Agresión a Venezuela y el fin del Orden Westfaliano: El retorno a la Ley del más fuerte

El 3 de enero de 2026 no es una fecha más en el calendario geopolítico. Representa un punto de ruptura histórico, un momento en que la retórica agresiva de la administración Trump traspasó el umbral de las amenazas y las guerras arancelarias para materializarse en una agresión militar directa y no justificada contra Venezuela. Este acto, por sí solo, constituye una violación flagrante del derecho internacional. Sin embargo, su verdadera dimensión catastrófica se reveló días después, cuando el propio presidente estadounidense declaró al New York Times que su país "no necesita del derecho internacional" y que el único límite para su acción sería "su moralidad". En esa frase, aparentemente arrogante y simplista, se condensa la declaración de defunción del orden mundial que ha regido, con sus contradicciones y violaciones selectivas, desde 1945, e incluso, en sus fundamentos, desde 1648. 

Para comprender la magnitud de este salto al vacío, es necesario un viaje histórico. Antes de los Tratados de Westfalia (1648), que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años, el mundo se regía por la voluntad unilateral de monarcas cuyo poder emanaba del "derecho divino". No existía un marco legal secular y racional que mediara las relaciones entre reinos. Este sistema, propio del absolutismo y el mercantilismo incipiente, se volvió una camisa de fuerza para la nueva lógica que pujaba por nacer: la del capitalismo industrial, que requería estabilidad, previsibilidad y espacios ampliados para el intercambio mercantil. 

Westfalia creó el primer "software" operativo para el sistema-mundo moderno: el concepto de Estado-nación soberano, formalmente igual en derechos, interactuando bajo un incipiente derecho internacional basado en la razón y los tratados. Este orden no era pacifista; la guerra siguió siendo el ultima ratio de las disputas imperiales. Pero su genio consistió en establecer reglas del juego aceptadas, una legalidad compartida (aunque hegemonizada por las potencias) que permitía periodos prolongados de "paz relativa". Esa paz era la incubadora necesaria para el desarrollo de las fuerzas productivas industriales, la expansión colonial y la acumulación de capital. La hegemonía se ejercía así en dos niveles: la coerción (militar o económica) para los disidentes, y la legitimación ("poder blando") a través de un orden legal que, pese a servir a los intereses del centro, ofrecía un marco de referencia común. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos perfeccionó este modelo. Reconstruyó un orden liberal internacional (ONU, FMI, OMC) donde su hegemonía se ejercía mediante la promoción de reglas e instituciones. Incluso cuando las transgredía —como en Iraq (2003)—, sentía la necesidad de construir un relato jurídico (amenazas inexistentes, resoluciones ambiguas) que preservara la fachada del derecho. La

hipocresía era el tributo que el vicio pagaba a la virtud del orden. La "guerra arancelaria" trumpista inicial, aunque disruptiva, operaba aún dentro de ese marco: era una disputa económica agresiva, pero dentro de los cauces del sistema. 

La agresión a Venezuela y, sobre todo, la declaración subsiguiente, dinamitan ese edificio. Ya no se trata de violar las reglas con excusas, sino de declarar que no existen reglas. Se sustituye la racionalidad legal (imperfecta pero medible) por la subjetividad absoluta de la "moralidad" del líder de turno. Esto no es un simple acto de unilateralismo; es la regresión a un neo-absolutismo global, donde la voluntad del poder hegemónico reemplaza al derecho, como antaño la voluntad del rey sustituía a la ley divina. 

¿Por qué este salto ahora, en 2026? La clave está en la crisis estructural del capitalismo. El ciclo de acumulación basado en la industrialización y el "consenso" keynesiano o neoliberal está agotado. La financiarización, que prometía ganancias fáciles sin necesidad de grandes conflictos interestatales, ha generado sus propias contradicciones insalvables y una desigualdad galopante que socava la estabilidad interna del propio centro imperial. El margen para seguir acumulando capital a través de los mecanismos "pacíficos" del mercado global (incluso con sus guerras comerciales) se estrecha peligrosamente. 

Frente a esto, la élite gobernante en Washington parece haber llegado a una conclusión lógica dentro de su propia decadencia: si el sistema ya no puede generar suficiente plusvalía y legitimidad a través de los viejos mecanismos (industria, finanzas, "soft power"), la vía más rápida y directa es el robo coercitivo y parasitario. Ya no se trata de explotar mediante el comercio desigual o la deuda, sino de expoliar directamente los recursos de naciones soberanas mediante la fuerza bruta, sin el engorroso trámite de inventar pretextos legales. Es el capitalismo que, en su fase senil, abandona toda mediación compleja (derecho, ideología consensuada, instituciones) y recurre a su núcleo duro primitivo: la violencia desnuda y la imposición. 

Este nuevo (y a la vez arcaico) paradigma es increíblemente peligroso. Al despreciar el marco westfaliano y post-1945, no solo ataca a "Estados canallas" como Venezuela. Niega la soberanía de todos. Divide al mundo en una simple dicotomía: los que tienen poder militar extremo (y la "moral" para usarlo) y los que no. Esto no conduce a un orden estable, sino al caos sistémico y a la guerra de todos contra todos a escala global. Inicia con los países más débiles, pero su lógica devoradora inevitablemente llevará a la confrontación directa con otras potencias nucleares (Rusia, China) que no aceptarán ser las siguientes en la lista del "robo moral". 

El ataque a Venezuela, por tanto, no es un incidente aislado en una región convulsa. Es el primer ensayo de un mundo post-westfaliano y post-internacional liberal. Es la declaración de que la era de las reglas —por imperfectas y manipulables que fueran— ha terminado, y da paso a la era de la voluntad arbitraria del más fuerte. La comunidad internacional se enfrenta a una disyuntiva histórica: aceptar este retroceso hacia la barbarie, con la catástrofe civilizatoria que conlleva, o unirse en una resistencia férrea para defender, más allá de las diferencias, el principio fundamental de que el mundo no puede regresar a la ley de la jungla. El futuro de la humanidad depende de esa elección.

 
carlosgil.minec@gmail.com


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