El calendario de Nuestra América no es solo una sucesión de días, es un mapa de resistencias que marca el pulso de nuestra identidad continental. Al cumplirse un nuevo aniversario del triunfo de la Revolución Cubana, no celebramos simplemente un acontecimiento histórico ocurrido en 1959, sino que conmemoramos la vigencia del acto de soberanía más audaz y transformador del siglo XX en nuestra región. Este aniversario, además, adquiere una relevancia histórica excepcional al coincidir con el inicio del centenario del líder invicto de esa gesta, Fidel Castro Ruz. La figura del Comandante en Jefe no pertenece al baúl de los recuerdos, sino que se proyecta hacia el futuro como una herramienta de análisis imprescindible frente a las crisis que hoy sacuden al mundo.
Es imposible reflexionar sobre la Cuba revolucionaria sin denunciar la injusticia prolongada y criminal del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos. Tras décadas de asfixia planificada, la capacidad de resistencia del pueblo cubano ha trascendido la teoría política para convertirse en una epopeya cotidiana. A pesar de las carencias materiales impuestas desde el exterior, la Isla ha sabido preservar conquistas sociales que siguen siendo sueños inalcanzables para muchos pueblos bajo el modelo neoliberal. La salud universal, la educación pública y la soberanía científica no son solo logros estadísticos, sino los pilares de una dignidad que no tiene precio y que se niega a rendirse ante las presiones imperiales.
La coincidencia de esta fecha con el arranque del centenario de Fidel Castro nos invita a retomar su legado de unidad y antiimperialismo con mayor fuerza. Fidel nos enseñó que la trinchera de ideas es la defensa más sólida de los pueblos y que la ética debe ser el motor de toda acción política. Su visión de una América Latina integrada, su defensa incansable del medio ambiente y su solidaridad internacionalista —expresada en las brigadas médicas que recorren el mundo— son el testimonio vivo de un hombre que pensó siempre en la humanidad.
Hoy, más que nunca, nuestra solidaridad con Cuba debe ser un compromiso activo y militante. No se trata solo de reconocer una gesta del pasado, sino de defender un proyecto que sigue siendo el referente ético de que un mundo distinto es posible. En este inicio del centenario del Comandante, reafirmamos que la soberanía de los pueblos no se negocia. Cuba resiste y, al hacerlo, defiende también la esperanza de toda Nuestra América. Ante el bloqueo y las agresiones, la respuesta sigue siendo la unidad y la convicción de que la historia, como vaticinó el líder, ya ha absuelto a quienes luchan por la justicia y la libertad definitiva.