En la era de la hipercomunicación, donde cada gesto de poder parece exigir una transmisión en tiempo real y cada conflicto reclama una narrativa inmediata, el silencio se ha convertido en un bien raro, casi subversivo. Callar, hoy, no es ausencia de discurso, sino una forma de discurso en sí misma. En este marco se inscribe el silencio sostenido por las autoridades venezolanas frente a los hechos, aún controvertidos y en proceso de verificación internacional, que distintos medios han descrito como una acción de fuerza de los Estados Unidos contra el presidente Nicolás Maduro.
Ese silencio no debe ser leído con ligereza ni reducido a la caricatura del vacío. Muy por el contrario, constituye una estrategia política, jurídica y simbólica que merece ser analizada con rigor. En contextos de alta tensión internacional, el silencio puede ser una forma superior de prudencia, una pausa deliberada que busca proteger a la nación, a sus instituciones y a su pueblo frente a la voracidad mediática, la manipulación informativa y el oportunismo geopolítico.
Desde la teoría política clásica hasta los estudios contemporáneos de comunicación estratégica, se reconoce que no toda respuesta fortalece una posición. Hannah Arendt advertía que la acción política sin reflexión degenera en reacción impulsiva, mientras que autores como Jürgen Habermas subrayaron la importancia del tiempo deliberativo para preservar la legitimidad de las decisiones públicas. El silencio, en este sentido, no es pasividad, sino contención racional.
En el caso venezolano, ese silencio ha operado como una barrera protectora frente a una avalancha de versiones, rumores y narrativas interesadas. No se trata de negar la gravedad de los hechos denunciados ni de minimizar la inquietud que generan en la opinión pública nacional e internacional, sino de evitar que la política exterior de la República quede secuestrada por la agenda comunicacional de una potencia que ha demostrado, reiteradamente, su desprecio por el derecho internacional cuando este no conviene a sus intereses.
La administración de Donald Trump ha hecho del desparpajo una doctrina. Su política hacia Venezuela ha oscilado entre la amenaza abierta, el lenguaje grosero y la instrumentalización de sanciones económicas que castigan de forma directa al pueblo venezolano. Este estilo no es accidental. Corresponde a una concepción del poder que confunde fuerza con legitimidad y ruido con autoridad. Frente a ello, el silencio venezolano adquiere una densidad ética: es la negativa a jugar el juego del grito, la descalificación y la humillación pública.
Desde el punto de vista jurídico, la cautela resulta aún más comprensible. El derecho internacional público, comenzando por la Carta de las Naciones Unidas, prohíbe el uso de la fuerza y la injerencia en los asuntos internos de los Estados. En situaciones donde los hechos están en disputa y las pruebas requieren verificación independiente, cualquier declaración apresurada puede ser utilizada en contra del propio Estado en escenarios multilaterales. El silencio, entonces, preserva margen de maniobra legal y fortalece futuras acciones diplomáticas y judiciales.
Pero el silencio no es solo una táctica defensiva. Es también un símbolo. Para el pueblo venezolano, históricamente sometido a campañas de descrédito y agresiones externas, ese silencio puede leerse como un gesto de confianza en la fortaleza institucional y en la razón histórica. No es el mutismo del miedo, sino la pausa del que sabe que la legalidad, a largo plazo, favorece a quien la respeta.
En contraste, la conducta de la administración Trump revela una profunda erosión moral. La grosería discursiva, el trato despectivo hacia Venezuela y la apropiación verbal de sus recursos naturales no solo violan principios básicos de convivencia internacional, sino que debilitan la credibilidad de los propios Estados Unidos. Como señalan autores como Joseph Nye, el poder duro sin poder blando termina aislando al hegemón y erosionando su liderazgo global. La arrogancia no construye consenso; lo destruye.
En este escenario complejo, el gobierno temporal encabezado por Delcy Rodríguez enfrenta el desafío de convertir el silencio inicial en una estrategia activa de negociación y reposicionamiento internacional. Para ello, es fundamental priorizar ciertos ejes temáticos y metodológicos.
En primer lugar, la centralidad absoluta del derecho internacional. Cualquier negociación debe anclarse en principios, no en presiones. Expertos en negociación compleja como Roger Fisher y William Ury han demostrado que los acuerdos sostenibles se construyen sobre intereses legítimos y normas compartidas, no sobre amenazas. Venezuela debe insistir en marcos multilaterales, apelando a organismos regionales y globales donde la legalidad sea el idioma común.
En segundo lugar, la dimensión humanitaria. Las sanciones y acciones coercitivas unilaterales han tenido impactos verificables sobre la vida cotidiana del pueblo venezolano. Colocar este tema en el centro del debate no es victimismo, sino una exigencia ética respaldada por informes de relatores internacionales. La negociación debe humanizar el conflicto, despojándolo del cinismo geopolítico.
En tercer lugar, la narrativa de la soberanía energética. Venezuela no niega su condición de país con vastos recursos naturales, pero debe reafirmar que estos no son botín de guerra ni moneda de chantaje. Como advierten especialistas en economía política internacional, la seguridad energética global no puede sostenerse sobre la violación de la soberanía de los Estados productores.
Finalmente, la construcción de alianzas silenciosas. No toda diplomacia se ejerce en conferencias de prensa. Existen canales discretos, conversaciones técnicas y mediaciones indirectas que pueden resultar más eficaces que la confrontación pública. En esto, el silencio vuelve a ser virtud.
En medio de esta tormenta, la figura del presidente Nicolás Maduro y de Cilia Flores se erige como símbolo de continuidad institucional y resistencia jurídica. Más allá de las controversias y disputas narrativas, su defensa se ha articulado desde la legalidad, no desde la violencia. Esa postura, lejos de ser una debilidad, constituye una fortaleza histórica.
Porque al final, los imperios gritan cuando dudan, y los pueblos callan cuando resisten.
Slogan
Venezuela no se arrodilla: la dignidad no se negocia, se sostiene en silencio.
De un humilde venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar.