Estado, libertad, ultras y un poquito de Hegel

Las ultras crecen globalmente, ojalá que 2026 marque un cambio volviendo decreciente esta tendencia. Para que ello ocurra debemos tomarnos en serio su amenaza. En 1926 pocos se la tomaban y veinte años después muchas naciones quedaron en auténticas ruinas. Las ultras actuales se dividen en segmentos, los anarcocapitalistas y los conservadores radicales por ejemplo. Hablemos de los primeros, quienes tienen en Milei o en Díaz Ayuso del Partido Popular español dos de sus principales voceros. Su ideario ataca al Estado, quiere descuartizarlo a punta de motosierra. Afirman que al hacerlo se pondrá fin a la asfixia de impuestos, permisologías y demás controles que cercenan la libertad ciudadana. Tachan de izquierdas, y más allá de comunistas, a todos aquellos que se oponen a su cometido destructivo. 

El discurso anarcocapitalista se centra en la oposición izquierda-libertad, que reedita la vieja de igualdad-libertad. Sus exponentes no entran en mayores disquisiciones al respecto, son populistas, efectistas, les gusta el show y el escándalo permanente en unas redes sociales que saben manejar muy bien. Exaltan su encanto femenino o se presentan como sendos rockeros. Se exhiben como rebeldes e iconoclastas. Le han sabido robar a las vetustas izquierdas esas actitudes, han sabido presentar a esas izquierdas como lo antiguo, lo que conserva un sistema que oprime y deja en la miseria a la juventud y al progreso de los países. Los beneficia la crisis del Estado benefactor, producto en gran parte del desmontaje que del mismo han hecho las derechas desde la década de los años ochenta, la era de Thatcher, Reagan y del Consenso de Washington, y después reforzadas con la caída del Muro. Los beneficia un discurso progresista que se atrinchera en la mera defensa de lo que queda de ese Estado ya desvencijado. Los beneficia, sobretodo, unas pretendidas izquierdas autoritarias, militaristas, burocráticas, sin ninguna actitud efectivamente democrática y que, para colmo, comparten con los ultras anarcocapitalistas un discurso burdamente grosero, antipedagógico en cualquier sentido, unas pretendidas izquierdas que cuando han alcanzado el poder han quebrado las instituciones sin construir nuevas destruyendo a sus propios países. Estas pretendidas izquierdas autoritarias y los ultras de la derecha tienen, definitivamente, un aire de familia, y no pocas veces las mismas políticas económicas.

La deformación estatal no es un cuento, especialmente en latinoamérica y más singularmente en Venezuela. Entre nosotros el petroestado está en cada cruce de esquina, en las torres gemelas más altas de la ciudad, en más de una arepera o simplemente detrás de prácticamente cada cosa que hacemos. Razones históricas que no vamos a comentar aquí han creado este omnímodo poder estatal. Baste decir que el Estado por estas latitudes, y no solo por estas, se ha convertido en un problema que vuelve poco prácticas cuando no inoperantes a nuestras instituciones, pesadamente burocráticas y como tales impersonales y ritualmente autoritarias. Por ello, no pocas veces la mujer y hombre de nuestras calles siente francamente asfixia por causa de un Estado que está en donde no debe estar y que no está en donde sí debiera estar, como la salud y la educación. Y por ello también resulta cautivante el discurso de la motosierra, o el de la privatización de PDVSA para que los gringos hagan buenos negocios. Cautivan los gritos histéricos de “¡libertad, libertad!” o “¡abajo el socialismo!”. 

A sabiendas que el Estado se vuelve un problema en más de una ocasión, por no decir en muchas ocasiones, ¿podrá pensarse la libertad sin Estado? ¿A qué llamamos “libertad”? ¿Qué cabe entender por “Estado”? Pareciera que hasta los anarcocapitalistas defienden un “Estado” aunque, como sus predecesores liberales economicistas, sólo un Estado policial que defienda la propiedad privada. Bastaría con ese Estado para proteger la libertad, pues aquí entra otra definición. Para ellos la libertad en realidad es el libre arbitrio del consumidor en el supermercado. El libre arbitrio refiere sólo a la capacidad del individuo de elegir entre las opciones que se le ofrecen. Decía el filósofo Hegel que el libre arbitrio era únicamente la forma más básica e inferior de la libertad. Para el alemán la libertad era también la capacidad de negar, la negación de aquello que nos limita, y en tal sentido, el primer momento de la libertad superior es la liberación, pues liberar es negarse a seguir determinado, limitado. Todo comienza con saberse limitado y querer desprenderse de esos límites, la libertad comienza como liberación. Pero él habla de primer momento, pues el maestro de la dialéctica sabe que la negación ha de ser negada para que algo surja, es la negación de la negación y, en consecuencia, la afirmación de algo, y en tanto que tal el establecimiento de nuevos límites, nuevas determinaciones. Este momento sintético lo llama “libertad positiva”, en el sentido de que la voluntad “pone algo”. Un ser finito como nosotros siempre tiene una libertad relativa a unos determinados límites. Empero, comprimirnos al mero “libre arbitrio”, al mero elegir entre aquello que se nos ofrece, nos hace más pobres y finitos, y es esta pobreza la que quieren para nosotros los ultras.

La relatividad de nuestra libertad significa que la misma siempre guarda una relación entre nuestros propósitos y unos contextos más o menos flexibles, más o menos limitantes y habilitantes. Si tengo un problema de salud que puede resolverse con medicina costosa dispondré de más oportunidades si cuento con los recursos económicos para atenderlo, para comprar la salud que requiero. O, quizás, en algún contexto político lo resuelva con un buen contacto con el gobierno. Ahora, si carezco de esos recursos, creo que mi salud no mejorará. De este modo, en nuestras sociedades unos son más libres que otros según los fines que se busquen satisfacer. Por supuesto, y volviendo a Hegel, el esclavo puede sentirse libre en su esclavitud si no se reconoce como esclavo. Para un pajarito que ha nacido en una jaula su jaula es su mundo y para nada se siente oprimido. He aquí la clave de la educación, de la formación de la persona, pues sólo esta puede nutrirnos intelectual y éticamente para reconocer nuestras posibilidades en el mundo. Una educación real, para la libertad y la democracia, constituye el bálsamo que cura nuestras ciegas esclavitudes. Llegados aquí, y a diferencia de lo que decía Rousseau, y de lo que piensan los ultras y más de un liberal, no nacemos libres ni con derechos naturales sino que la libertad es el resultado de un largo proceso formativo.

El Estado es la forma institucional política que se da una sociedad compleja en su devenir histórico. Si el mismo expresa un compromiso con el desarrollo de las mayores capacidades humanas ha de garantizar salud y educación crítica con la mayor equidad posible y para todos. En nuestras sociedades multitudinarias ello supone un aparato administrativo que garantice estos derechos forjadores de libertad. El problema deviene cuando un grupo de poder se hace con ese aparato para disponer las cosas a su favor, sea que se trate de un grupo económico o de un grupo político que apropiándose del aparataje devenga también en grupo económico. Ello acontece más fácilmente en sociedades poco orgánicas en el sentido de poco organizadas. Cuando la sociedad es inorgánica el grupo que controla el aparataje estatal acrecienta su dominación dando lugar a lo que un clásico de la sociología, Émile Durkheim, denominó monstruosidad sociológica. Hegel hablaba de la sociedad civil como aquella que está integrada por los grupos que forman los ciudadanos de acuerdo con sus intereses. Ecologistas, feministas, sindicatos, gremios, iglesias y un largo etcétera conforman esta sociedad civil. Hegel la consideraba fundamental para evitar que el individuo sea aplastado por el poder estatal. Pero el Estado no podía desaparecer ni reducirse a policía, pues a su vez la sociedad civil es un terreno de luchas. Ecologistas e industriales, sindicatos y gremios empresariales, feministas y más de una iglesia están en confrontación. Así como la sociedad civil media entre individuo y Estado para proteger al primero, hace falta el Estado para que medie entre los conflictos societales. No obstante, sin esa sociedad orgánica el Estado será propiedad de un grupo, el que esté más organizado en función de sus intereses. La educación debería formar en función de este carácter orgánico para la libertad, y la salud, como principio básico de vida, ha de garantizarse universalmente, a todo ciudadano.

Por supuesto, hemos hablado del Estado ideal, del concepto de Estado. Pero allí hay un campo de lucha, como la educación y la salud misma son campos de lucha. Los grupos políticos y económicos que se han hecho con el Estado buscarán ideologizar la educación y controlar la salud de acuerdo con sus intereses de dominación. Con ello toca enfrentarnos este 2026 y los años futuros también. La libertad, insistamos, comienza como liberación y nuestra tarea será liberarnos lo más pacíficamente posible de nuestros opresores, aquellos que quieren mantenernos esclavos con el pretexto de que debemos ser leales al amo, o de aquellos que nos ofrecen en la lucha contra el amo opresor una falsa libertad, la del libre arbitrio para que escojamos en ellos al nuevo amo.

 


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Javier B. Seoane C.

Doctor en Ciencias Sociales (Universidad Central de Venezuela, 2009). Magister en Filosofía (Universidad Simón Bolívar, 1998. Graduado con Honores). Sociólogo (Universidad Central de Venezuela, 1992). Profesor e Investigador Titular de la Escuela de Sociología y del Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela.

 99teoria@gmail.com

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