¿Bajarle dos? ¿Sinceramente? ¡Sí va!

!Qué pare ya el sufrimiento de este país! Apuntemos al futuro, hagamos de nuestro sino histórico un destino razonable y elegido. ¡Qué cesen ya las necedades innecesarias de tanto político con ínfulas de "showman"! De uno y otro lado sobran dichos personajes. Abramos una ventana, una oportunidad para construir una Venezuela realmente inclusiva y democrática, sin aspavientos, sin vacua retórica barroca. Es la hora. No desaprovechemos la ocasión, no otra vez.

Si el diálogo que algunos actores proponen ha de ser sincero, efectivamente inclusivo y democrático, entonces, como dice el actual Presidente de la Asamblea Nacional, habrá que "bajarle dos" al ánimo belicoso, se deberá no sucumbir ante las provocaciones de quienes buscan salidas de fuerza, se ha de evitar el insulto o la descalificación, o se evitará ser provocados por quienes los empleen al no se sentirse en capacidad de razonar. Y para bajarle dos y no caer en provocaciones hay que tener una voluntad férrea por clara en lo que se propone, de lo contrario pronto se verán las costuras del engaño. Si hablamos de un ejercicio ético de la política no habrá mayor propósito que construir un hogar para todos los que quieran participar en esta tarea llamada Venezuela, con nuestras diferencias que no son pocas, con nuestras diversas formas de ser, con nuestra bienaventurada condición plural. Por eso, este hogar a construir conserva lo múltiple en la unidad, lo que es decir que siendo inclusivo, y por tanto democrático y democratizador, apuesta por un destino compartido.

Hay quienes prefieren hablar de negociación que de diálogo. Dicen que la palabra "diálogo" es tramposa, y que ha sido usada recurrentemente en los últimos lustros para ganar tiempo, marear la perdiz, que no conduce a nada. Pero aquí hablamos de un diálogo político que por honesto ha de conducir a resultados. Veámoslo desde los géneros clásicos de la retórica. Estos son tres: el epidíctico o demostrativo que alaba o denosta de alguien o algo, el forense o judicial que investiga una causa para emitir un juicio y el deliberativo orientado a la toma de decisiones. Este último es la base del terreno propiamente político, del terreno de la polis, de la comunidad que se reúne para darse una dirección, un destino. El diálogo político ha de conducir a la deliberación, a la toma de decisiones. No de otra cosa se trata.

En la historia de la humanidad diálogo (dialéctica) y retórica han fructificado teórica y práxicamente en momentos democráticos. Puede investigarlo usted con sus fuentes a la mano. Fue así en la época de Pericles o en el período republicano de Roma, también después de 1945. No puede ser de otro modo pues ambos, diálogo y retórica, resultan prácticas que se ejercen para persuadir y convencer, exigencias que se siguen por la diversidad de creencias y actitudes existentes en una comunidad de habla determinada, por las múltiples verdades que habitan en nuestro mundo. Por el contrario, las épocas imperiales imponen una verdad, su verdad, generalmente cargada de calificativos como "absoluto", "eterno", "infalible". Las épocas imperiales convierten la duda en traición, pues sólo ha de haber un camino, una verdad. La inquisición, la persecución y anulación del otro, cuando no su aniquilación, es consustancial a la época imperial.

La desconfianza en el diálogo tiene sus bases. ¿Cuántas veces la lógica imperial ha usado el diálogo para imponerse? ¿Para ganar tiempo? Muchas, demasiadas para lo deseado. Todas las veces que ello ha ocurrido se ha dejado de lado el interés de que la comunidad se entienda y se libere de lo que la obstaculiza, la daña, la distorsiona. Todas las veces que ello ha ocurrido se ha usado el diálogo con propósitos meramente estratégicos, es decir, tratando al interlocutor, al otro, como objeto que se debe manipular en función de mi deseo y mi poder. Cuando se descubre la farsa siempre se justificará en nombre de no sé qué secreto de Estado, del grupo o por tu conveniencia, la que ya de antemano decidió el emperador ante tu "minoría de edad mental". Terrible. Un diálogo ético y político, sincero, que auténticamente quiera bajarle dos, pasar a otro juego político más noble, se orienta primero al entendimiento entre los participantes, lo que supone la comprensión del otro, lo que supone una auténtica voluntad de escucha y poner entre paréntesis la voluntad de sospecha. Escucharte primero, saber de ti, cómo piensas, comprender por qué has llegado a pensarlo. Se trata de una franca apertura a tu ser, y espero luego que seas recíproco en esta voluntad. Si no lo eres se impondrá la sospecha, dejaré de creer en ti, pues me habrás usado estratégicamente. Si somos sinceros nos reconoceremos el uno al otro y buscaremos emanciparnos de los obstáculos que tenemos que enfrentar juntos, muchos de los cuales descansan en nuestros propios prejuicios. Luego vendrá la toma de decisiones, una pausa momentánea en un diálogo que nunca se cierra definitivamente.

Dicho lo cual, cabe hablar frente a la racionalidad estratégica de una racionalidad dialógica y retórica que conduce a la razonabilidad, una razonabilidad deliberativa distinta de la racionalidad instrumental y estratégica unívoca, distinción que ya había realizado Aristóteles hace muchos siglos cuando para referirse a los asuntos éticos y políticos, a los asuntos propiamente humanos, hablaba de phronesis, una especie de prudente punto medio entre dos extremos, phronesis para la que no hay algoritmo disponible, fórmula precisa. Esta phronesis, esta actitud prudente, nace de la experiencia de los errores cometidos y cultivada debidamente se vuelve una virtud intelectual. Diría más, cultivada comunitariamente, haciendo de ella una pedagogía para el nosotros que somos, se vuelve una virtud moral. ¿Será mucho pedir que ese "bajarle dos" apunte en esta dirección de suspender lo meramente estratégico para buscar el entendimiento del país que somos con todas nuestras diferencias? ¿Podremos supeditar lo estratégico a lo comunicativo?

George Herbert Mead, un autor del siglo pasado muy poco citado, conceptualizó la democracia como expansión e inclusión en una comunicación no distorsionante. La comunicación forma la comunidad, lo común. La raíz de la palabra lo dice todo. Karl Otto Apel y Jürgen Habermas han reconocido su deuda con él y a partir de esa base han construido una propuesta de democracia deliberativa y participativa. No hay que inventar el agua tibia. Lo dicho se basa en parte en estos nobles pensadores. Más allá. El concepto de democracia que ostenta nuestra Constitución de 1999 resulta semejante, se nutre de esas y otras ubres. Por consiguiente, para bajarle dos con una voluntad sincera leamos nuestra Constitución y sigamos, por una vez, su espíritu. Inclusión y participación sinceras de cara al futuro, de cara a hacer de nuestro país un paraguas que nos cobije a todos los que creemos en la convivencia.

Señor Presidente de la Asamblea, soltar a los presos políticos es una muestra de voluntad de bajarle dos al belicoso ánimo que nos ha arropado por años. Sigamos en esa dirección, demos otro paso, pasemos a una amnistía general, articulemos un diálogo nacional sincero entre los diferentes actores políticos, comunitarios y de la sociedad civil. Si bien no cabemos en la Plaza Bolívar ni convendría un asambleísmo típico de cierto ejercicio político que sólo conduce al empleo estratégico del otro con efectos catárticos, la Presidencia de la República y la Asamblea Nacional disponen de la pelota en su tejado y de la responsabilidad mayor para convocar de manera organizada al país en sus distintas instancias y así darle a nuestro juego democrático un nuevo aire y ofrecerle al país unas condiciones socioeconómicas que permitan a nuestros jóvenes pensar en un futuro aquí. La salud, la educación y los ingresos de la población tendrán que ser puntos claves de la agenda a construir. Si así lo hiciereis que Dios y la Patria os lo premien, pero si ese bajarle dos resulta otra estratagema de las acostumbradas en política, entonces que os lo demanden.



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Javier B. Seoane C.

Doctor en Ciencias Sociales (Universidad Central de Venezuela, 2009). Magister en Filosofía (Universidad Simón Bolívar, 1998. Graduado con Honores). Sociólogo (Universidad Central de Venezuela, 1992). Profesor e Investigador Titular de la Escuela de Sociología y del Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela.

 99teoria@gmail.com

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