y los servicios urbanos, que también son esenciales para la producción de bienes y que empleaban a otros 226 millones de personas en 2019, cuando dos décadas antes eran 116 millones. En conjunto, este núcleo industrial representaba en 2019 el 41 % de la fuerza de trabajo no agraria mundial[xi]. En otras palabras, las y los industrial workers of the world, para tomar prestada una expresión, siguen siendo un núcleo masivo de producción de valor y de la población trabajadora. Sin embargo, su distribución geográfica ha cambiado.

Dispersión geográfica y desigualdad

El crecimiento de la producción mundial, y con ella la fuerza de trabajo obrera, no se reparte de forma igual por todo el globo. Mientras que los países desarrollados todavía producen la mayor parte del valor añadido industrial (VAI), los países en desarrollo han incrementado su parte del 18 % en 1990 a alrededor del 40 % en 2019, mientras que el de los países industrializados ha caído del 79 % al 55 % en dicho periodo. La parte de la UE ha descendido del 33 % del VAI mundial en 1990 al 22 % en 2018, mientras que la de Asia ha aumentado del 24 % al 37 % en este periodo. China por sí sola ha subido de alrededor del 5 % del VAI mundial en 2000 al 20 % en 2018. En el periodo más reciente, gran parte del aumento de la parte de Asia en el VAI se ha producido en cuatro países: China, India, Indonesia y la República de Corea. El empleo ha seguido los mismos pasos, de modo que la parte de los países industrializados en el empleo industrial ha descendido del 30 % en 1991 al 18 % en 2018[xii]. En el siglo XXI, el crecimiento del trabajo informal y del de producción de bienes, así como el creciente papel de las mujeres en ambos, se han dado sobre todo en el mundo en desarrollo.

Al mismo tiempo, la dislocación económica, política y derivada de la guerra y la desposesión han generado una creciente población migrante internacional. El número de personas que viven fuera de su país de nacimiento ha aumentado de 173.588.441 en 2000 a 271.642.105 en 2019, un incremento del 57 %. La mayoría de ellas se hallan en edad de trabajar, y el 48 %, casi la mitad, son mujeres. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) clasificó en 2017 a unos 111 millones como trabajadores migrantes, que en 2018 enviaron remesas de dinero a sus respectivos países de origen por importe de 689.000 millones de dólares[xiii].

Por lo menos 500 millones de personas reciben estas remesas, que contribuyen significativamente a la reproducción social de la clase trabajadora mundial y de este modo a la reducción de los costes del trabajo para el capital internacional. Como han señalado Ferguson y McNally, obviar el papel del trabajo migrante es “no ver los procesos internacionales de desposesión y acumulación primitiva, que entre otras cosas generan reservas globales de fuerza de trabajo cuyos movimientos transfronterizos se hallan en el corazón de la producción y reproducción del capital y trabajo en el mundo”. Así, 111 millones más de trabajadores entran y salen de los estáticos números de empleo de la OIT y de los procesos de formación de la clase, particularmente en centros de producción importantes como EE UU, Europa y Oriente Medio[xiv].

El capital en general ha jugado muy bien sus cartas con los cambios geográficos, los avances tecnológicos, la reorganización de la producción e incluso las crisis del sistema en su conjunto. Globalmente, en la mayoría de economías desarrolladas y en las economías en desarrollo, tanto si los salarios reales han subido como si han bajado, la parte de las rentas del trabajo en el PIB ha menguado desde mediados de la década de 1970, con altibajos, hasta 2019. Por tanto, la de las rentas del capital ha aumentado. Fruto de esto, la parte del 10 % más rico en la renta nacional de todas las economías importantes ha aumentado, mientras que la del 50 % más pobre ha disminuido[xv].

La pobreza sigue siendo un rasgo central del trabajo en los países en desarrollo, a pesar de las afirmaciones de que ha disminuido, en gran medida a resultas de la manipulación de la definición de pobreza. Incluso en Europa, antaño el pináculo del estado de bienestar, según el teórico socialdemócrata Wolfgang Streeck, “seguidamente se analizará la trayectoria de la política social europea a largo plazo a medida que ha mutado de un previsto estado federal socialdemócrata a un programa de ajustes competitivos a los mercados mundiales”[xvi]. En pocas palabras, la clase obrera ha perdido la partida en todas partes.

Gran parte de esta mayor desigualdad se debe al declive relativo de los sindicatos y el consiguiente estancamiento de los salarios en las economías desarrolladas, al aumento continuo de la productividad industrial en todo el mundo y a la creciente incorporación de los sectores formales e informales de bajos salarios a los sistemas de producción mundiales. Estas tendencias han contribuido al aumento generalizado de las tasas de explotación. Como señala el economista político Anwar Shaikh, “el nivel global de desigualdad de rentas se basa a fin de cuentas en la relación entre ganancias y salarios, o sea, en el reparto de la plusvalía”[xvii]. Esta relación se ha inclinado a favor del capital con métodos avanzados de supervisión, medición, cuantificación y estandarización del trabajo, que finalmente afectan a la clase trabajadora en todas partes.

Tecnología y control del trabajo

Para cientos de miles de trabajadoras y trabajadores de todo el globo, el trabajo sigue siendo ante todo un esfuerzo físico agotador, aparentemente eliminado del régimen de automatización de alta tecnología y de gestión digital, que no ha hecho más que intensificar el trabajo. No importa cómo ni dónde están trabajando, el ritmo y el esfuerzo vienen dictados por esta medición digital y las instrucciones de trabajo a lo largo de las vastas cadenas de suministro justo a tiempo que ahora recorren el mundo entero.

Lo que más ha cambiado en la naturaleza del trabajo en las dos últimas décadas es el grado, penetración y aplicación de tecnologías digitales que controlan, cuantifican, estandarizan, modulan, trazan e instruyen el trabajo de individuos y grupos[xviii]. Estas se basan, aunque trascienden, los esfuerzos del taylorismo y de la producción ajustada para cuantificar, fragmentar, estandarizar y de este modo controlar el trabajo individual y colectivo, independientemente del producto o servicio que produce. La digitalización de gran parte de la tecnología relacionada con el trabajo puede medirse y secuenciarse hasta los nanosegundos, frente a los minutos y segundos de Taylor, proporcionando una precisión de la que carece la simple eliminación del desperdicio de la producción ajustada por medio de la gestión por el estrés. También significa que todos los aspectos del trabajo quedan cuantificados. La simplificación a través de la cuantificación permite la velocidad, y la velocidad requiere cuantificación. El estrés se puede medir, pero no así la emoción, los efectos de la formación profesional o las habilidades tácitas de toda persona.

Todo esto se aplica a servicios ya convertidos en el siglo XX de prestaciones domésticas y trabajos realizados por profesionales locales o pequeñas empresas en servicios prestados por grandes empresas, entonces reorganizados con criterios ajustados y ahora dirigidos digitalmente, desde centros de llamadas hasta hoteles, pasando por el mantenimiento de edificios. Las mediciones digitalizadas de hoy se aplican asimismo a trabajos profesionales como la sanidad y la educación. Se recopilan datos del personal y se utilizan en contra suya en estos ámbitos, como en una fábrica o un almacén. Así, la labor de un o una enseñante se mide por el nivel del alumnado (que es supuestamente su producto) a la luz de pruebas estandarizadas basadas en un conocimiento estándar, de modo que el personal docente se ve forzado a enseñar para superar la prueba.

Se puede hacer un seguimiento de las enfermeras de un hospital mediante GPS y su trabajo viene dictado por sistemas algorítmicos de Apoyo a las Decisiones Clínicas, que recomiendan tratamientos estándar. En ambos casos, el personal puede ser sustituido por personas menos cualificadas y de menor coste que llevan a cabo tareas estandarizadas. Puesto que estas son en su mayoría mujeres que desempeñan una labor emocional, el contenido emocional del puesto de trabajo se concibe como un regalo no reconocido al capital: el aspecto no remunerado del trabajo de reproducción social, realizado en el lugar de trabajo en vez del hogar[xix].

Amazon es el ejemplo más citado de personal dirigido digitalmente, y con razón. Un reciente estudio de un centro logístico de Amazon en California describe el contexto en que trabaja el personal: “Para coreografiar el balet brutal que se desata tan pronto un cliente clica envía tu pedido para entregar al día siguiente en Amazon Prime, la empresa hace uso de su poderío algorítmico y técnico dentro de su red masiva de tecnología digital y de comunicación, sus instalaciones de almacenaje y su maquinaria, al tiempo que flexiona numéricamente su mano de obra arriba y abajo de forma sincronizada con la demanda fluctuante de su clientela.” En centros idénticos en todo el mundo, el trabajo propiamente dicho está dirigido por escáneres y ordenadores de mano o de pulsera que siguen, cronometran y guían al personal al producto en cuestión. El personal tiene 30 minutos por turno de tiempo sin tarea, es decir, tiempo en el que no están en movimiento. Además, se ven empujados por robots Kiva, que también localizan y recogen productos[xx]. Este es el prototipo del trabajo en todas partes, a menos que la resistencia de la clase trabajadora lo impida.

Rara vez se menciona otra dimensión de la tecnología actual en los lugares de trabajo: como ocurre con la propia fuerza de trabajo global, la del almacén de Amazon es multirracial y multinacional. Como subrayó la revuelta internacional de Black Lives Matter en 2020, la raza y el racismo, aunque están especialmente atrincherados en EE UU, tienen arraigo en todo el mundo desde los tiempos de la esclavitud y del colonialismo. El racismo bajo el capitalismo no solo es un medio para dividir a la clase trabajadora, sino también de imponer la condición de clase obrera a los grupos raciales o étnicos cuyas oportunidades en la vida están limitadas por barreras raciales o étnicas. Es una fuerza en la formación de la clase. De ahí que la población afroamericana sea desproporcionadamente de clase obrera y pobre. Mientras que el capitalismo puede haber heredado el racismo de la época de la esclavitud y la conquista colonial, ha repartido el trabajo y la fuerza de trabajo sobre bases raciales, étnicas, de género y nacionales desiguales durante generaciones[xxi]. Al igual que las prácticas de gestión en general, la tecnología que clasifica al personal según ocupación, rango, cualificación, actitud, etc. lleva la marca de esta herencia.

La inteligencia artificial (IA) y los algoritmos los programan seres humanos que se han criado en este contexto histórico, que más a menudo que menos mantienen muchos de sus supuestos ancestrales, en general inconscientemente, mientras que el mismo tiempo utilizan datos necesariamente basados en el pasado. Como dijo un analista, “el pasado es un lugar muy racista. Y solo tenemos datos del pasado para formar la inteligencia artificial”[xxii]. El argumento de un matemático en referencia a los resultados raciales de los programas de IA utilizados por la policía para predecir las zonas de alta criminalidad se aplica a todos los aspectos de la vida: los datos racialmente sesgados “crean un pernicioso bucle de realimentación que refuerza los tópicos raciales y por tanto la asignación del personal y las oportunidades raciales en la vida[xxiii].”

Uno de los ejemplos más escandalosos es el de la tecnología de reconocimiento facial, que utilizan las empresas y los departamentos de policía y que suele ser incapaz de distinguir entre sí a individuos de tez oscura[xxiv]. No se puede calificar de accidental que la mayoría de las trabajadoras mal pagadas y sobreexplotadas en este almacén de Amazon en California sean latinas o negras. El racismo, después de todo, es una de las armas del capital en la lucha de clases, ahora injertada en su tecnología. Lo mismo podemos decir del género y del machismo. Por ejemplo, los sistemas de Apoyo a las Decisiones Clínicas que se imponen a las enfermeras se basan en estudios clínicos que “han excluido sistemáticamente a mujeres y minorías”[xxv].

El trabajo y el control de las rutas del capital

La tecnología, los patrones de empleo y los flujos de bienes, servicios y capitales que caracterizan la producción nacional y configuran el mundo del trabajo, se apoyan a su vez en una infraestructura material internacional cada vez más profunda para el transporte de los productos y del valor por todo el mundo. Estas rutas materiales del capital consisten principalmente en carreteras, ferrocarriles, rutas de navegación, puertos, tuberías, aeropuertos y almacenes tradicionales. Ahora también incluyen grandes conglomerados logísticos de base urbana con sus instalaciones y su mano de obra, kilómetros de cables de fibra óptica, que solo se emplean ampliamente desde finales de la década de 1990, centros de datos cuya aplicación es todavía más reciente y almacenes diseñados más para el trasiego que para el almacenamiento y reconvertidos tecnológicamente.

Esta infraestructura en su mayor parte incrustada es fruto del trabajo de millones de personas que la construyen y mantienen y de las cuales depende. Si la tecnología impone controles, la dependencia de la infraestructura de trabajos continuados proporciona a la mano de obra su propio instrumento de control: la posibilidad de frenar o detener el constante movimiento de valor y, por tanto, el proceso de acumulación.

Marx entendía que el transporte y las comunicaciones forman parte de la producción de valor[xxvi]. Así, las decenas de millones de trabajadores y trabajadoras de todo el mundo que trabajan en estos depósitos incrustados de capital fijo constante, y en los camiones, trenes, barcos, aviones, centros de transmisiones por cable y centros de datos que mueven mercancías, datos y finanzas a través de esta infraestructura, son mano de obra productiva, del mismo modo que quienes trabajan en fábricas o lugares de prestación de servicios. Hacen que funcionen los circuitos del capital y aseguran buena parte de la velocidad con que operan estos circuitos. Es a través de estas rutas de transporte y comunicación por donde se mueven estos circuitos del capital con la conocida fórmula marxiana, D-M-D’, movimientos que se repiten secuencial y simultáneamente millones de veces al día. La velocidad con que sucede esto determina la ganancia potencial[xxvii]. Y por supuesto, empujados por la competencia global, la velocidad y el suministro justo a tiempo se han convertido en importantes exigencias de la producción y la logística contemporáneas.

Esto es tan cierto con respecto a quienes trabajan en el movimiento de datos, información y dinero como en relación con quienes conducen un camión, manejan las máquinas de un buque de contenedores, mantienen un oleoducto o trabajan en una fábrica, es decir, todas aquellas personas que combinan fuerza de trabajo viva con trabajo muerto acumulado para producir valor. Ninguna parte de esta infraestructura, como tampoco los bienes de equipo que pasan por ella, funciona sin la mano y la mente de la persona que trabaja. Hasta el sistema más automatizado requiere un mantenimiento y una reparación constantes. Por ejemplo, a comienzos de 2020, los 39 centros de datos supuestamente automatizados al 100 % en EE UU e Irlanda emplearon a 10.000 personas para que continúen con su zumbido[xxviii].

Lo que se llama la nube o ciberespacio es nada más que un extenso complejo material de cables de fibra óptica, centros de datos, transmisores y ordenadores. Como señala un artículo del New York Times, “la gente piensa que los datos están en la nube, pero no. Están en el océano.” De hecho, también se encuentran encima y debajo de tierra firme, al igual que bajo el mar, siguiendo los trazados fijados originalmente a mediados del siglo XIX para los cables de telégrafo. Los cables de fibra óptica actuales transportan el 95 % del tráfico de internet. El conjunto del sistema material conectado y sus partes son sumamente vulnerables y abundan las interrupciones y disrupciones[xxix].

El sistema lo despliega y repara la gente que trabaja en barcos cableros, en las estaciones de transmisión de todo el mundo, las personas empleadas por las empresas de telecomunicaciones nacionales y el número cada vez mayor de grandes centros de datos que, como dijo James Bridle, “generan enormes cantidades de calor residual y requieren las correspondientes cantidades de refrigeración de miles de sistemas de aire acondicionado”[xxx]. Todo esto, a su vez, necesita trabajo humano para funcionar. En todos los puntos de este movimiento aparentemente inmaterial de datos y dinero hay trabajadoras y trabajadores de diversas categorías y diferentes cualificaciones sin quienes nada se movería. No hay digitalización sin manipulación humana.

En un periodo de niveles relativamente bajos de inversión en bienes de equipo se han dedicado innumerables miles de millones en la extensión y profundización de esta infraestructura. Fijándose en una medición un poco más amplia, Price Waterhouse Coopers calcula que la inversión privada en infraestructura ha sumado 1,7 billones de dólares de 2010 a 2017, en un sector en que la inversión pública suele tener un peso importante[xxxi]. Regularmente se tienden nuevos cables, se excavan puertos y canales, se colocan líneas ferroviarias continentales, se construyen más aeropuertos y se amplían los existentes[xxxii]. Por enormes que sean estas nuevas inversiones, tan solo representan el coste y la mano de obra iniciales. Como señala Akhil Gupta con respecto a los numerosos nuevos proyectos de infraestructura de todo el mundo, “tan pronto como se ha completado el proyecto y se inaugura oficialmente, comienzan los trabajos de reparación”[xxxiii]. Significa que el trabajo muerto implicado en la infraestructura requiere la aportación constante de trabajo vivo durante toda su vida operativa.

Una importante fuerza impulsora de esta expansión de la infraestructura es la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda del presidente chino Xi Jinping, lanzada en 2013. Al amparo de ella se ha financiado, en gran medida a base de préstamos, una red de superautopistas, líneas ferroviarias (tres de China a Europa), puertos y aeropuertos que “se extiende al océano Pacífico, al Índico y al corazón de África”, así como a Oriente Medio y Europa. Hasta 2015, China había reservado 890.000 millones de dólares para invertirlos en 900 proyectos[xxxiv]. En 2019 “se centró en energía, infraestructura y transporte, con una inversión potencial total de alrededor de 1,4 billones de dólares, una escala sin precedentes”, según el analista Daniel Yergin[xxxv]. Estos planes implican la contratación de enormes números de trabajadores en los vastos territorios del centro y sur de Asia, Oriente Medio y África, que realizan estos proyectos y tienen la posibilidad de paralizarlos mediante su acción colectiva.

Una época de rebelión: ¿clase o multitud?

Todo esto ha ocurrido en un periodo de turbulencia económica y de crisis recurrentes, una crisis climática que ya no se puede negar y ahora la pandemia de covid-19. Cada uno de estos factores ha contribuido, de una manera u otra, a un incremento drástico del activismo social, del número de huelgas y de la movilización masiva en oposición a la situación imperante. En casi todas partes, estas huelgas, manifestaciones masivas y movilizaciones se han producido a raíz de cambios económicos, disrupciones y estados de angustia a veces ocasionados por guerras. Pero han sido de carácter político por el hecho de que en su mayor parte se han dirigido contra los gobiernos y las políticas neoliberales y la corrupción concomitante, que han causado sufrimiento a la mayor parte de la población de todo el globo. La revuelta internacional que comenzó con la primavera árabe en 2011 y ha continuado e incluso se ha acelerado durante la pandemia de 2020, es demasiado masiva para describirla aquí en detalle. En vez de ello, trataré de analizar algunas de sus principales características y el papel de la clase obrera en esta revuelta general.

De acuerdo con un análisis de la agitación social en 2019 por la empresa de valoración de riesgos Versisk Maplecroft, 47 países, o casi una cuarta parte del total, conocieron importantes disturbios civiles tan solo en 2019. Este recuento muestra cómo estas protestas han abarcado todas las regiones del mundo, excepto América del Norte[xxxvi]. Sin embargo, ha omitido algunas acciones importantes ocurridas en Norteamérica, incluidas varias huelgas generales, la enorme revuelta de Black Lives Matter y las manifestaciones masivas y huelgas de julio en Puerto Rico [xxxvii]. A esta agitación social se sumaron, en 2020, nuevas movilizaciones y manifestaciones de masas, que en parte continúan, en Bielorrusia, Tailandia y el lejano este de Rusia; huelgas masivas en Indonesia; así como la revuelta de Black Lives Matter en todo EE UU y buena parte del mundo[xxxviii].

Muchas de estas movilizaciones las iniciaron estudiantes o activistas de diversos orígenes de clase, de manera que hay que abordar la cuestión del papel desempeñado por la clase obrera y sus organizaciones en toda esta agitación social. David McNally ha analizado “el retorno de la huelga de masas” con bastante detalle. Con respecto a las huelgas de masas ocurridas desde la recesión de 2008, escribe en 2020:

A lo largo de la década transcurrida desde la Gran Recesión, hemos asistido a una serie de enormes huelgas generales (Guadalupe y Martinica, India, Brasil, Sudáfrica, Colombia, Chile, Argelia, Sudán, Corea del Sur, Francia y muchas más), así como oleadas huelguísticas que han contribuido a derribar a jefes de Estado (Túnez, Egipto, Puerto Rico, Sudán, Líbano, Argelia, Iraq)[xxxix].

Además, ha habido huelgas masivas de distinta magnitud en todo el mundo, a menudo relacionadas con cuestiones de reproducción social, incluidas las huelgas de enseñantes de 2018-2019 en EE UU. Como subraya McNally, la huelga de masas también ha sido un arma esgrimida por el movimiento feminista, especialmente en las huelgas internacionales de mujeres que abarcaron 50 países en 2017 y 2018 en nombre del feminismo del 99 %. Algunas de las huelgas de masas, señala, se han producido en medio de movilizaciones más amplias en las calles y plazas del mundo entero, como en Hong Kong, Chile, Tailandia, Ucrania, Líbano e Iraq[xl].

El hecho de que la acción de la clase obrera ha estado en el centro de la revuelta queda reflejado en algunas cifras generales. El Instituto Sindical Europeo calcula que entre 2010 y 2018 hubo 64 huelgas generales en la Unión Europea, casi la mitad de ellas en Grecia[xli]. Más en general, la OIT calcula, con respecto a tan solo 56 países, que hubo 44.000 paros obreros entre 2010 y 2019, principalmente en fábricas. La autora del informe de la OIT, sin embargo, señala que vista la limitación de los datos, el número de huelgas “podría ser mucho mayor que 44.000”[xlii]. Tan solo en China, el China Labour Bulletin contabilizó unas 6.694 huelgas entre 2015 y 2017 en una gran variedad de sectores. Lu Chunsen calcula que hubo 3.220 huelgas de trabajadores industriales en China entre 2011 y mayo de 2019, pese a la naturaleza precaria del trabajo, la migración interna masiva a las ciudades y la prohibición de las huelgas por el gobierno[xliii]. Vemos aquí un claro ejemplo de la fusión de la mano de obra migrante informal con la fuerza de trabajo formal y sus acciones subsiguientes.

Sabemos que los sindicatos han desempeñado un papel importante en muchas de las luchas recientes, incluso en los casos en que fueron líderes de clase media quienes se colocaron al frente de las masas. En Bielorrusia, por ejemplo, una entrevista de la BBC con un dirigente sindical reveló que él había sido uno de los principales líderes de la rebelión. Es más, participantes informan de que las manifestaciones “estaban convirtiéndose en un movimiento más amplio de la clase trabajadora, con la implicación de movilizaciones en los lugares de trabajo”[xliv]. En un análisis pormenorizado de la Primavera Árabe, Anand Gopal señala que mientras la clase obrera sindicada desempeñó un papel clave en la mayoría de las revueltas árabes, en las fases iniciales del levantamiento sirio, las masas obreras fragmentadas se alzaron primero en los poblados de chabolas y que “la base del movimiento estuvo formada por trabajadores precarios, semiempleados, que simplemente carecían del poder estructural suficiente para amenazar a la elite siria”[xlv].

En otras palabras, buena parte de la base de masas de 2011 provino de la clase obrera organizada y de sectores obreros informales en la mayoría de los países árabes, y muchas de estas personas, como hemos visto antes, se habrán visto involucradas en las CVG del capital multinacional, trabajando en campos petrolíferos, en el mantenimiento de oleoductos, en el canal de Suez o en los numerosos puertos de Oriente Medio y del norte de África. Gopal afirma que su misma precariedad y su empleo informal implican que su poder era escaso. Ahora bien, en muchos países en desarrollo, estos sectores obreros se han organizado en sus barrios y en sindicatos nacionales, asociaciones de trabajadores y trabajadoras informales o migrantes y cooperativas, así como en lugares de trabajo, para tomar las calles y plazas como ha hecho la clase trabajadora durante generaciones[xlvi].

La apariencia interclasista de muchas de las personas que protagonizaban las huelgas y manifestaciones también se debe a la proletarización de sectores educados, como maestras y enfermeras, cuyos puestos de trabajo estaban estandarizados y sometidos a una gestión empresarial más estricta, de acuerdo con los procesos antes descritos, así como la incorporación de muchos y muchas millennials a empleos de clase obrera. En estos casos, las divisorias de clase aparecen borrosas, pero el destino social de la mayoría de esta generación y la siguiente es sin duda la clase trabajadora. Muchas de estas personas participan en huelgas de trabajadores de plataforma o repartidores u otras trabajadoras que acaban de descubrirse como esenciales para la reproducción social en el contexto de la pandemia, que probablemente acelerará esta transformación social.

Lo que parece claro es que tanto si fueron los y las estudiantes quienes encendieron la mecha como si no, o si profesionales y políticos de clase media ocuparon el liderazgo, la base de masas de la mayoría de revueltas de la última década fue de composición obrera, y que en una medida considerable utilizaron el arma tradicional de la huelga de masas. Esto ocurrió tanto si estaban afiliados a un sindicato o tenían un empleo fijo como si no, en gran medida del mismo modo que las masas que analizó Rosa Luxemburg en la revolución rusa de 1905, cuyas huelgas “muestran tal multiplicidad de las formas de acción más variadas”[xlvii]. Todo este periodo ha sido un ejemplo de autoactividad de la clase obrera con reivindicaciones tanto económicas como políticas.

Ahora bien, en ninguno de los casos las huelgas o movilizaciones de masas aspiraron a tomar el poder para la propia clase trabajadora o a aplicar un programa de instauración del socialismo. En ningún país se organizaron la clase obrera o las clases mixtas en transición para alcanzar tales objetivos. En algunos casos no pareció que hubiera líderes reconocibles. Los y las participantes se articularon en una “multiplicidad de las formas de acción [y organización] más variadas”, a menudo mediante el uso de las redes sociales.

La dificultad para analizar el potencial de esta época de revueltas se ve incrementada por el impacto incierto de la triple crisis del capitalismo, y en particular por el efecto de la pandemia, en una variedad de sectores económicos y las CVG. Esta especulación da para otro artículo. La comprensión más útil del potencial del levantamiento actual es la que describe McNally, quien afirma que “los nuevos movimientos huelguísticos son precursores de un periodo de recomposición de culturas de resistencia obrera combativa, el verdadero terreno en que pueden florecer políticas socialistas”[xlviii].

Es imposible predecir si esta recomposición ayudará a organizar una revuelta general de la clase trabajadora, pero tal como escribe Mark Meinster, representante del sindicato United Electrical Workers, en Labor Notes, “las revueltas obreras se producen a menudo en el contexto de profundos cambios sociales en el conjunto de la sociedad, como una dislocación económica abrupta y extendida, una profunda pérdida de legitimidad de las elites gobernantes o una inestabilidad política insólita”[xlix]. Esto describe bien la situación que afronta el movimiento obrero hoy en día en todo el mundo.

Original publicado en el nº 70 de la revista New Politics, invierno de 2021.

https://newpol.org/issue_post/workers-of-the-world-%E2%80%A8growth-change-and-rebellion/

Traducción: viento sur

Kim Moody fue uno de los fundadores de Labor Notes y es autor de varios libros sobre el movimiento obrero y la política. Actualmente es profesor visitante en la Universidad de Westminster en Londres.

__________________________________________

[i] Karl Marx, El Capital, vol. III.

[ii] Organización Internacional del Trabajo, Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo: Tendencias 2020 (OIT, 2020), 19; Organización Internacional del Trabajo, Estimaciones y proyecciones basadas en modelos de la OIT: empleo por sector: anual, noviembre de 2019, MBI_33_EN(2).xlsx; Informe Mundial Sobre Salarios 2008/2009 (OIT, 2008), 10.

[iii] Ursula Huws, “Social Reproduction in Twenty-First Century Capitalism”, en Leo Panitch y Greg Albo, eds., Socialist Register 2020 (Londres: The Merlin Press, 2019), 169

[iv] Banco Mundial, Informe anual 2020, 88; Snehashish Bhattacharya y Surbhi Kesar, “Precarity and Development: Production and Labor Process in the Informal Economy in India”, Review of Radical Political Economics (vol. 52, nº 3, 2020), 387-408; Kate Maegher, “Working in chains: African informal workers and global value chains”, Agrarian South: Journal of Political Economy (vol. 8, nº 1-2, 2019), 64-92; OIT, Interacciones de las organizaciones de trabajadores con la economía informal: Compendio de Prácticas (ILO, 2-19), 13-14.

[v]Bhattacharya y Kesar, “Precarity”, 387-408.

[vi] Banco Mundial, Informe anual 2020, 19.

[vii] OIT, Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo, 19; Estimaciones y proyecciones basadas en modelos, noviembre de 2019; Bhattacharya and Kesar, “Precarity”, 387-408; Maegher, “Working in chains”, 64-92.

[viii] Ursula Huws, “Labor in the Digital Economy: The Cybertariat Comes of Age”, Monthly Review, 2014, 149-181; OIT, Estimaciones y proyecciones basadas en modelos.

[ix] World Inequality Lab, World Inequality Report 2018, Executive Summary (World Inequality Lab, 2017), 11; OIT, Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo: Tendencias 2019 (OIT, 2019), 14.

[x] Banco Mundial, Empleos en la industria (% del total de empleos) (estimaciones basadas en modelos de la OIT); Banco Mundial, Empleos en servicios (% del total de empleos) (estimaciones basadas en modelos de la OIT).

[xi] Banco Mundial, Industria, valor agregado (US$ a precios constantes); Banco Mundial, Informe sobre el desarrollo mundial, 27; UNIDO, Industrial Development Report 2020 (United Nations Industrial Development Organization, 2019), 150; OIT, Estimaciones basadas en modelos de la OIT.

[xii] UNIDO, Report 2020, 144-149; BDI, Global Power Shift, 11/11/2019.

[xiii] Organización Internacional para las Migraciones, Informe sobre las Migraciones en el Mundo 2020 (OIM, 2019), 3, 21.

[xiv] Susan Ferguson y David McNally, “Precarious Migrants: Gender, Race and the Social Reproduction of a Global Working Class”, en Leo Panitch y Greg Albo, eds., Socialist Register 2015 (Merlin Press, 2014), 1. 3.

[xv] Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, Informe sobre el Comercio y el Desarrollo 2020 (UNCTAD, 2020), 6; World Inequality Lab, Report 2018, 5-8.

[xvi] Wolfgang Streeck, “Progressive Regression: Metamorphoses of European Social Policy”, New Left Review (118, julio/agosto de 2019), 117.

[xvii] Anwar Shaikh, Capitalism: Competition, Conflict, Crises (Oxford, 2016), 755, resaltado en el original

[xviii] Huws, Digital Economy, 94-96..

[xix] Institute for Health and Socio-Economic Policy, Health Information Basics (Institute for Health and Socio-Economic Policy, 2009), 4-7; Lois Weiner, “Walkouts Teach U.S. Labor a New Grammar for Struggle”, New Politics (n.º 65, verano de 2018), 3-13; Will Johnson, “Lean Production”, en Shawn Gude y Bhaskar Sunkara, eds., Class Action: An Activist Teacher’s Handbook (Jacobin Foundation, 2014), 11-31; Huws, Digital Economy, 34-41.

[xx] Jason Struna y Ellen Reese, “Automation and the Surveillance-Driven Warehouse in Inland Southern California”, en Jake Alimahomed-Wilson y Ellen Reese, eds., The Cost of Free Shipping: Amazon in the Global Economy (Pluto Press, 2020), 90-92; James Bridle, New Dark Age: Technology and the End of the Future (Verso, 2018), 114-116

[xxi] Véase por ejemplo David R. Roediger y Elizabeth D. Esch, The Production of Difference: Race and the Management of Labor in U.S. History (Oxford, 2012).

[xxii] Bridle, Dark Age, 144-145.

[xxiii] Cathy O’Neil, Weapons of Math Destruction: How Big Data Increases Inequality and Threatens Democracy (Penguin, 2016), 87.

[xxiv] Bridle, Dark Age, 139-144.

[xxv]Institute for Health, 4-7.

[xxvi] Karl Marx, Grundrisse: Introducción a la crítica de la economía política; Karl Marx, El Capital, vol. II.

[xxvii] Marx, Grundrisse.

[xxviii] Datacenters.com, “Amazon AWS, maps and photos” (visitada el 20/04/2020).

[xxix]Alan Satariano, “How the Internet Travels Across Oceans”, New York Times, 10/03/2019. Nicole Starosielski, The Undersea Network (Duke University Press, 2015).

[xxx] Bridle, Dark Age, 61; Starosielski, The Undersea Network.

[xxxi] PwC, Global Infrastructure Investment: The role of private capital in the delivery of essential assets and services (Price Waterhouse Coopers, 2017), 5.

[xxxii] Véanse ejemplos de dragado y construcción de puertos y canales, sobre todo en Oriente Medio, en Laleh Khalili, Sinews of War and Trade: Shipping and Capitalism in the Arabian Peninsula (Verso, 2020).

[xxxiii] Akhil Gupta, “The Future in Ruins: Thoughts on the Temporality of Infrastructure”, en Nikhil Anand et al., eds., The Promise of Infrastructure (Duke University Press, 2018), 72.

[xxxiv] Peter Frankopan, The New Silk Roads: The Present and Future of the World (Bloomsbury, 2018), 89-114.

[xxxv] Daniel Yergin, The New Map: Energy, Climate, and the Clash of Nations (Allen Lane, 2020), 181.

[xxxvi] Miha Hribernik y Sam Haynes, “47 countries witness surge in civil unrest – trend to continue in 2020”, Maplecroft, 16/01/2020; Saceed Kamali Dehghan, “One in four countries beset by civil strife as global unrest soars”, The Guardian, 16/01/2020.

[xxxvii] Rafael Bernabe, “The Puerto Rican Summer”, New Politics (n.º 68, invierno de 2020), 3-10.

[xxxviii] Dera Menra Sijabat y Richard C. Paddock, “Protests Spread Across Indonesia Over Job Law”, New York Times, 08/10/2020.

[xxxix] David McNally, “The Return of the Mass Strike: Teachers, Students, Feminists, and the New Wave of Popular Upheavals”, Spectre (vol. 1, n.º 1, primavera de 2020), 20.

[xl] McNally, “Mass Strike”, 15-27.

[xli] European Trade Union Institute, Strikes in Europe, 07/04/2020.

[xlii] Rosina Gammarano, “At least 44,000 work stoppages since 2010”, OIT, 04/11/2019.

[xliii] Yu Chunsen, “All Workers Are Precarious: The ‘Dangerous Class’ in China’s Labour Regime”, en Panitch y Albo, eds., Socialist Register 2020, 156.

[xliv] Ksenia Kunitskaya y Vitaly Shkurin, “In Belarus, the Left Is Fighting to Put Social Demands at the Heart of the Protests”, Jacobin, 17/08/2020 [publicado en castellano en viento surhttps://vientosur.info/la-izquierda-lucha-por-introducir-demandas-sociales-en-la-revuelta/]

[xlv] Anand Gopal, “The Arab Thermidor”, Catalyst (vol. 4, n.º 2, verano de 2020), 125-126.

[xlvi] Véanse numerosos ejemplos de esto en OIT, Interacciones de las organizaciones de trabajadores con la economía informal: compendio de prácticas (OIT, 2019); Ronaldo Munk et al., Organising Precarious Workers in the Global South (Open Society Foundations, 2020).

[xlvii] Rosa Luxemburg, “The Mass Strike, the Political Party and the Trade Unions”, en Mary-Alice Waters, ed., Rosa Luxemburg Speaks (Pathfinder Press, 1970), 163, 153-218 [publicado en castellano por la Fundación Federico Engels en: https://proletarios.org/books/Luxemburgo-Huelga_de_masas_partido_y_sindicato.pdf].

[xlviii] McNally, “Mass Strike”, 16.

[xlix] Mark Meinster, “Let’s Not Miss Any More Chances”, Labor Notes (n.º 500, noviembre de 2020), 3.

 



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