La madrugada de este sábado a la 1 50 am marcó un punto de inflexión peligroso en la relación entre los Estados Unidos y Venezuela. Lo ocurrido no puede ser reducido a un incidente menor ni a una escaramuza aislada. Se trató de una acción militar que eleva la confrontación a un umbral de gravedad inédita y que desnuda con crudeza la deriva de una política exterior guiada por el impulso, la desmesura y el desprecio por el derecho internacional. El ataque constituye una agresión directa contra una nación soberana y pacífica y revela hasta qué punto la administración de Donald Trump ha normalizado el uso de la fuerza como herramienta de intimidación política.
La decisión de recurrir a la acción militar en horas de la madrugada no es casual. Responde a una lógica de shock y pavor pensada para desorientar, sembrar temor y proyectar una imagen de poder absoluto. Sin embargo, esta lógica se apoya en un cálculo profundamente equivocado. Lejos de quebrar la voluntad del Estado venezolano o de su sociedad el ataque refuerza la percepción global de que Washington ha cruzado una línea roja ética y jurídica. La madrugada no trajo sometimiento sino una condena moral que se expande con rapidez en la comunidad internacional.
El primer error de cálculo de la administración Trump fue creer que la fuerza bruta podía sustituir a la diplomacia sin consecuencias. El uso de medios militares contra Venezuela confirma el agotamiento de una estrategia que ya había fracasado en el terreno económico, político y simbólico. Las sanciones no lograron el objetivo declarado de provocar un cambio de gobierno y ahora la escalada militar agrava las pérdidas. Estados Unidos se expone a un aislamiento aún mayor y a un deterioro irreversible de su autoridad moral.
Desde el punto de vista jurídico la acción militar de este sábado vulnera principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas. El respeto a la soberanía, la prohibición del uso de la fuerza y la solución pacífica de las controversias, que son pilares del orden internacional contemporáneo. Al ignorarlos, la administración Trump no solo ataca a Venezuela, sino que socava el sistema normativo que durante décadas le permitió ejercer liderazgo global. La contradicción es evidente y devastadora para la credibilidad estadounidense.
En el plano político, el ataque revela una desesperación estratégica. Venezuela es presentada como amenaza mientras carece de capacidad ofensiva contra los Estados Unidos. Esta desproporción desnuda el carácter simbólico del objetivo. No se trata de defensa sino de castigo devastador dirigido a un país que se niega a subordinar sus recursos naturales a intereses externos. La madrugada del ataque confirma que la obsesión con Venezuela no es racional sino ideológica y económica.
Las pérdidas económicas asociadas a esta escalada son igualmente significativas. En un contexto de mercados energéticos interdependientes la agresión militar ahuyenta inversiones eleva riesgos y reduce márgenes de cooperación. Empresas estadounidenses pierden oportunidades mientras competidores globales observan con atención la torpeza estratégica de Washington. La supuesta defensa de intereses nacionales se traduce en un daño autoinfligido que debilita la posición económica de los Estados Unidos.
La dimensión moral de la agresión es quizá la más corrosiva. Atacar a un país de madrugada equivale a legitimar la ley del más fuerte y a trivializar el impacto humano de la violencia. Intelectuales críticos del imperialismo contemporáneo han advertido durante años sobre esta deriva. Noam Chomsky ha señalado que el uso de la fuerza contra Estados soberanos responde a una lógica de dominación incompatible con cualquier noción auténtica de derechos humanos. Jeffrey Sachs ha denunciado que la coerción militar y económica destruye las bases de la cooperación global y genera ciclos de inestabilidad difíciles de contener.
El ataque de este sábado confirma esas advertencias. Estados Unidos aparece ante el mundo no como garante del orden sino como actor desestabilizador. Países aliados observan con inquietud una política exterior imprevisible que puede arrastrarlos a conflictos no deseados. La distancia diplomática se amplía y el costo reputacional se acumula.
En contraste Venezuela emerge de esta agresión con una ganancia moral evidente. El gobierno encabezado por Nicolás Maduro ha reiterado su llamado al diálogo y a la legalidad internacional incluso bajo ataque. Esta coherencia discursiva adquiere un peso particular cuando se la contrapone a la violencia ejercida en la madrugada. La narrativa de resistencia soberana se fortalece y encuentra eco en regiones que rechazan el unilateralismo. También, si se confirma el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, corresponde a una violación demasiada peligrosa para la moral, la ética y para el mismo orden jurídico interno de EEUU. Esa acción unirá más las bases internas venezolana a cerrar filas en apoyo a las autoridades venezolanas, por el contrario, restaría respaldo a la misma administración Trump.
En el plano interno el ataque refuerza la cohesión social. La historia demuestra que las agresiones externas tienden a unificar a las sociedades más allá de sus diferencias. La madrugada del sábado no debilitó al Estado venezolano, sino que activó resortes de defensa nacional y solidaridad. Esta reacción invalida la tesis de que la fuerza militar podía acelerar un colapso interno.
En el plano externo Venezuela consolida apoyos y solidaridades. La agresión militar actúa como catalizador de pronunciamientos en favor del respeto a la soberanía y contra el uso arbitrario de la fuerza. Países y movimientos que quizá mantenían una posición prudente se ven compelidos a pronunciarse. La escalada de Trump produce así el efecto inverso al buscado.
La administración estadounidense subestimó además el contexto internacional contemporáneo. El mundo actual es multipolar y atento a los abusos de poder. La madrugada del ataque será analizada como síntoma de un orden en transición donde las potencias que se aferran a la coerción pierden legitimidad. Estados Unidos arriesga quedar atrapado en una imagen de agresor incapaz de adaptarse a nuevas reglas de convivencia.
Desde una perspectiva histórica este episodio será recordado como una señal de decadencia estratégica. La fuerza utilizada sin consenso, sin legalidad y sin horizonte político claro no construye liderazgo sino rechazo. La madrugada del sábado expone la fragilidad de una política exterior que confunde poder con violencia.
Venezuela por su parte transforma la agresión en argumento. La defensa de la autodeterminación se convierte en bandera y la denuncia de la ilegalidad adquiere una potencia simbólica renovada. La madrugada no fue solo un ataque sino un acto que clarifica posiciones y revela quién apuesta por la imposición y quién por el derecho.
El balance es contundente. Estados Unidos pierde autoridad moral, capital político y oportunidades económicas mientras profundiza su aislamiento. Venezuela gana legitimidad, cohesión y apoyo al presentarse como víctima de una agresión injustificada. La madrugada del sábado no fortaleció al agresor, sino que consolidó la dignidad del agredido pueblo venezolano.
La historia juzgará este acto como un error grave nacido de la arrogancia. La violencia ejercida en la oscuridad no disipa las contradicciones de fondo. Al contrario, las ilumina. Y en esa luz queda claro que la verdadera fortaleza no reside en atacar de madrugada, sino en sostener principios incluso bajo fuego.
De un humilde venezolano, hijo de la patria del Libertador Simón Bolívar.